Monasterio de Santa Catalina. Zaragoza

17530

Dirección postal

HERMANAS CLARISAS
C/ Arquitecto Magdalena, 1 y 3
50001 ZARAGOZA
Teléfono 976-222384

Historia del convento

Historia fundacional del Convento de Santa Catalina y San Damián de Zaragoza

Somos una fraternidad concreta de monjas contemplativas seguidoras de Clara de Asís. Como toda familia tenemos nuestras raíces aquí, en Zaragoza, desde hace muchos años. Formamos parte de la historia de esta ciudad, en los momentos alegres como en los tristes. En nuestros archivos hay muy buena documentación y libros de crónicas que queremos exponer en este folleto para un mayor conocimiento de todos.

Fundación del convento en el año del Señor 1234

El insigne Convento de Santa Catalina de la ciudad de Zaragoza, fue fundado en el año del Señor de 1234, diez y nueve años antes del glorioso tránsito de la seráfica Madre Santa Clara, ocurrido en 1253 en Asís (Italia).

Con fecha 19 de abril de 1234, el Papa Gregorio IX dirigió a la noble señora Doña Ermisenda de las Cellas la bula VIRTUTEM SIBI, exhortándola a fundar en la ciudad de Zaragoza, en sitio a propósito un monasterio de la Orden de San Damián, procurando dotarlo de tal suerte, que en él pudieran sustentarse por lo menos veinte monjas. Este monasterio de Damianitas de Zaragoza tomó desde sus principios, la advocación de Santa Catalina virgen y mártir, en honor de una ermita dedicada a esta santa, extramuros de la ciudad; lugar precisamente, donde en el día de la vigilia de San Bartolomé Apóstol, del año del Señor de 1234, dio comienzo la vida religiosa en este benemérito cenobio.

La nobilísima señora Doña Ermisenda de la Cellas, fundadora de este célebre convento, era tía de Doña Teresa Gil de Vidaurre, esposa del Rey Don Jaime I el Conquistador, por lo cual, tomó el mismo rey a su cuenta, la fábrica de la iglesia, que salió muy hermosa y capaz, que aún se ve con la memoria viva de su fundadora; así mismo, pagó a su cargo, gran parte de lo que perteneció a la habitación de las monjas.

Doña Ermisenda hizo escritura de donación de varias posesiones para el sostenimiento del monasterio. En el archivo actual, se conserva una copia auténtica de dicha donación, escrita en pergamino que mide 320x520 milímetros, la cual no sólo desde el punto de vista histórico es importantísima, sino bajo el aspecto filológico y geográfico.

Quiso la fundadora, que fuese la Casa tan a una, con la de San Damián, que envió allá a dos monjas de las primeras que entraron en el nuevo retiro, para que visitasen a la Madre Santa Clara, y le pidiesen una Instrucción de la vida regular que allí tenían, con todas sus ceremonias y ordenanzas, y un tratado de la Regla que allí observaban la santa Madre, y las monjas que allí moraban. Fue asombrosa en estos Reinos, la resolución de estas monjas; pues ejecutada por dos hombres, sería digna de admiración. Este viaje, no fue de la aprobación de la Madre Santa Clara porque no le pareció bien tanto trasiego para dos mujeres solas, aunque les procuró una entrevista, con su hermana Sor Inés, que las consoló mucho, y las envío ricas de santos consejos.

Arquitectura y estructura del interior

El interior del convento era un magnífico ejemplo del gótico-mudéjar aragonés, con detalles esculpidos y esgrafiados con blasones como los que se conservan en los monumentos de la época. Tenía un claustro en cuadro de 76 pasos de largo en cada una de sus cuatro líneas, haciendo perfectísimos ángulos; debajo una luna tan espaciosa, que dilataba el corazón al verla, porque en ella entraba libremente la luz y el sol a los cuatro dilatados claustros que la ceñían.

La común habitación de las monjas, era tan buena como se podía desear, porque las celdas para cada una eran honestamente capaces, teniendo las ventanas al mediodía, que las hacía templadas y alegres la cumplida luz del sol, haciéndolas libres de la molestia de los seglares, porque entre la línea de las celdas, y la muralla del convento mediaba la huerta de la Comunidad, que las libraba de muchos inconvenientes.

Para cuando las monjas enfermaban tenían una sala grande muy competente y acomodada, con todas las oficinas necesarias; de tal manera que lo que pertenecía a la enfermería, parecía otro convento aparte.

Además de la sala común para las enfermas que era harto capaz, tenían un recogido oratorio donde podían oír misa casi todas las que estaban en aquella sala grande, y en sus camas, a esto se añadía otra sala más pequeña, seguida a la enfermería común, que se llamaba. LA CÁMARA DE SANTA ANA, en donde cómodamente se podían poner tres camas, sin estorbo de unas con otras, y espacio suficiente para que les pudieran asistir las mojas enfermeras.

Otro cuarto más pequeño, estaba contiguo a la enfermería, que servía para cuando alguna monja, enfermaba de accidente que pudiese estar sola; para no estorbar a las demás enfermas.

Las otras oficinas de este célebre convento como son: refectorio, cocina de comunidad, lugares de las provisiones y capítulo, todas correspondían a la magnífica obra de todo el convento.

Capillas, coros, imágenes y reliquias

De los coros para las divinas alabanzas se dice que eran espaciosos y majestuosos. Cada uno tenía dos órdenes de sillas bien labradas y en tanto número como lo pide tan grave convento. Los coros estaban uno encima del otro, designado el de debajo de verano y el otro de arriba de invierno, a donde se subía y se bajaba por una escalera cercana a dichos coros.

En orden a las devotísimas capillas y santuarios que había dentro de la clausura regular en los primeros años del siglo XIII, traen los historiadores relación cuidadosa. De algunas de ellas se sabe su historia edificante en sumo grado; así se menciona la sagrada imagen de la Piedad o de la Cisterna porque estaba sobre una que había allí. Dicha imagen que es de piedra, tiene una piadosa historia. Trajéronla a vender unos hombres a la puerta del Convento; ante su soberana belleza, las buenas monjitas ofrecieron 50 sueldos que era cuanto poseían. Parecioles poco dinero a los que la llevaban y decidieron llevársela; pero los bueyes que arrastraban la carreta no se movieron del sitio. Entonces una santa monja llenose de fervor y, a pesar de sus muchos años y pocas fuerzas, la cogió en sus brazos y la depositó en lo que ella creía su sitio definitivo.

En el coro de maitines de verano, estaba la sagrada imagen de la Madre de Dios de los Dolores, que era devotísima, donde regularmente cumplían las monjas las penitencias cuando llegaban de los tres confesionarios que estaban muy cerca del dicho coro. En este mismo coro había un Crucifijo que en cierta ocasión le habló a una monja, que curiosamente miraba por la celosía o tribuna del dicho coro a la iglesia, oyó la voz de Cristo en aquella santa imagen que le dijo: “Mira que te mira Dios”, a cuyas palabras quedó la monja harto corregida viviendo en gran santidad el resto de su vida.

Subiendo al claustro del coro alto, lo primero había un altar con la sagrada imagen de nuestro Señor en el huerto, muy frecuentada y venerada por las monjas. En el mismo claustro del coro alto estaba la devotísima capilla del Monte calvario, donde la venerable Madre Sor Jacinta de Atondo, hacía sus Ejercicios Espirituales, y allí también hacía asperísimas penitencias y disciplinas. En esta misma capilla había dos imágenes sagradas de primorosa escultura una de San José y otra de San Pedro de Alcántara, por cierto muy bien doradas, otra había de la Madre Santa Clara y otra de la Madre de Dios de la Esperanza que es muy hermosa, otra de San Antonio Abad y otra de San Pablo, primer ermitaño.

En el claustro del coro bajo saliendo de los confesionarios, era la primera capilla de Nuestra Señora de la Cisterna (cuya historia, anteriormente se ha relatado) más hacia delante se hallaba la Madre de Dios de los Ángeles, que también era muy devota; después en el mismo claustro estaba la capilla de los santos Apóstoles, después la de la Asunción de Nuestra Señora. Esta capilla no se alcanza su principio; se dice en los libros del Convento, la hizo pintar y renovar la monja Sor Isabel de Atondo en el año 1566.

Sobre la puerta del coro alto estaba la Madre de Dios de la Consolación, que va pasando a la tradición se vino por dos veces milagrosamente de la capilla del Palacio de la Aljafería, una verdadera joya de arte, es una Virgen de sede con un Niño muy lindo sentado en su regazo, primorosa talla del siglo XIII.

En todas las esquinas de los claustros había altares devotísimos de cuyo adorno y limpieza se ocupaban las religiosas por turnos. En uno de dichos ángulos estaba la sagrada imagen de Nuestro Señor en la Cruz, en otro, atado a la columna, en otro el Ecce Homo.

En la puerta del dormitorio bajo estaba Nuestro Señor con la cruz a cuestas, muy devoto y según tradición antigua de las monjas, hizo muchos prodigios; estaba en forma de caído en tierra, que le tiraban de las sogas para levantarle, no se podía mirar sin grande compasión y ternura. En algunas de estas devotísimas capillas, principalmente en la del Calvario y Santo Sepulcro, tenían las paredes salpicadas con la sangre de muchas monjas.

En el coro alto estaba un sagrado altar, con un retablo muy primoroso, con diversas imágenes devotísimas; más la principal era la Reina de los Ángeles María santísima, llamada comúnmente del “Rescate” porque un religioso lego de esta Provincia de Aragón que se hallaba cautivo del rey de Túnez, por el año 1672, viéndola despreciada de aquellos bárbaros mahometanos, procuró su rescate, y cuando el Señor dispuso se acabase su cautiverio, se la trajo consigo la santísima imagen de Nuestra Señora la Rescatada. Con limosnas que para esto dio un devoto caballero de Zaragoza, llamado D. Mateo Alcober (el cual, tenía una hija monja en este convento), se renovó el altar y su retablo colocando dignamente la sagrada imagen y, por suertes que para esto se echaron entre las monjas, fue señalado el día especial de su veneración el de la Expectación de Nuestra Señora aquí reseñado para su perpetua memoria.

En esta Comunidad se han preciado siempre de que la Reina de los Ángeles sea la primera Prelada del Convento y, la Abadesa su Vicegerente y Vicaria de Nuestra Señora: Por inmemorial costumbre y en fe del gran afecto que a María santísima tienen las monjas, todas y cada una añaden a su nombre de pila, antes o después, el nombre de “María”. Todos lo sábados, a perpetuidad, se hace una devotísima procesión que termina en la Sagrada Imagen de Nuestra Señora de la Cisterna donde cantaban y se sigue cantando el Himno de la Virgen Santísima “OH GLORIOSA DOMINAE” y esta costumbre va pasando de unas a otras con gran devoción.

En el mismo coro alto se venera una imagen de Santa Catalina virgen y mártir, titular del Convento; la cual es preciosa y primorosamente policromada y devota. Tiene la Comunidad una virgen de talla no más de dos palmos de alta, que regaló y trajo al convento Sor María Ruiz, que fue abadesa el año1520; desde entonces cuando las religiosas enferman de muerte, llevan esta imagen a la cabecera de la enferma para que le ayude y consuele en sus aflicciones; hasta aquí, se viene haciendo. Así mismo, tiene el convento otra imagen muy linda vestida, que representa una niña de pocos años, que la visten y desnudan a su costa y gozan de su compañía por riguroso turno en sus celdas, en donde le hacen fervorosos obsequios y rezos.

La capilla del Monte Calvario hizo la R. M. Sor Juana de Aragón y Cardona que fue cuarenta años abadesa de este santo convento en el año 1545. La capilla de Nuestra Señora de Montserrat hizo la R. M. Sor Cecilia de Eril, sobrina de la dicha monja Sor Juana de Aragón en el año 1591.
 
Los sagrados ornamentos para el santo Sacrificio de la Misa eran muchos y preciosos en esta santa Comunidad, porque todas las monjas que entraban en el oficio de sacristanas, tenían por grande felicidad, el poder hacer alguna cosa de nuevo, con licencia de su Madre Abadesa.

Una porción harto grande de LIGNUN CRUCIS, una Santa ESPINA que penetró en la cabeza de Cristo Señor nuestro, un pedacito de la correa de Nuestra Señora colocada en corazón sobredorado cuyo pie parece una custodia. Dos cabezas de las once mil vírgenes, cada una en un relicario de plata blanca, la una de Santa Constancia y la otra de Santa Catalina virgen y mártir; en distintos relicarios hay reliquias de: San Pedro de Alcántara, San Antonio, San Buenaventura, Nuestra Madre Santa Clara, Nuestro Padre San Francisco, San Martín de Tours, San Damián, Santa María Magdalena, San Fabián y Sebastián, Innumerables mártires de Zaragoza, y otras colocadas en un gran relicario que por ser muchas, omitimos enumerar.

Está totalmente demostrado históricamente, que este Monasterio de Santa Catalina y San Damián es de los más antiguos de España, algunos cronistas lo traen el primero, pero esta precedencia recae en el de Santa Engracia de Pamplona, hoy ubicado en Olite (Navarra), el segundo es sin duda ninguna el de Burgos, ya que el Papa Gregorio IX expidió la Bula Fundacional con sólo seis días de antelación a este de Zaragoza, es decir para Burgos el 13 de abril de 1234 y para Santa Catalina de Zaragoza el 19 de abril de 1234.

Pero lo que sí consta es, que este Convento de Damianitas o monjas menoretas clarisas, como se le tituló años más tarde, es el primer convento de mujeres más antiguo de Zaragoza.

Bulario de los Papas

Los Pontífices no andaban remisos en concesiones de orden espiritual y aún temporal, amonestando a quienes molestasen a las monjas en sus personas o bienes, recomendando a los reyes y ciudades que les dejasen entrar libres todos los abastos para la Comunidad y no les exijan pagos y tributos que se pedían a los simples ciudadanos.

Que los Papas eran muy afectos a la Orden Franciscana y en ella, a esta Comunidad, queda de manifiesto por el voluminoso Bulario que guarda su Archivo, que enumeramos a continuación.

GREGORIO IX.-13 Bulas;
INOCENCIO IV.-19 Bulas;
URBANO IV.-5 Bulas;
ALEJANDRO IV.-4 Bulas;
BENEDICTO XIII.-2 Bulas;
BONIFACIO VIII.-1 Bula;
NICOLÁS IV.-1 Bula;
CLEMENTE XI.-1 Bula;
BENEDICTO XII.-1 Bulas;

Monseñor Ugolino de Conti, Cardenal Ostiense, por su gran amistad amor y veneración a nuestro seráfico Padre San Francisco, fue de éste y de su discípula Santa Clara, casi cofundador de sus respectivas órdenes y sobretodo para las numerosas casas filiales de la de San Damián de Asís, Director y Redactor de las Normas de su vida regular, de ahí que mirase a todas las fundaciones que iban surgiendo fuera de Italia, con especial afecto de Padre, muy especialmente este de Santa Catalina y San Damián de Zaragoza, como consta en las cuatro Bulas Fundacionales expedidas en dos meses en sólo dos fechas, 19 de abril y 7 de junio y, en cada una de tales fechas salieron a pares las Letras Apostólicas. Su exaltación al Sumo Pontificado fue en 1227.

El cariñoso afecto, e interés, por este Convento lo demuestra plenamente las cuatro Bulas citadas, donde queda patente el proceso de esta Institución, que, como obra buena, pasó por el crisol de la prueba, que procedió de donde menos podía esperarse: de la Curia Diocesana.

Letras patentes de tres ministros generales

A los años 1238, 1393 y 1410 corresponden estas “Letras Patentales” de aquellos tres Ministros generales de la obediencia o sector de Aviñón que llegaron a Santa Catalina; a una por cada cual, midiendo 220x290; 150x245; 195x360 mm. La primera fue expedida en Capítulo General de Perpiñán, la segunda en Zaragoza, y la tercera en el Capítulo Provincial.

Cédulas y privilegios reales

Don Jaime I el Conquistador (1213-1272), mandó en 1264 que todos los bienes temporales y posesiones de este Convento se atendiesen y respetasen como si fueran suyos y propios de su majestad; y que les diesen a las monjas toda la sal necesaria para el abasto del Convento y 500 sueldos anuales en el mes de mayo para la pitanza de las monjas. Todo lo cual consta de varios decretos de dicho Rey, cuyos originales obran en el archivo del Convento.

El Rey Don Pedro (1276-1285) confirmó todas estas concesiones de su padre el año 1279.

El infante Don Alonso, 1322, les concedió a esta monjas los privilegios de los antecesores y mandó expresamente que no se hiciesen tributarios los bienes del Convento. Cuando el infante pasó a Rey en 1346, confirmó todo lo dicho anteriormente.

EL Rey Don Jaime III (1291-1327) confirmó el privilegio de la sal, y lo mismo el Rey Don Pedro IV (1336-1387) y el Rey Don Martín (1387-1410), igualmente el Rey Don Juan I (1387-1395), sobre que un día entero en cada mes tengan libre el agua del río La Guerba, y conviniendo esta Ilustrísima Ciudad, fue señalado el día sábado, desde la hora de vísperas hasta el domingo inmediato a la misma hora. Este privilegio se admitió sin contradicción alguna y fue confirmado todo ello por otros
reyes sucesores.

Este mismo Rey concedió por un Decreto Real que, además de los 500 sueldos que les había concedido el magnifico Rey Don Jaime para pitanza de las monjas, se les diese otros 500 sueldos de nueva gracia para el mismo fin. Este último privilegio fue confirmado y continuado por los insignes reyes de Aragón, sucesores del dicho Don Juan, y por el generoso Emperador Carlos V por su real Decreto, dado en Toledo el 13 de julio de 1534.

Monjas de eminente santidad

El esclarecido origen del Convento y la ejemplaridad de vida claustral que en él se practicaba, atrajo a muchas almas deseosas de perfección; llevando una ejemplarísima vida. Como verdaderos brotes de santidad y riguroso ejemplo se citan a algunas, aunque otras muchas, con la Madre Fundadora (Ermisenda de las Cellas) a la cabeza; inscritas todas en el libro de la VIDA ya gozan de su Señor en fe de su mucha virtud.

Sor Magdalena Magallón: Fue monja de oración continua. Sor María López de Viel: Tuvo espíritu de profecía, vaticinando cosas futuras, que se cumplieron fielmente.
Sor Jacinta de Atondo: alma de alta contemplación, devotísima de la pasión del Señor, cuyas maceraciones hacen estremecer.

Sor María Lorena: De quien se afirma, fue singularmente notable en el religioso y discreto silencio, en ferviente caridad comunitaria y en abstinencias y penitencias increíbles.

Sor Ángela de Verbeto: Alma Eucarística que pasaba las horas extática ante el Ssmo. Sacramento.

Así vemos que aquellas veinte monjas que se decían en los Documentos del siglo XIII se habían convertido en el siglo XVII en ciento veinte o más, como consta en los ANALES que obran en nuestro Archivo. Ante tal colectivo, no es de extrañar salieran de este Convento multitud de Fundadoras y Reformadoras de reconocido mérito y virtud, como lo requería el santo empleo al que iban destinadas.

Fundaciones

Digna y perpetua es la gratitud de esta Provincia Franciscana de Aragón a la venerable y santísima matrona de regia estirpe Ermisenda de las Cellas, clarísimo espejo de toda virtud, que con mano generosa y corazón católico, viviendo aún la santísima Madre Clara, erigió y construyó con sus propios recursos y con los de su sobrino, el guerrero Rey Jaime I de Aragón (El Conquistador), este Monasterio zaragozano de Santa Catalina y San Damián; mejor diré, el Paraíso clarísimo virginal en el que el Cordero Celestial se apacienta gozosamente entre la suave fragancia de blancas azucenas.

En efecto, de este Monasterio salieron las venerables seráficas vírgenes Clarisas, adornadas de toda perfección, Madre Urraca Sánchez de Libranas elegida como reformadora y Abadesa del Monasterio “Illerdensi” de Santa Isabel, por decreto apostólico del Papa Inocencio IV, dado en Lión el 7 de marzo de 1246, año IV de su Pontificado. Madre Berengaria que con otras hermanas dotadas de no comunes perfecciones, fue enviada a comenzar la fundación de Santa María de Tarragona por mandato de Alejandro IV con Bula dada en Agnania el 18 de julio de este mismo año 1254.

En el año 1263 se fundó el Monasterio de Santa Clara-Santa Isabel y Santa Catalina, de la Ciudad de Huesca, pasando unos años de avatares sin cuento. Para establecer con firmeza su reforma se mandaron cuatro monjas de este mismo Monasterio a saber: Sor Margarita Gómez como Abadesa, Sor Violante Embún como Vicaria, Sor Jerónima Ferriol como tornera, y Sor Damiana de Mendoza como Maestra de Novicias; llegaron a Huesca el día 29 de octubre del año 1573.

En el año 1366 salieron para la fundación del Monasterio de Teruel la noble Leonor Cornell como Abadesa, Teresa Pérez de Martorell como Vicaria, Graciana Sánchez de Tauste como Maestra de Novicias y como Tornera Orofresa Díez de Escorón. A estas hermanas se unieron dos jóvenes aspirantes, todas procedentes de este Monasterio de Santa Catalina y San Damián de Zaragoza.

Es también digna de memoria la nobilísima, venerable y prudentísima virgen Damieta de Mendoza que junto con otras venerables hermanas seráficas, salieron de este odorífero jardín virginal el año 1496 para reformar el Monasterio de Santa María de Pedralbes en (Barcelona), en donde después de haber desempeñado el cargo de Abadesa por muchos años murió con fama y olor de santidad y con la veneración de todos. De este fragante y amenísimo jardín salió la venerable Beatriz Cerdán, en compañía de otras monjas el año 1500 siendo elegida como reformadora del Monasterio de Santa Clara de la ciudad de Pamplona en el reino de Navarra, bajo el título de Sant. Engracia. Adornada con toda clase de virtudes voló al Esposo el año 1509 en dicho Monasterio reformado.

No fueron diferente a las anteriores en virtud, las venerables Eleonor de Poma y María Samense, elegida y reelegida el año 1509 por su eximia santidad como reformadoras del mismo Monasterio de Pamplona, en el que, habiendo cumplido a la perfección su oficio regresaron el año 1538 a su Monasterio, es decir a este de Santa Catalina virgen y mártir y San Damián de Zaragoza de donde emigraron al Esposo después de haber vivido santísimamente muchos años.

Dignas de gloria para nuestro recuerdo son también las venerables vírgenes seráficas Violante caballería, Jerónima Ortal, Beatriz Fernández de Heredia, Clara Sánchez del Romeral, dotadas de igual virtud y semejantes en santidad, elegidas el año 1557 para restaurar la observancia del Monasterio zaragozano de Santa María de Altabás, de la Tercera Orden de penitencia de Nuestro Seráfico Padre San Francisco, situado en la orilla opuesta del río Ebro. Violante Caballería que presidió a la Comunidad como Ministra, fue arrancada de la tierra de los vivientes y transportada a la eterna bienaventuranza.

De este mismo Monasterio de Santa Catalina virgen y mártir y San Damián, salió la nobilísima virgen de estirpe real Ana de Aragón, nieta de Fernando el Católico de Aragón y Castilla que la sustituyó en el cargo de Ministra. Otras reformadoras posteriores habiendo cumplido con dedicación su cometido religioso en1566 regresaron a su Monasterio de procedencia, con fama y olor de santidad por su labor al frente de la Comunidad, y de aquí volaron al reino celestial.

Aún más, de este floreciente y místico paraíso seráfico, el Esposo divino cogió el año 1560 ó 1561 rosas de caridad primaveral, azucenas de cándida pureza virginal y pequeñísimas violetas de humildad de suave fragancia, para trasladadas a la ciudad de Barbastro (Huesca) erigieran allí un jardín florido a la santísima Madre Clara. Tales fueron las venerables Madres Ana Volas, como Abadesa; Petronila Caballería como Vicaria; Jerónima Ferreira y Cascón como Maestra de Novicias; Juana Bardagí y María Quitarte como novicias; y Juana Ricardo de entre las hermanas de obediencia.

Y porque algunas de las anteriormente nombradas sufrieron varias enfermedades a causa de las condiciones adversas del terreno, tuvieron que ir de este mismo Monasterio zaragozano, las venerables MM. Cándida López, Margarita Jiménez y Cándida Maurán de León, todas eminentísimas en santidad y en virtud. Así quedó plantado este místico bosque, ameno, feliz y florido.

Para le erección del Monasterio de Santa Clara de la ciudad de Borja de la diócesis de Tarazona, provincia de Zaragoza, el Señor destinó el año 1603 a las venerables MM. Sor Esperanza Ortal como Abadesa, Ana Xabar como Vicaria, Isabel Caselles como Maestra de Novicias, y Petronila Cariñena como hermana de obediencia, poseedoras de toda clase de virtudes, cuyo recuerdo hasta hoy perdura, y aunque son ya muchos años que volaron al Esposo se les venera con mucho cariño y gratitud.

Estos transplantes de místicas plantitas no agotaron todavía las entrañas maternales de este zaragozano jardín de claras azucenas, y de flores virginales seráficas; de él escogió nuevamente el Señor el año 1629 arbustos de virginal pudor y de florida fragancia para trasplantarlos a la villa de Tauste en la diócesis de Zaragoza. Tales fueron las venerables MM. María de la Mata como Abadesa, Francisca Tornamira y Soto, como Vicaria; Dorotea Domín como Maestra de Novicias; y la joven Isabel Benetan, cuyo olor de santidad hizo que otras jóvenes, con prontitud y alegría, despreciando los halagos y vanidades del mundo abrazaran la Seráfica vida de este Monasterio y lo amaran en gran manera como hijas.

Finalmente, el año 1631, ante las súplicas y los ruegos encarecidos del Ilustrísimo Señor Marqués de Osera, con el consentimiento de toda la Seráfica Provincia de Aragón, se cambió, transformó y acondicionó en monasterio de Monjas de la Regla de Santa. Clara, el Convento de retiro de los Padres de la Observancia Regular de Nuestro Padre San Francisco, que se había fundado y erigido con anterioridad al año 1631 en la villa de Gelsa de Ebro, en la diócesis de Zaragoza.

Para dar cumplimiento a este noble deseo, fueron destinadas como fundadoras monjas eminentes en santidad del monasterio zaragozano de Santa Catalina virgen y mártir y San Damián, las nobilísimas mujeres y venerables MM. Mariana Climente y Enríquez, hermana de las Fundadoras para Abadesa; Sor Bernardina Tornamira y Soto como Vicaria; Tornera y Portera Sor Magdalena de Funes; Maestra de Novicias, Sor Antonia de Sora; Sacristana y Provisora, Sor Manuela Corregel hermana de obediencia y tres jóvenes novicias hijas del Fundador, Ilustrísimo Señor Marqués de Osera. Las hermanas Vicenta y Catalina Villalpando, aunque no eran más que novicias en el monasterio zaragozano de Santa Catalina Virgen y Mártir y San Damián, habían alcanzado notable virtud.

Así pues, a este florido y virginal jardín primaveral de manojos de ramos, plantado a orillas del río Ebro para germinar maravillosamente, cantemos con metro Sidonio:

Mira cómo fructifican con vigor los retoños de las ramas y, mejor con Virgilio Puestas así: son dejadas al abrigo

Protegidas por el vallado

No ha de sorprender, pues, el que siempre se haya tenido una gran veneración, por su extraordinaria fecundidad paradisíaca, a la matriz seráfica–clariana del zaragozano monasterio de Santa Catalina virgen y mártir y San Damián que tantos y amenísimos jardines plantó alegremente para deliciosa recreación del Cordero Celestial para satisfacción divina.

Monjas ilustres

Dada la Fundación real de este Monasterio, no debe sorprendernos descubrir entre sus monjas, a mujeres de alcurnia, que pese a su linajuda estirpe, abrazaron con magnánimo corazón, las austeridades de la vida de retiro.

Hacer una lista de estas monjas ilustres que se santificaron y alcanzaron gran virtud en este monasterio de solera espiritual, sería hacernos interminables, pero para recreo de las almas de buena voluntad, en honra y alabanza de Cristo citaremos algunas.

En primer lugar como Fundadora a Dña. Ermisenda de las Cellas, tía del rey Don Jaime I el Conquistador; Ana de Aragón, nieta de Fernando el Católico de Aragón y Castilla; María Jiménez de Elson, Marquesa de Antillón; la no menos reconocida Leonor Cornell, de noble cuna; Galacia de Mur, Francisca del Castellar, Violante Álvarez, María Pastriz, Orofresa Díez de Escorón, Jordana Garcés Januas, Ilma Sra. Sor Juana de Aragón y otras muchas.

Vicisitudes

Decir que la vida de este célebre Convento estuvo sembrado de rosas, es negar que las rosas tienen espinas; como obra humana tuvo sus claro-oscuros. Rico de bienes perdió por poco tiempo su primitivo fervor, siendo reformado en el año de mil cuatrocientos noventa y siete, siendo Abadesa la Madre Noguera; y sin intervenir otras hermanas de otro Monasterio, a esta pequeña caída de fervor sucedió un levantamiento fuerte, que reintegró a todo el Monasterio a su antiguo fervor religioso y ejemplar vida. Así quedó demostrado suficientemente, cuando en el transcurso de sólo tres años, la Comunidad con ejemplar comportamiento pudo llevar sobre sí, nuevas Fundaciones y Reformas de otros monasterios, continuando así dando vida a otros nuevos por amor a la Iglesia y a la Orden.

En el correr de los tiempos, este monasterio pasó por duras pruebas, en la que nunca les faltó la asistencia divina. En el año 1523 la Comunidad (muy numerosa por cierto) sufrió una epidemia (virosis) la cual ante el avance de la enfermedad y contagio, se temió mucho por la vida de las afectadas. Es cierto que la Comunidad se esmeró en proporcionar a las enfermas cuantos remedios estaban a su alcance en el mercado sanitario.

La mayor calamidad sufrida en la historia de este Monasterio de Santa Catalina y San Damián fue la guerra de la Independencia, en 1808, cuando las tropas sitiaron Zaragoza. El día 4 de agosto fue una jornada trágica para este convento nuestro de Santa Catalina y San Damián, enclavado en un lugar muy apetecible para las tropas francesas. Entraron los franceses por el Monasterio de Santa Engracia y por su huerta. Hasta las dos de la tarde se les hizo frente y contuvo, llegando a las manos con un furor y rabia que no se puede concebir arribando a la calle del Coso. Las ruinas quedaban patentes: destrucción de casi todo el edificio, si bien la iglesia quedó en pie, aunque con graves quebrantos.

El magnífico claustro y las grandes dependencias de que nos habla la historia fueron destruidos. En la sala capitular, magnífico ejemplo del gótico-mudéjar-aragonés, con detalles islámicos esculpidos y esgrafiados y blasones como los que se conservan de la época de Don López Fernández de Luna; se hundió la bóveda y solo quedaron en pie algunos muros: Todas esta maravillas, con las capillas y retablos de que nos hablan los documentos descritos someramente en esta historia, fueron destruidos. Buen testimonio son los magníficos grabados de Gálvez y Brambila hechos tras el primero y segundo Sitios, donde se patentiza la magnitud de la ruina.

Mis sufridas hermanas se refugiaron en la Santa Capilla, junto al Pilar de sus amores. Allí, 17 de ellas, debido a sus achaques, miedo e impresiones, encontraron la muerte. Es cierto, como consta en las Anales de la Comunidad, que en este momento la formaban 120 monjas, pero el número no aminora en nada el dolor por la muerte de estas queridas hermanas. Con satisfacción, hacemos una relación exacta de estas heroicas monjas:

Rvda. M. Abadesa, Sor María Abadal
Sor Ignacia Mª Junqueras
Sor Mª Tomasa Favares
Sor Mª Martina Sánchez
Sor Mª Joaquina Pardillos
Sor Mª Manuela Patán
Sor Mª Joaquina Sanz
Sor Mª Bernardina Vincuaina
Sor Mª Micaela Blabe
Sor Mª Joaquina Conesa
Sor Mª Mariana Martínez
Sor Mª Ignacia González
Sor Mª Joaquina Lafuente
Sor Mª Catalina Mur
Sor Mª Manuela Banasona
Sor Mª Ventura Pinedo
Sor Mª Gregoria Borraz

Todas estas Hermanas recibieron sepultura quedando enterradas debajo del altar mayor de la iglesia, donde, se dice, hay un fondo totalmente transitable, como si fuera otra iglesia. Por motivo de esta Guerra, toda la Comunidad de Tauste fue acogida en este Monasterio con especial cariño, por ser convento “filial” de esta Casa. También en el año 1928 por razones económicas muy serias, dos hermanas estuvieron aquí acogidas por espacio de tres años.

En el angustioso lance de la pasada Guerra Civil (1936-1939) este Monasterio de Santa Catalina, dio fraternal acogida a toda la Comunidad de Clarisas de Teruel (no en vano con gran amor este Convento es también fundación de este Monasterio). Las 20 monjas turolenses permanecieron aquí con alegría y entusiasmo todo el tiempo que duró la contienda. Como nota bonita, fraterna y hasta patriótica, no podemos dejar de reseñar que al estar conviviendo dos comunidades y formar un colectivo muy numeroso, se dedicaron con toda ilusión a confeccionar prendas de vestir para hospitales y roperos militares. Capitanía General se vio tan agradecida a este desinteresado servicio y trabajo por la Patria, que al final de la contienda les concedió la MEDALLA de mérito por la Guerra.