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Monasterio de Santa Clara. Palma de Mallorca

Las piedras que hablan de Dios (1)

 

PRESENTACIÓN

Atendiendo a la delicada deferencia de la Madre Abadesa del Real Monasterio de Santa Clara de Ciutat de les Mallorques tengo el honor y la satisfacción de hilvanar con todo afecto la Presentación de esta breve y compendiosa Reseña histórica, que con tanto interés y esmero ha pergeñado una de nuestras hermanas clarisas.

Podemos afirmar que, no sólo ha investigado los archivos del Monasterio, sino también han pasado por sus manos las obras publicadas del mismo, después de escuchar y atender las fuentes orales y tradicionales de la comunidad.

Sinceramente hay que felicitarla por esta buena y competente labor, llevada felizmente a cabo.

Amigo lector: te fijarás que en la Introducción la autora trata detalladamente de las piedras materiales del Monasterio, que, desde el siglo XIII hasta la actualidad, han quedado integradas en vivas, reveladoras de un Amor divino, por la presencia ininterrumpida de sus moradoras, las Damas Pobres de San Damián, las Hijas de la Madre Santa Clara, la pequeña plantita, la fiel seguidora e imitadora de la radicalidad evangélica de Francisco de Asís, siervo pobre y humilde de Cristo.

Me permito profundizar en su misión Eclesial. Ciertamente su Monasterio elegido y aceptado voluntariamente, pasa a ser un lugar privilegiado de encuentro con el Señor Jesús, su verdadera palestra de lucha pacifica, donde, desposeída paulatinamente del espíritu del mundo (por el cual no dejará de orar y sacrificarse siempre) moldea su nuevo espíritu, en el conocimiento y seguimiento del Amado.

Todas las que conviven en él, sin duda alguna, como abejas laboriosas, aspiran a la perfección evangélica, a la identificación total con el Amado... por ello se adiestran cada jornada, con ilusión y alegría. Se lo representan, como un aterciopelado estuche, bello y fuerte, que contiene preciosos materiales, con que la agraciada ha de elaborar por su cuenta personal, sus valiosas joyas -sus virtudes- y, adornada con ellas, ha de revestirse, radiante, para presentarse al Amado:

"Él es el todo Bien,
el sumo Bien,
el único Bien,
de quien procede todo bien,"
exclamaba el seráfico Francisco (Alabanzas del Dios Altísimo).

Así, unidas, aprenden a convivir en fraternidad franciscana con todo heroísmo y naturalidad, para conseguir ser realmente otras auténticas piedras, llenas de vida del Amor divino. Habrá en ello fallos humanos, pero superarán con creces sus victorias silenciosas.

Estas piedras vivas clarianas no tienen por misión propia el resaltar y destacarse externamente, por el apostolado directo para con el hermano, en este edificio divino de la Iglesia. Su misión es de fundamento sólido y oculto. Jesucristo, su dulce esposo, se presenta, como la piedra angular, que sostiene todo el edificio. Ellas, piedras escogidas y llamadas por El, se van puliendo poco a poco, en esta su palestra, para que, talladas al estilo de su Amado en la identificación total en El, se ajusten a sus planes cotidianos, y de este modo apoyen y sostengan mutuamente a su Iglesia.

Santa Clara rogará, pues para que vivan esta mística intercomunión todos los miembros de su Iglesia, con un matiz particular: su apostólica pasión por los vacilantes. La aceptará, como tarea propia suya, y la presentará también, para que la acepten santa Inés de Praga, y por ende, sus futuras seguidoras: te considero colaboradora del mismo Dios y sostén de los miembros vacilantes de su cuerpo inefable (Carta III a santa Inés, &. 2).

El vivir y acrecentar esta intimidad del Amor divino en su propio corazón, el actualizar esta presencia durante toda la jornada y el proseguir locamente enamorada en su seguimiento hasta el fin, define su misión eclesial, que se traduce a través del testimonio silencioso y manifiesto de sus obras: Plegaria ininterrumpida, abnegación voluntaria, silencio profundo y convivencia fraternal sincera y alegre, he ahí plasmado su ideal apostólico y franciscano, que contagia a todo el que se les acerca, por este secreto atractivo.

Así la divisa Paulina a los Colosenses (3,3) será una realidad viva y actual en nuestras clarisas de nuestro Monasterio de Ciutat:

"Estáis muertas, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios".

Baltasar Morey Carbonell, Presbítero.

 

INTRODUCCIÓN

Estamos a punto de clausurar el 750 aniversario de la muerte de nuestra madre santa Clara acaecida el día 11 de agosto de 1253, en el monasterio de San Damián. Dos años después de su muerte, en 1255, el Papa Alejandro IV la canonizó solemnemente. Por este motivo queremos dar a conocer de una manera sencilla nuestro monasterio: su historia, sus reliquias, etc. Sin olvidar que si esto tiene algún valor, es por la belleza espiritual, por la experiencia de Dios que siglo tras siglo han ido teniendo las moradas de este Monasterio y que la riqueza mayor está escondida sólo para los que miran con ojos de fe.

Por eso esperamos que no sólo te encuentres con piedras sino que entres en lo profundo y te encuentres a Dios que día tras día llama a nuestros corazones para que vivamos un cristianismo comprometido, dando VIDA en cualquier rincón del mundo.

Para gloria de Dios.

Así es como comenzaba la introducción de esta Reseña Histórica que escribí con mucho afecto filial para obsequiar a la madre abadesa en el día de su onomástica, el 11 del pasado agosto de 2004, ya que la madre tiempo atrás me pidió que escribiera algo sobre el monasterio, pues había muchos amigos, bienhechores y visitantes que le pedían una Guía o Reseña Histórica de nuestro Monasterio y carecíamos de ello. Lo damos a conocer públicamente, pues, sin ninguna pretensión literaria ni histórica exhaustiva, bajo el generoso patrocinio de la Honorable Alcaldesa de Palma, Da Catalina Cirer que voluntariamente se brindó, y que aceptamos muy agradecidas.

La Autora

Fundación del Real Monasterio de Santa Clara de Palma

Tarragona, 1256. Lejos de Mallorca, al otro lado del mar, está a punto de comenzar la historia del Monasterio de Santa Clara de Palma. Sor Catalina Berenguer,3 entonces madre abadesa del monasterio de Santa María, había sentido la necesidad espiritual de fundar acompañada de su hermana sor Guillerma una nueva comunidad de clarisas en Mallorca. Habían transcurrido 27 años desde la conquista cristiana de la isla, y en 1256 el mantenimiento de la fe nuevamente impuesta pasaba por el fomento de un nuevo ideal de vida, basado en la pobreza y la humildad. Este hecho estaba muy presente en la mente de las clarisas de Tarragona que solicitaron del Papa el permiso para edificar en tierras mallorquinas una casa donde pudiesen consagrarse al servicio del Creador de todas las cosas, , por la salud de la suya y de muchas almas.

La respuesta papal se produce desde Letrán el 4 de marzo del mismo 1256. Alejandro IV exhorta al Obispo de Mallorca, a la sazón Ramón de Torrella, a bendecir la primera piedra del nuevo monasterio. Días después, el 7 de marzo, el Papa se dirige a todos los cristianos para proclamar una indulgencia de 100 días a quienes ayuden a hacer realidad este proyecto. La actividad papal en este sentido no se detendría en este punto. El 18 de marzo, sale otra carta del despacho pontificio, remitida al Guardián y Custodio de los frailes menores de Mallorca con el objetivo de encargarle el asesoramiento y auxilio espiritual, material y personal, ya que nuestro monasterio estaba exento de la jurisdicción del Obispo y dependía, pues, de la jurisdicción de los franciscanos menores, hasta la desamortización de 1835, que pasó al Obispo de Mallorca. Con ello, la parte correspondiente al Pontificado en la puesta en marcha del monasterio de Santa Clara de Palma quedaba concluida, tanto desde la perspectiva del apoyo material como desde la orientación espiritual institucionalizada.

El rey Don Jaime 1, conocedor de toda esta actividad papal encaminada a la fundación, comienza también su aportación a la misma. Es el 4 de julio de 1256, y la lleva a cabo, desde Tarragona, prometiendo que sólo las clarisas de esta ciudad podrían establecer un convento en Mallorca. Después, daría el empujón material al proyecto (12 de febrero de 1257), desde Lérida, confirmando todas las donaciones, adquisiciones y compras que sirviesen a la edificación del monasterio mallorquín de la citada orden.

Finalmente, el 12 de septiembre de 1257, se produce el gran paso. E[ barón Bernardo de Santa Eugenia vende unas casas, baños y huerto a las, monjas, incluido el uso del acueducto adyacente, por un precio de 2.000, alfonsinos de oro. Este precio fijado se consideraba definitivo, y, en un gesto suficientemente revelador de la mentalidad del momento, el barón, estipulaba que, si valiese más, daba la diferencia a Dios el Señor y a las, dichas primera abadesa y convento que de esta orden habrá estado en la Ciudad o isla de Mallorca. Es el lugar donde se edificó, y donde aún se encuentra, el Monasterio de Santa Clara.

La complejidad de la transacción obligó, también, a que Ponç Guillem de Torrella, hijo del barón, tuviese que renunciar explícitamente a sus derechos sobre el lugar, y se comprometiese a mantener la tenencia de las monjas. En el acto, por cierto, se observa el mismo planteamiento devocional ya visto en la mentalidad del padre: abandonamos y en perpetuo desligamos para Dios, el Señor, y la abadesa del monasterio o casa de las señoras de San Damián de Tarragona, y al convento que de la misma orden haya estado en la isla de Mallorca (...1 todo derecho y razón el cual y la cual tenemos o hemos de tener, compete o ha de competer o puede competernos, ahora o en el futuro, en las antedichas casas o establecimientos, huerto y baño.

Como fuese que tales posesiones hubiesen sido dadas por el rey al barón de Santa Eugenia (1242), después que la muerte de Nunyo Sanc (quien las había obtenido en el Repartiment que siguió a la conquista de Mallorca) las hubiese hecho revertir en el patrimonio real, el monarca mismo tuvo que confirmar la transacción con las monjas (22 de octubre de 1257), en una carta no exenta de intenciones espirituales, como aparece en la expresión por remedio de nuestra alma y de nuestros progenitores, que utiliza el propio Jaime I.

Comenzaría la vida de clausura del nuevo convento en enero de 1260 s encerrándose algunas señoras de primera nobleza, prosiguiendo-_y aumentando las monjas, llegando algún tiempo después al número_ deciento, viviendo con observancia la Regla de santa Clara, aunque pocos años después por imposición del Papa Urbano IV, año 1263, vivieron una regla que el mismo redactó. El 5 de febrero de 1912, en el que la abadesa del convento de Medina del Campo (Valladolid), invitó a sus hermanas de Palma a unirse a la petición que se quería enviar al Papa para que permitiese la observancia de la Regla de santa Clara. Sería, de todos modos— durante el Concilio Vaticano II (convocado por el Papa Juan XXIII y clausurado en tiempos de Pablo VI), cuando en el decreto sobre Renovación de la Vida Religiosa, que propugna la fidelidad al espíritu de los fundado, res de las órdenes religiosas, se facilitaba a las clarisas poder volver a-la vida de pobreza contemplada en la Regla de santa Clara. Este hecho se confirmaría el 26 de junio de 1969, y el 2 de agosto (festividad de Nuestra Señora de los Ángeles), se haría la solemne renovación de los votos, según el espíritu de la santa de Asís: el convento de Santa Clara de Palma volvía, así, a la observancia de la Regla fundacional.

Sin embargo, y a pesar de contar desde muy pronto con un grupo de nobles como protectores,9 el camino de las fundadoras no fue fácil y la documentación ha dejado constancia de las fuertes penalidades que pasaron a lo largo del siglo XIII. Así en 1278, el obispo solicita a los párrocos de la Isla que recaben la caridad de sus fieles a favor de las monjas de santa Clara, que se hallaban sumidas en la mayor miseria, faltándoles lo - más indispensable para vivir.

En cuanto a las fundadoras venidas de Tarragona, se cree por tradición que regresaron a su lugar de origen, pero es muy improbable, porque sor Catalina aparece en los documentos como primera abadesa de Palma, y en calidad de tal sabemos que en diciembre de 1266, se solicita del Papa Clemente IV trasladar los restos de la difunta abadesa de buena memoria, y fundadora de nuestro monasterio, sor Catalina, fallecida en Valencia.

Las abadesas que la siguieron en el cargo fueron sor María Satorre, en el 1266, y sor Blanca de Vilanova, que aparece documentada como abadesa desde 1308.

En el año 1287, dos monjas del convento de Palma, sor Agnés Riquer y sor Maria Grácia de Déu, fundaron un nuevo monasterio de la orden en Ciudadela de Menorca, poco después de que el rey de Aragón Alfonso el Liberal tomase la isla de manos de los sarracenos. De estas dos fundadoras, se conoce que la segunda regresó al convento de Palma, puesto que su nombre aparece entre las monjas que cierran una transacción en 1294; la primera, en cambio, debió quedarse en el nuevo convento.

Una nueva etapa

Corría el año 1348 cuando la peste volvió a remover los cimientos jurisdiccionales del convento, al verse involucrado en la resolución de los problemas planteados por el desbordamiento de las previsiones del número de cadáveres sin sepultura. Esto provocaría una dura controversia entre el obispo, el deán de la Seo y el párroco de Santa Eulalia, de una parte, y sor Margalida d'Adarró, entonces abadesa, de la otra. Finalmente, el Monasterio debería acoger las comprometidas sepulturas en unos patios de su propiedad, pero vería reconocidas todas las condiciones impuestas: exhumación de los cuerpos en el plazo de un año tras el final de la epidemia, retorno a la profanidad de las tierras, prohibición de edificar en aquel lugar hospital, iglesia o capilla, pago de los censales que era costumbre cobrar por los patios, y enterramiento de los cuerpos a mucha profundidad para evitar el contagio.

Dentro del mismo siglo XIV, otro momento difícil sería la guerra de las sepulturas, que removía negativamente las relaciones entre el clero regular y el secular. En este conflicto, el cementerio del Monasterio de Santa Clara representaría el papel de campo neutral en la cuestión del enterramiento de impúberes, mientras durase la controversia entre los frailes menores y el clero parroquial. El arbitraje fijado para la ocasión decretaría que los cuerpos de los impúberes serían llevados en procesión por los frailes menores hasta el cementerio de las clarisas, y allí serían enterrados provisionalmente, hasta que se llegase a una sentencia definitiva.

En este mismo siglo, vencidas las dificultades inherentes a toda fundación, el monasterio inició una etapa de gran esplendor que se mantendrá hasta el siglo XIX. Como ya hemos indicado anteriormente santa Clara albergó el mayor número de monjas. Así, en 1323 habían llegado a ser sesenta y dos religiosas; en 1579, eran cincuenta y nueve, y a finales del siglo XVI, eran ya setenta. A mediados del siglo XVII, eran setenta y siete. A principios del siglo XIX la comunidad de santa Clara seguía siendo la comunidad más numerosas de las familias religiosas de Mallorca, contando con cincuenta y ocho religiosas. En 1837, cuando se promulgó la ley que prohibía que hubiera dos monasterios de la misma Orden en una ciudad había treinta y una religiosa, a las que se unieron las treinta y cuatro del monasterio de ¡'Olivar.

Transcurría el año del Señor de 1491, en el siglo XV cuando sor Praxedis Magdalena, religiosa del convento palmesano, recibiría el encargo de establecer una nueva comunidad en las posesiones que la orden tenía en el Puig de Inca, Ermita de santa Magdalena. Hacia allí partió, con todo entusiasmo, un reducido número de hermanas, para llevar a cabo la primera fundación de las clarisas fuera de la capital. Por sus muchas dificultades bajaron en 1526 a S'Esgleieta, en la parroquia d'Esporles, junto a un frondoso olivar, de ahí el nombre de monjas de ¡'Olivar. Para acomodarse a las normas del concilio de Trento, que prohibía vivir fuera de los muros de las ciudades, pasaron en 1549 a Palma, situando su nuevo Monasterio en la calle de san Miguel junto al Hospital de san Antonio de Viana. La Plaza de ¡'Olivar (mercado) rememora su paso benéfico."

Por tal motivo, los restos de sor Juana Tomasa Torres (1659-1723), monja que destacaría en vida por sus virtudes espirituales y que moriría en fama de santidad, pasaron al Monasterio de Santa Clara, así como la Virgen de la Cueva Santa, el Belén que se encuentra en la portería, dos armarios de estilo barroco y libros y documentos del archivo.

Ahora en el siglo XXI todas las Ordenes e Institutos religiosos sufren una carestía de vocaciones, teniendo que cerrar muchas casas y conventos; es verdad que hay un resurgimiento de nuevos carismas en la Iglesia. En nuestro Monasterio de Mallorca seguimos siendo por designios de Dios una de las comunidades más numerosa, somos 14 hermanas de votos solemnes.

Algunas religiosas destacadas

A lo largo de los siglos, algunas religiosas del monasterio destacaron en la comunidad por la ejemplaridad de sus vidas como religiosas, es el caso de sor Magdalena Bonapart, sor Antonia Quint, sor Isabel Santjoan, sor Margarita Montornés, sor Juana Llinás, sor Juana Mir, sor Francisca Mas, sor Eleonor Quint, Sor Clara Zanglada, sor Clara Lluil, religiosa de vida ejemplar que vivió en la primera mitad del siglo XVII, y de quien una biografía manuscrita de sor Catalina Sales indica que, por su virtud, merecería ser contada entre los santos. Ocupó el cargo de abadesa entre 1609 y 1612. A juzgar por los datos aportados por la citada biografía, el siglo XVII contempló la aparición de varios casos de clarisas mallorquinas destacadas por sus vivencias religiosas.

Sor Catalina Socias, sor Juana Estada, sor Catalina Pascual, sor Catalina Güell, sor Isabel Puig, sor Jerónima Reus, sor Jerónima Gual, sor Catalina Sales, que vivió en la segunda mitad del siglo XVIII, llegando a ocupar el cargo de abadesa entre 1763 y 1766. Religiosa de extremada virtud, fue considerada modelo de sencillez para sus hermanas, y alcanzó incluso experiencias místicas. También destacó por su fe sor María Violante Truyols (1752-1804), que permaneció en el convento durante 36 años, sirviendo de ejemplo para toda la comunidad, por su sencillez, su apego a la pobreza, su capacidad de sacrificio y su amor a Dios, manifestado en su constante perseverancia en el camino de la santidad. Su cuerpo se conserva milagrosamente incorrupto después de su muerte.

Los problemas del siglo XVI

El siglo XVI comenzó con un agravamiento de la situación arrastrada desde el siglo anterior. En medio de toda esta problemática gravísima, resulta milagroso que el convento asistiese al aumento de las vocaciones, de manera que en 1592 ya superaba las sesenta el número de monjas, a las que deben añadirse las jóvenes aspirantes. En cualquier caso, el hecho más milagroso en medio de toda esta coyuntura es que fray Antonio Sala, el franciscano que actuaba como ecónomo y procurador de Santa Clara en 1526, levantase un informe alabando la administración y el buen gobierno del convento. Resulta, también, complicado entender cómo a pesar de la pésima situación económica, el convento pudo contribuir en 1555 a la adquisición de trigo por parte de los jurats de la Ciutat y Reino, dejando 32 marcos y 4 onzas de plata obrada (era abadesa sor Francina Santmartí). Sin duda, eran las contradicciones de una época cargada de dificultades.

Los cambios del siglo XIX

A lo largo del siglo XIX, época de crisis casi constantes en España, tanto en el aspecto político como en el de los cambios de la mentalidad, el convento de Santa Clara se vio inmerso en la contingencia de tener que prestar algunos servicios extraordinarios, más allá de las oraciones consubstanciales a la vida en clausura. La situación más crítica, probablemente, se vivió durante el desarrollo de la guerra contra Napoleón (1808-1814), que provocó el exilio forzoso a Mallorca (territorio libre de conflicto) de muchas personas procedentes de la España peninsular. Santa Clara se convirtió, entonces, en centro para algunas monjas refugiadas, procedentes de lugares tan diversos como Pedralbes (Barcelona), Toledo, Castellá d'Empúries (Gerona), Zaragoza y Cieza (Murcia); en el verano de 1812, el número de refugiadas alcanzó las trece, no todas de la misma orden. En ocasiones, el asilo a las refugiadas generaba gastos por encima de los recursos económicos de que disponía el convento, cosa que obligaba a recurrir a la ayuda de personas devotas que se hiciesen cargo de su alimentación y necesidades, o a la solicitud de limosnas que aligerasen la presión económica generada sobre el convento de acogida.

A pesar de que la oleada secularizadora de las costumbres ganó terreno durante el siglo XIX, sobre todo de la mano de las ideas liberales (y más avanzado el siglo de las republicanas y socialistas), todavía fue tiempo para la puesta en práctica de nuevas fórmulas de religiosidad. En relación a este hecho, podemos apuntar que el convento de Santa Clara fue uno de los pioneros en la implantación de la celebración del Mes de María, en mayo de 1843.

Como apuntábamos antes, las dificultades del convento no fueron solamente las derivadas de la situación política. La comunidad conventual iba reduciéndose peligrosamente, y aquellas más de sesenta monjas que se contabilizaban a finales del siglo XVI eran sólo un recuerdo lejano. En octubre de 1836 Santa Clara contaba sólo con 14 profesas y 14 monjas de obediencia, y en julio de 1850 la preocupación por la continuidad del convento es manifiesta, porque la abadesa envía una instancia a la reina Isabel II, pidiendo que mitigue la prohibición de admitir postulantes. La respuesta llegaría a través de un escrito de 5 de julio de 1852, mediante el cual el obispado comunicaba la disposición real de poder formar una comunidad con un máximo de cincuenta religiosas, poniendo por condición que debían ejercitarse en la beneficencia. Alrededor de 1890, el convento ya se había recuperado hasta alcanzar las 47 religiosas.

Tampoco se libraron las monjas de los tradicionales problemas económicos, como lo demuestra el hecho que el 7 de noviembre de 1888 la abadesa enviase una carta al Obispo pidiendo una limosna para la reparación de la sala capitular, en estado ruinoso.

El siglo XX

La vigésima centuria de nuestra era se puede considerar, en lo referente a la vida del Monasterio de Santa Clara, la época del retorno al espíritu primigenio de la orden y de la consolidación del modelo contemplativo propuesto desde la fundación en 1256. De hecho, son numerosas las muestras de esta vocación, desde principios de siglo. El 23 de marzo de 1910, por ejemplo, se solicitó el permiso episcopal para establecer un turno perpetuo de guardia ante el Santísimo. El 4 de noviembre de 1959, el obispado concedería el permiso para la Adoración Perpetua. Después, el 12 de agosto de 1972, comenzaría la Adoración Diurna a la Santísima Eucaristía, previa autorización del Obispo Teodoro Úbeda.

Otros hechos importantes para el convento durante el siglo XX, entre muchos otros que no tienen cabida en un espacio tan reducido como el del presente opúsculo, serían los actos de la celebración del VII centenario de su fundación, realizados el año 1960, o las Jornadas Eucarísticas celebradas el año 1985 con motivo del 725 aniversario de la fundación, además del permiso obtenido para celebrar la misa de la festividad de Santa Catalina Thomás (julio de 1965), la constitución de la federación de clarisas de Aragón, Valencia y Baleares (desde 1958, a instancias de la Constitución Apostólica Sponsa Christi del Papa Pío XII, de 1950).

Continua "Las piedras que hablan de Dios" (2)...