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Clarisas en la corona de Aragón

El domingo de ramos de 1212, Clara Favarone tomaba el hábito y hacía la profesión de manos de San Francisco de Asís, quien le encomendó la tarea de vivir el ideal franciscano dentro de los marcos de la vida contemplativa en el monasterio de San Damián, que él mismo había reconstruido. Las "damianitas" se extendieron con inusitada rapidez por Italia y el resto de Europa y a la muerte de la santa en 1253 se contabilizaban más de cien monasterios con alrededor de 3.000 monjas).

En España, el primer monasterio de damianitas fue el de Santa Engracia de Pamplona y pronto la Península se convirtió en el principal centro fundador de Damas Pobres tras Italia. Los territorios cristianos orientales no tardaron en incorporarse a la nueva corriente espiritual femenina y, en 1234, ya había conventos en Barcelona y Zaragoza; en los años 50, una vez conquistada Valencia, se fundó en la capital del Turia y en Mallorca. Durante el siglo XIV y XV se completó la red fundamental de monasterios clarianos; en total se fundaron 12 conventos en el siglo XIII, 11 en el s. XIV, 7 en el s. XV y otros tantos en el s. XVI. Por provincias franciscanas dentro de los límites de la Corona aragonesa, la distribución de las comunidades religiosas fue la siguiente: 8 en Aragón, 14 en Cataluña. 10 en Valencia, 3 en Mallorca y 2 en la Provincia de Cartagena.

Antes de pasar a analizar la situación clariana que en el siglo XV hizo inevitable la reforma, vamos a exponer la relación completa de los conventos, según los datos aportados por Manuel de Castro.

CONVENTO LOCALIDAD AÑO PROV. FRANC
S. Antonio Barcelona 1234 Cataluña
Sta. Catalina Zaragoza 1234 Aragón
Sta. Inés Calatayud 1240 Aragón
Sta. Inés Tarazona 1240 Aragón
Sta. Clara   Lérida    1241 Cataluña
Sta. Mª Magdalena   Tarragona 1248 Cataluña
La Puridad Valencia 1250 Valencia
Sta. Clara Palma Mallorca 1256 Mallorca
Sta. Clara Castellón de Ampurias 1260 Cataluña
Sta. Clara Tortosa 1267 Cataluña
Sta. Clara Ciudadela 1285 Mallorca
Ntra. Sra. de la Sierra Montblanch 1298 Cataluña
Sta. Clara Villafranca del Penedés 1308 Cataluña
Sta. Clara Gerona 1319 Cataluña
Sta. Clara Manresa 1322 Cataluña
Asunción Pedralbes (Barcelona) 1326 Aragón
Sta. Clara Játiva 1326 Valencia
Sta. Clara Cervera 1344 Cataluña
Sto. Cristo Balaguer (Lérida) 1347 Aragón
Sta. Clara Puigcerdá 1360 Cataluña
Santa Clara Teruel 1366 Aragón
Sta. Clara Tárrega 1369 Cataluña
Sta. Clara Vich 1383 Cataluña
Sta. Clara  Gandía 1428-57 Valencia
La Trinidad Valencia 1445 Valencia
Sta. Mª Magdalena Inca 1491 Mallorca
San Juan de la Penitencia Orihuela 1493 Cartagena-Murcia
Ntra. Sra. de Jerusalén Valencia 1496 Valencia
Ntra. Sra. de Jerusalén Zaragoza 1496 Aragón
Encarnación Elche 1517 Valencia
Sta. Faz Alicante 1518 Valencia
Purísima Concepción Castellón de la Plana 1540 Valencia
Sta. Isabel Barcelona 1564 Cataluña
Sta.Isabel Oliva 1564 Valencia
Purísima Concepción Onda 1572 Valencia
Sta. Clara Alcañiz 1591 Aragón

Las reformas de las clarisas de la Corona de Aragón

Tras el fulgor de la primera expansión clariana, el siglo XIV deja sentir sus críticas características en esta orden femenina. Lo cierto es que su época fundacional tampoco fue nada tranquila, pero los problemas económicos, demográficos y sociales del Trescientos acentuaron la decadencia y condujeron a las monjas a un estado similar al de la orden masculina. Muestra de lo dicho es la casi total traslación de los monasterios de la I a la II Regla, favorecida por el propio cardenal protector franciscano.

A comienzos del siglo XV la situación era caótica; la clausura se incumplía con asiduidad, los conventos contaban con un excesivo número de religiosas que no podían sostenerse, muchos administradores defraudaban sus haciendas, las abadesas se mantenían durante años en el cargo, contraviniendo la Regla y creando un ambiente hostil en el claustro, etc. La lista de faltas podría alargarse y tanto los frailes como las religiosas se daban cuenta de la necesidad de reformar las comunidades.

Así pues, la reforma de la vida clariana provino de dos acciones: primeramente la Observancia, encabezada por los Frailes Menores y que iba poco a poco ganando camino a la conventualidad y que, como hemos visto, produjo sustanciales cambios en la familia franciscana. En segundo lugar, la propia acción reformista de las religiosas. En el espíritu renovador del siglo XV apareció la figura de Santa Coleta de Corbie (1381-1447) sin la cual es imposible realizar una exposición de la reforma clariana, tanto en Europa como en el más concreto espacio de la corona aragonesa. Santa Coleta renovó la vida clariana imponiendo la 1 Regla con todo el rigor de la pobreza y colocando a las comunidades de coletinas bajo la jurisdicción de Ministro General de la Orden, en estos momentos un conventual.

En el caso español la reforma se debió, sobre todo, al ambiente general de renovación, más que a una acción directa de los frailes sobre las monjas. Hasta la llegada de Cisneros y su proyecto de reforma clariana, los focos renovadores fueron exclusivamente femeninos: Santa Clara de Gandía, el primer monasterio de coletinas o "descalzas" como se las denominó en la península, y Santa Isabel de los Ángeles de Córdoba, foco de la reforma observante bajo la 1ª Regla, curiosamente también denominadas descalzas, pero que no deben confundirse con las anteriores. Por lo que respecta a la acción de los frailes, estuvo vinculada al particular régimen de Santa Clara de Tordesillas, cuyos monasterios se consideraban reformados desde el punto de vista religioso, pero no jurídicamente, pues no obedecían ni a observantes ni a conventuales, sino a un visitador perpetuo propio.

La reforma en los reinos orientales de la península se inició de manos de las coletinas. En 1457 se fundó en Gandía el primer convento de coletinas o descalzas con monjas procedentes del monasterio francés de Leziñán. Aunque existen varias versiones sobre el origen de esta comunidad, lo cierto es que este claustro es el germen de la expansión de una de las ramas con mayor prestigio espiritual en la España moderna.

El rigor en la pobreza, ayuno y vida religiosa eran las características principales de este convento, que obedecía las Constituciones coletinas aprobadas en 1458. No obstante, pronto tuvo problemas, pues al depender jurídicamente de los conventuales y estar éstos en proceso de desaparición en España, fue difícil conseguir un confesor que las asistiera espiritualmente. Las monjas solicitaron ayuda al papa, que en 1479 concedió una bula por la que los observantes estaban obligados a asistirlas sin que tuvieran que abandonar la jurisdicción conventual. Por otro lado, la estrecha relación que pronto se estableció entre la familia de los Borja, duques de Gandía, y la comunidad, llevó a más de un abuso por parte de algunas de las mujeres de la familia ducal que profesaron en Santa Clara, a pesar de la fama heatísima con que son retratadas por algunos autores. Pero lo que en este caso interesa es conocer la labor reformista llevada a cabo desde Gandía como centro de las clarisas coletinas. En tan sólo cincuenta años, las monjas valencianas fueron las responsables de la fundación o reforma de cuatro monasterios: Gerona, Setúbal (Portugal), Valencia y Castellón de Ampurias. La expansión descalza desde Gandía no se centró sólo en los territorios de la Corona de Aragón, aunque en éstos fue mayoritaria, sino que llegó hasta Castilla y la mismísima Corte. Igualmente, Santa Clara de Gandía fue la responsable indirecta de la fundación o reforma de otros conventos, por así decirlo, "nietos" de las religiosas valencianas. Para comprender la importancia que este claustro tuvo en la reforma de las clarisas, vamos a resumir brevemente un cuadro cronológico de los monasterios reformados durante los siglos XV y XVI directa o indirectamente por Gandía.

Santa Clara de Gandía fue la responsable de la fundación o reforma de los siguientes conventos:

  1. Purísima Concepción de Gerona (1488); de aquí salieron monjas para fundar Santa Clara de Perpiñán (1500). En 1568 se fundó Santa Isabel de Barcelona, que a su vez fue responsable de la fundación de Ntra. Sra. de la Sierra de Montblanch, en 1594.
  2. Nombre de Jesús de Setúbal (1496). De él salieron monjas para fundar en Lisboa, y desde aquí a Valladolid en 1550.
  3. Nuestra Sra. de Jerusalén de Valencia (1497).
  4. Sta. Clara de Castellón de Ampurias (1505); este claustro fue el encargado de fundar en Tarragona en 1578.
  5. Sta. Faz de Alicante (1518).
  6. Casa de la Reina de Logroño (1555): este es el origen del monasterio de Valladolid (1557) que finalmente se trasladó a Madrid con el famosísimo nombre de Las Descalzas Reales (1559), que fue el germen de numerosas fundaciones en el siglo XVII.

El prestigio religioso de la rama coletina, contribuyó a su rápida expansión, apoyada por la nobleza y la monarquía, y los únicos problemas que pudieron surgir fueron jurisdiccionales, a raíz de la extinción del conventualismo en España. La obediencia que las Descalzas debían al Ministro General de la Orden, conventual hasta 1517, provocó varios conflictos, como hemos visto en el caso de las religiosas de Gandía, y como veremos más adelante cuando analicemos las relaciones observantes-conventuales en la Corona de Aragón.

Las Descalzas fueron un ejemplo claro de reforma femenina desde dentro, mientras que la Observancia (al margen de los monasterios descalzos andaluces) fue un movimiento propiamente masculino que se impuso a las religiosas desde el siglo XV. En el caso de la corona aragonesa, la historia es muy diferente a la castellana, al menos para los conventos franciscanos masculinos, puesto que el conventual¡smo estaba mucho más arraigado y contaba con el apoyo de las oligarquías locales. La Observancia, no sólo supuso la reforma y fundación de nuevos claustros cuyo objetivo era volver al primitivo espíritu franciscano, sino que acabó convirtiéndose en una pugna con los conventuales por controlar el gobierno general de la orden.

Si para el caso masculino la Observancia en los territorios aragoneses tardó en imponerse tanto religiosa como jurídicamente, algo similar ocurrió con los conventos de clarisas. La reforma atravesó tres períodos claves que vamos a resumir brevemente: la época de los Reyes Católicos, encabezada por la acción de Cisneros y las primeras visitas reformistas a las clarisas del reino de Aragón; el reinado de Carlos V, en el que se consiguieron pocos avances; y finalmente, la reforma por decreto realizada por Felipe II.

Los primeros intentos de reforma fueron ordenados por Benedicto XII en 1336, y se caracterizaban por los principios de austeridad y pobreza personal en los conventos de urbanistas; estas disposiciones pontificias no tuvieron buena acogida en Aragón, donde las religiosas estaban acostumbradas a una vida más relajada en mayor contacto con sus familias nobles. Aunque las medidas no se derogaron, lo cierto es que no tuvieron el efecto deseado, y a lo largo del siglo XV la mundanidad, el acaparamiento de riquezas, la inobservancia de la clausura y otros defectos fueron acentuándose, como ya se ha señalado. Al margen del éxito obtenido por el movimiento coletino, habrá que esperar al reinado de los Reyes Católicos para obtener resultados visibles en las comunidades clarianas.

Isabel y Fernando, solicitaron a Alejandro VI, en 1493, plenos poderes para nombrar reformadores que visitasen los monasterios de monjas de sus reinos. Detrás de esta política se hallaba la mano de Cisneros, un franciscano cuyo objetivo era restaurar la Observancia religiosa, no sólo entre los miembros de su misma Orden, sino en todas las demás órdenes religiosas, y a través de ella imponer la observancia jurídica.

 En 1496 fueron nombrados Sancho de Aceves, Martín García y Fray Alfonso de Guadalajara, para la reformas de Aragón, mientras que Antonio de Rosas, Juan Francisco de Avingó y Fray Pedro Bañols, fueron los visitadores para Valencia.

La reforma más importante tuvo lugar en Cataluña, donde se produjeron además los conflictos más significativos. El objetivo de Daza y Fenals era imponer la clausura, suprimir los abusos de riqueza o de poder de la abadesa, y finalmente intentar sujetar a los conventos a la obediencia observante. Al finalizar cada visita, realizaban una serie de ordenaciones que acabaron desembocando en la redacción de unas constituciones para todos los conventos catalanes, en las que, aunque se respetaba la segunda regla (mayoritaria en estos conventos) , se hacía hincapié en los mismos principios característicos de las constituciones coletinas. Los cuatro apartados básicos de estas ordenaciones y constituciones fueron la clausura, la vida en común, el respeto a los votos y la regla y el cumplimiento de la vida espiritual (oficio, oración y sacramentos).

En Valencia, las visitas apenas tuvieron problemas que resolver, puesto que el espíritu coletino ya había dado sus frutos, mientras que en Aragón se vivieron algunas situaciones conflictivas, propiciadas por el apoyo de los concejos al conventualismo, como en el caso de Zaragoza.

A pesar del camino andado por sus abuelos, Carlos V tenía que acabar con el conventualismo en la Corona de Aragón, pues en Castilla la labor de Isabel había dado mayores frutos y la Observancia era plenamente mayoritaria.

En 1565 se promulgó el decreto tridentino cuyos postulados básicos versaban sobre la clausura, desatendiendo algunos abusos seculares como la falta de pobreza o la existencia de cámaras personales en los conventos. Un año más tarde, en 1566, se daban las órdenes para la extinción del conventualismo mendicante en España, objetivo largamente perseguido por Felipe II y que fue acogido favorablemente por Pío V. El pontífice extendió dos breves que decretaban la reforma de las casas claustrales: el breve Maxime cuperemus, que ordenaba la reforma y las visitas que debía realizar el obispo diocesano y los superiores observantes de cada orden, y el breve Cum gravissimis de causis, que nos interesa especialmente, pues preceptuaba la reforma de las monjas claustrales de la orden franciscana que se hallaban enclavadas mayoritariamente en los territorios aragoneses.

En 1567 se pusieron en efecto estos dos breves en los reinos orientales; el obispo y el provincial observante se encargaron de visitar los monasterios que aún no había aceptado la observancia franciscana. La extinción conventual se llevó a buen ritmo en Aragón y Valencia, incorporando los monasterios por decreto. Todas las clarisas quedaron bajo la obediencia de los frailes menores.

De esta forma llegamos al siglo XVII con una comunidad clariana absolutamente reformada y gozando en la Corona de Aragón, al igual que en el resto de España, de una de las mejores famas espirituales entre la clausura femenina. Las clarisas aragonesas, valencianas y mallorquinas fueron buen ejemplo de la importancia cualitativa y cuantitativa que esta orden, tanto en su I como II Regla, tuvo en la Edad Moderna. En el Seiscientos, la labor reformista continuaría con visitas trienales a cada monasterio que vigilaban el cumplimiento de las disposiciones tridentinas y, sobre todo, concluyó con la elaboración de unas nuevas constituciones para todas las religiosas franciscanas (de la I y II Regla, Concepcionistas, Recoletas y Terciarias), que constituyen el punto culminante de un proceso reformista que se remonta a finales del siglo XIV y que tendría en el período contrarreformista del Barroco su mayor desarrollo.

Notas sacadas de un artículo de Dª Carmen Soriano Triguero