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Monasterio de Santa Catalina. Teruel
Dirección postal
HERMANAS CLARISAS
Pl. Cristo Rey,3
44001 TERUEL
Teléfono 978602734
e-mail: clarisas_teruel[arroba]franciscanos.org

Plaza de las Clarisas
El edificio
El convento queda situado en el centro mismo de la ciudad, al fondo de una plaza de nombre cambiante, que siempre fue de las claras, encabezado por una estatua al mártir local P. Polanco, y centrada por una fuente de piedra clara, como sus monjas.
Lo que queda del antiguo convento, con ser amplio, no deja de ser un remedo de lo que fue. La guerra civil se cebó en la sacra fábrica asolando lo que la Exclaustración dejó en pie. La iglesia volvió a recuperar de sus ruinas la antigua configuración, por más que se eliminó la cúpula original, sustituida por un humilde y amplio tragaluz.
Imágenes y pinturas desaprecieron, no se sabe con qué destino, al igual que la valiosa documentación de su archivo, algo que la memoria histórica no gusta recordar.

Interior de la iglesia
Parte del convento se cedió para ampliar el seminario adjunto y edificar su actual iglesia, y otra porción pasó a la autoridad local para abrir unas escuelas, que faltas de un patio capaz, ocupan de hecho la plaza de las monjas.
Tanto la iglesia como el convento albergan todavía algunas obras artísticas de reconocido valor, pobre reliquia de lo mucho que desapareció en la contienda.
Fr. Ángel Martín
Un poco de historia
(Artículo de la web de los franciscanos en Aragón)
El Real Monasterio de Santa Catalina, que regentan las clarisas de Teruel, es uno de los edificios más antiguos de la ciudad y ocupa todavía lo que fue palacio de los reyes aragoneses, desde 1367, fecha en que D. Pedro IV el Ceremonioso, casado con Dª. Leonor de Sicilia, devotos de las hermanas pobres de santa Clara, les cede el edificio para su conversión en monasterio.
La comunidad religiosa se había establecido con anterioridad en la Villavieja, junto al Alfambra, luego convento de capuchinos, al norte de la ciudad, donde disponían de iglesia y huerto anejo al edificio conventual. No se sabe a ciencia cierta la fecha exacta del establecimiento de las hermanas en dicho lugar, donde sólo consta que ya residían en 1366. Pasan a ocupar el actual monasterio en 1369, que ponen bajo la advocación de Santa Catalina, situado en las cercanías de “de san Yagüe”(de la Iglesia de Santiago). Cabe que la titularidad del monasterio obedezca a que, con mucha probabilidad, fueron clarisas del convento de Santa Catalina de Zaragoza las hermanas fundadoras del convento de Teruel.
Los reyes aragoneses y la Santa Sede apoyarían después, con sucesivos privilegios, la supervivencia del monasterio.
Con el tiempo, la diminuta iglesia original del convento demandó la edificación de otra más capaz, con la consiguiente restauración del convento. Fue la abadesa sor Ana María Martínez de la Raga quien dispone los medios para conseguirlo. Pone la primera piedra el Sr. obispo, D. Jerónimo Solivera, el día 9 de abril de 1699, festividad entonces de Nuestra Señora de los Dolores, en lo que había sido un corral de las monjas adjunto al convento, en ceremonia que convoca a las autoridades, nobleza, “frailes franciscos” y un gran número de gente, previa una procesión desde la Iglesia de Santiago.
Las tallas de la iglesia corrieron a cargo de Jusepe Teresa, y el resto de la decoración interior, de Matías y Jerónimo. Los coros alto y bajo, casa de las religiosas y escalera, se dio a Francisco Bello. Dora la iglesia Tomás valenciano y la pinta Francisco Plano, que es quien da también “la traza del retablo”, obra del escultor Pedro Rivera, si bien pinta el lienzo central Pablo Rabella, en tanto que los retablos en que se instalan los demás cuadros, que representaban a san Francisco, la Purísima, san José, san Antonio, Nuestra Señora de los Dolores y el de santa Clara, ocupando sendos altares laterales, corrieron a cuenta de Pedro Rivera, a excepción del de San Francisco, en que trabajó Cristóbal. En el coro, se instala un órgano nuevo, cuya caja cuesta 279 libras y 14 sueldos.
La portada de la iglesia fue obra de Juan Teresa, que cobró por su trabajo 43 libras y 4 sueldos. Concluye la obra en agosto de 1703, cuya bendición, en ausencia de obispo, corre a cargo del deán D. José Dolz. La obra incluye, en el primer piso, un cuarto bajo para labor de las hermanas, una estancia con dos confesonarios, la sacristía de las religiosas y un panteón con capacidad para treinta y seis nichos, dado lo nutrido de la comunidad, que a la sazón contaba con 60 hermanas.

El segundo piso consta de cuatro enfermerías con recibidor y cocina, que dan a la huerta, protegidas con nueve rejas, sin que falten las obligadas celosías, puertas y ventanas. El tercero consta de once celdas, igualmente enrejadas, que dan también a la huerta, y tres estancias “de ocho varas cada una” Dispone de diez tribunas, cuatro de ellas “muy espaciosas”. Tanto la sacristía como ambos coros disponen de dos grandes ventanas cada uno, que dan a mediodía, sobre “una luna que se ha hecho ahora también”. Añádase a todo esto la ropería, la escalera del coro “con sus vidrieras”, el campanario, el horno “con su granero encima”, y la cerca amurallada “desde la torre de Las Martinas hasta la obra nueva”.
Para la obra se emplearon 9.225 pizarras azules, destinadas a la cúpula de la iglesia, 1.150 azulejos azules con las armas del convento para el pavimento de la misma, 5.000 ladrillos grandes de labor, 34.600 ladrillos de barro quemado para enlosar, 35.500 tejas, etc. La comunidad se encargó de costear igualmente “el vino que han gastado los peones”, que ascendió a 194 libras, y 12 sueldos.
El coste total de las obras se eleva a 11.566 libras y 9 sueldos, reunidos mediante limosnas y donativos particulares de mayor entidad con que se costean las alhaja, los lienzos procedentes de Roma y ornamentos para el culto.
El tiempo es implacable y ante sus inclemencias las obras del hombre sufren inevitables deterioros, de modo que, durante el mandato de la abadesa sor Josefa Campillo, el año 1779, la cúpula de la iglesia muestra sensibles destrozos que reclaman urgente atención. La abadesa recurre al Sr. obispo, D. Francisco José Rodríguez Chico, por cuyas gestiones, los príncipes e infanta de España hacen donación al convento de 12.000 r. v. Se pudo así renovar el tejado de la cúpula, se pusieron nuevas claraboyas en las ventanas y se acometieron otras reparaciones conventuales. Y aún sobraron 150 pesos, que con otras aportaciones sirvieron para adquirir una colgadura, en cuatro piezas, con que se cubren los laterales del presbiterio “en las solemnidades mayores”.
La historia del monasterio queda salpicada de incidentes de toda suerte. Así, entre los años 1588 y 1590, el Sr obispo D. Jaime Gimeno hace concesión, en favor de las hermanas clarisas, de los bienes que fueron de los religiosos conventuales de San Francisco de Teruel.
Notable también es el hecho que consignan las crónicas, ocurrido el 6 de septiembre del año 1700, en tiempos en que regía la vida religiosa del convento la abadesa Juana de Espejo y Dolz. A media noche, en pleno desarrollo de una horrísona tormenta que venía acompañada de gran aparato eléctrico, hasta el punto que hacia retemblar todo el monasterio, cae repentinamente un rayo luminosísimo en plena enfermería, justo cuando agonizaba en ella una hermana. El sobresalto no pudo ser mayor. Repuestas del susto, las hermanas pudieron comprobar de inmediato que la divina benevolencia no quiso que hubieran más daños que los materiales y el consabido estremecimiento. Ese día, como toda la semana, la comunidad había rezado con todo fervor la memoria de santa Rosa de Viterbo, aún en la octava de su fiesta. No tardaron las religiosas de establecer, en acción de gracias, conmemorar ese hecho en lo sucesivo, ayunando perpetuamente en la víspera de santa Rosa.
El cronista aragonés Antonio Hebrera cuenta también el prodigio obrado por nuestros mártires de Teruel, Juan y Pedro, en favor de sor Clara Torín y sor Clara Riva, religiosas del monasterio, que superaron unas fiebres malignas al tomar agua del pozo de los mártires, situado en el convento de San Francisco.
El año de 1680, la abadesa sor Violante Pérez de Cuevas, dispuso que se labrase una arqueta de plata adornada con piedras preciosas, a cuenta suya, para la reserva y exposición del Santísimo Sacramento, el día de jueves santo, sobre un dosel de madera plateada.

En tiempos de la abadesa sor Violante Pérez de Liria, dada la extrema pobreza en que vivían las hermanas, al no poder satisfacer ciertas deudas contraídas por la comunidad, obtienen permiso del P. Provincial de Aragón, fray Francisco Monreal, para dedicar parte de su tiempo a la elaboración de bizcochos, “tasando la media caja en 18 reales”, con cuyo importe podrían salir de la extrema penuria que les apuraba. Ocurría el hecho el día 14 de octubre de 1752.
Las buenas disposiciones que las religiosas hallaron siempre en los reyes las dispusieron, a su vez, a entregar a D. Carlos IV, en 1798, seiscientas onzas de plata en una serie de valiosas piezas de las que la hermanas sienten que deben desprenderse, dada su vocación de pobreza. El conjunto de dichas piezas lo componían: “ un cáliz que estaba en el archivo sin uso; una cruz con su santo Cristo; un atril; dos pares de vinajeras con su platillos; un incensario; seis ciriales y cuatro bujías; un jarro; una calderilla con su hisopo; dos fuentes y un azafate [canastillo o bandeja]; tres salvillos, diez cucharrillas y nueve tenedores; y unas sacras”.
La vida recoleta y pobre de las hermanas, dadas a la oración, el servicio mutuo, el recogimiento interior y el silencio, propició que no faltasen religiosas que gozaron de eminente santidad, por el esmero puesto en el ejercicio de la vida retirada junto al corazón de Dios. Merecen recordarse los nombres de sor Violante Monleón, que había profesado en el abadiado de sor Isabel de Villena, y que practicó la experiencia mística en su intimad para con Dios. Intensamente dada al recogimiento y la oración, practicaba la oración permaneciendo largas horas de rodillas, en actitud tan inalterable “como si fuera un mármol” o estuviera fuera de sí. Obtuvo de Dios la gracia de una íntima visión que le mostraba el depurado estado de su espíritu, en perfecta unión con Dios. No es raro que en el ejercicio de la penitencia llegara a grados extremos: “ciñó continuamente cilicio, nunca probó carne, y lo más de él, a paz y agua”. La memoria de sus virtudes permaneció viva en las hermanas, a quienes edificó con la santidad de su ejemplo.
Se cuenta de sor Jerónima de Miedes, “religiosa de esclarecida virtud”, que, en 1550, al final de sus días, después de sufrir con ejemplar sosiego interior una larga enfermedad que la tuvo postrada, óptimo remedio que nos propicia Dios para purificar nuestras miserias, entregó su vida al Padre. Y aún muerta, volvió en sí para declarar que en el juicio a que fue sometida ante Dios, “lo que más el demonio alegaba contra mí, ha sido que algunas veces tenía cuidado de llevar el tocado curioso y aliñado”, por lo que, con licencia del Señor, volvía a avisar a sus hermanas, no sin una pizca de ingenuidad, de “que se os pedirá estrecha cuenta del cuidado que pongáis en aderezar el tocado”.
El año 1646, los religiosos franciscanos fray Pedro Lumbreras, guardián de San Francisco, y fray Juan Muniesa, teólogo, toman declaración a la abadesa de las claras y a otras religiosos sobre la aparición de una hermana, sor Clara Belluter, a otra llamada sor Juan Martínez, para perdonar a quien se había negado a hacerlo en vida.

En esta foto de la plaza se aprecia la imagen del obispo mártir P. Polanco
Consta asimismo, que sor Isabel Palomar “fue ejemplarísima en la observancia y asistencia a la comunidad, pobrísima y desprendida”. Daba a la oración lo mejor de sus días y sus noches, y vivía en tan estrecha observancia el rigor de la penitencia, que mereció ser reconvenida por otras hermanas, a quienes respondía que” poco servimos a Dios, si no hacemos algo por su amor”. El cuidado que ponía en que no se dijera nunca palabra ociosa alguna, le mereció tal respeto de todas, que evitaban ser reprendidas por ella. Consecuente con su amor al silencio provechoso, enferma con toda clase de achaques, no pronunciaba palabra alguna que no fuera para aceptar la decrepitud de su estado y alabar a Dios por todo lo que le daba. Predijo el momento de su muerte al P. confesor, fray Juan Martín, para que no dejase de darle la comunión en trance tan decisivo. .Sor Isabel muere el día 21de diciembre de 1610.
Gran penitente, hasta extremos que resultan casi increíbles, fue sor Guiomar de Contamina, “religiosa de gran virtud y alta perfección”. Devota de la Natividad del Señor, la celebraba haciendo oración toda la noche, la víspera de la fiesta, y justamente en dicho día entregó su alma al Señor, entre vivos resplandores que alarmaron incluso a las religiosas carmelitas del monasterio vecino. Su cuerpo permaneció luego tan fresco como si se mantuviera vivo. Año 1643.
Otro tanto podría decirse de sor Polonia Lamata, “religiosa de gran virtud”, nacida en el mismo Teruel, con fecha de 7 de septiembre de 1608. La aspereza que se imponía en todo cuanto llevaba a cabo, la llevó incluso a hacer diariamente una hora de oración sosteniendo dos pesadas piedras en las manos, sin dar síntomas de fatiga. Los viernes, para identificarse con el Señor, arreciaba en el ejercicio de la penitencia. Su muerte le vino entre señales de clara predestinación, al quedar envuelta en una luz tan intensa que llegó a alarmar a las religiosas carmelitas del vecino monasterio. Ocurría este hecho singular el 24 de diciembre de 1661.
La lista de todas las religiosas muertas en olor de santidad no se agota aquí con estos nombres. Podríamos recordar aún a sor Rosa Gisbert, sor María García, sor Vicenta Miedes, y otras más que sobresalieron por el alto grado de perfección y la fama de santidad que dejaron tras de sí. Quede lo escrito aquí como una muestra suficiente de los frutos de santidad que han venido adornando la piadosa trayectoria del Real Monasterio.
El siglo XIX refleja momentos en que las arcas del estado andan depauperadas, como siempre por consecuencia de la guerras que la afligen, y el liberalismo no duda en echar mano de los bienes eclesiásticos. El año 1835, por el tristemente famoso decreto de Mendizábal, “El gobierno de S. M. incautó a nuestra comunidad todos sus bienes”.
A.M.
