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Carta del Hno Artemio Vítores

Vicario de la Custodia de Tierra Santa con motivo de la inauguración de la Sede de la Comisaría de Tierra Santa de Valencia

Jerusalén, 8 de Diciembre de 2009

R.P. José Antonio Jordá
Ministro Provincial
Provincia Franciscana de San José de Valencia, Aragón y Baleares
C/ Pintor Salvador Abril, 16
46005 VALENCIA

Queridos Padre Provincial y amigos de Tierra Santa de Valencia: ¡El Señor os de Su Paz!

            Dadas mis muchas ocupaciones, no me ha sido posible estar con vosotros el 14 de Diciembre para participar en la oficina de la Comisaría de Tierra Santa, y animar el proyecto de peregrinaciones a Tierra Santa. Aunque ausente, estoy con vosotros con mi recuerdo, mi cariño y mi oración ante el Señor. Y me hago presente con estas breves reflexiones sobre la peregrinación a Jerusalén.

            El Cristianismo, lo sabemos, está fundado en una revelación histórica, y junto a la “historia de la salvación” existe una “geografía de la salvación”. Es Tierra Santa:“Tierra donde un tiempo vivieron nuestros padres en la fe; tierra en la que resonó la voz de los profetas, que hablaron en nombre del Dios, de Abraham, de Isaac y de Jacob; finalmente y sobre todo, tierra que la presencia de Jesús ha hecho bendita y sagrada para los cristianos y, podemos decir, para todo el género humano”, dice Pablo VI. Es la “Tierra de Jesús” y la “Tierra de María”, y por eso es “patrimonio espiritual de los cristianos de todo el mundo, los cuales anhelan visitarla en pía peregrinación, al menos una vez durante su vida”.

         Jerusalén, para un cristiano, es el corazón de Tierra Santa, la síntesis de la acción de Dios en favor de los hombres. Lo dice con palabras emocionadas Juan Pablo II: “¡Cuántos recuerdos, cuántas imágenes, cuánta pasión y qué gran misterio envuelve esta palabra: Jerusalén! La predicación, la pasión y la resurrección de Jesús, la última Cena, el don del Espíritu a la Iglesia, todas las piedras basilares de nuestra fe están colocadas para siempre sobre las colinas luminosas de la Ciudad Santa... En verdad, ¡es una ciudad única en el mundo!”.  Todos, como Jesús, queremos subir a Jerusalén. Es un camino difícil, pero hay que decidirse: Jesús, “estando para cumplirse los días de su elevación, tomó la decisión irrevocable de subir a Jerusalén” (Lc 9,51).

         El centro de Jerusalén es el Santo Sepulcro: en este lugar se manifiesta de un modo especial la presencia salvadora de Dios, su amor por todos los hombres; es el Santuario “más precioso que existe en el mundo para el corazón del cristiano”, decía Pablo VI. De hecho, la pasión, muerte y resurrección de Cristo es el misterio central del cristianismo y lo que da sentido a nuestra vida. La liturgia celebra estos tres momentos en tres días diversos: Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Resurrección. La primitiva comunidad de Jerusalén los conmemoró en tres lugares distintos: el Calvario, lugar de la pasión y respuesta al problema del dolor humano; la Gruta de Adán, lugar que recuerda el descenso de Cristo al reino de los muertos y el significado de nuestra muerte como separación y sufrimiento; el Sepulcro Vacío, lugar de la victoria de Cristo sobre la muerte y signo tangible de la esperanza cristiana. En cualquier otro lugar del mundo la Liturgia dice: “Hoy ha resucitado Cristo”; sólo en Jerusalén podemos decir: “resucitó Cristo de este Sepulcro” o “en este Calvario Cristo fue crucificado”. 

            Al llegar a la Ciudad Santa el peregrino repite las palabras del salmista “que alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor” (Salmo 122,1), mientras camina hacia “la Tumba de Cristo”. Pero no todo es tan fácil. Sólo si el peregrino se arrodilla ante la Tumba Vacía, dejando a un lado todo lo que le rodea, alcanzará a oír interiormente el eco de las palabras del ángel a las mujeres: “¡No está aquí! ¡Ha resucitado! Venid a ver el lugar donde lo colocaron”. Es lo que han hecho siempre los peregrinos. Es lo que hizo San Francisco. Siguiendo el ejemplo de su Padre, los franciscanos, durante casi ocho siglos, han muerto y han sufrido lo indecible para recuperar los Santos Lugares y hacerlos accesibles a los peregrinos de todo el mundo. Como ellos, tantos hombres y mujeres han decidido vivir y morir en Jerusalén para continuar saciando su sed de Dios. Juan Pablo II, en su peregrinación a Tierra Santa en el año 2000, se sentía lleno de alegría por haber cumplido el gran deseo de llevar a cabo su viaje a los lugares de la salvación, siguiendo las huellas de los innumerables peregrinos que le han precedido. “Ha sido – decía el Papa - como un retornar a los orígenes, a las raíces de la fe y de la iglesia”. 

Los Hnos Rafael Colomer y José Antonio Jordá con el Hno Artemio Vítores, Vicario de la Custodia de Tierra Santa en su pasado de viaje a Tierra Santa

         Para encontrar a Cristo en Tierra Santa son necesarias algunas actitudes. Ante todo, el deseo de conversión, de cambiar vida. El peregrino viene además a Jerusalén en actitud orante. Getsemaní será “el lugar especial de la oración”, quizás una plegaria intensa, difícil, como fue la de Jesús: “Sumido en angustia, insistía más en su oración” (Lc 22,44). La experiencia fundamental del peregrino debe ser la de escuchar la Palabra de Dios. Aquí el peregrino se encuentra en una situación privilegiada para escuchar la Palabra de Dios, en los Lugares en que ha resonado: ellos son “la escuela donde se es iniciado a comprender la vida de Jesús, es decir la escuela del Evangelio”, decía Pablo VI. En Tierra Santa el Evangelio suena de otra manera. Tierra Santa es y seguirá siendo, según la expresión de Renan, el “Quinto Evangelio”. Al regresar a su patria y a su familia el peregrino se torna evangelizador, portador del “Evangelio de Tierra Santa”, “heraldo itinerante de Cristo”. Y repetirá con Pedro y Juan: “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hech 4,20). 

En Tierra Santa el peregrino encuentra a Cristo vivo en la Eucaristía Si la Biblia es por excelencia el libro del peregrino, la “Eucaristía es el pan que lo sustenta en el camino”. Por eso el Cenáculo será el lugar donde se debe regresar, como decía Juan Pablo II “para celebrar la Eucaristía… Aquí el Señor Jesús instituyó el sacerdocio ministerial… En este santo lugar promulgó el mandamiento nuevo del amor…”. Y, sin embargo, el Cenáculo está prácticamente prohibido a los cristianos. En efecto, en 1551, los turcos expulsan a los franciscanos del Monte Sión y el Cenáculo se convierte en una mezquita, sin que se permita a los hijos de San Francisco y a los demás cristianos ninguna celebración eucarística.

Última actitud, y muy importante, es encontrar a  Cristo en los hermanos Como los discípulos de Emaús reciben el don de ver a Cristo resucitado gracias también a su insistencia caritativa: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha reclinado” Y entró a quedarse con ellos” (Lc 24,28-29), la peregrinación tendrá sus frutos si está animada por la caridad. La caridad hay que ponerla en práctica durante el camino de la peregrinación, socorriendo a los necesitados, compartiendo con los demás el alimento, el tiempo y las esperanzas.

La caridad se manifiesta también en las ofertas para los pobres, en las ayudas a los peregrinos enfermos. Con estas actitudes puede el peregrino encontrar a Cristo en Tierra Santa, en especial en Jerusalén. Esta es la razón de una peregrinación a Tierra Santa; es éste el sueño de todo cristiano. Sólo así podrá volver a las raíces de la vida cristiana.

         Os deseo a todos un feliz Adviento. ¡Os espero en Jerusalén!  Os tengo muy presentes en el Portal de Belén y en la Tumba Vacía de Cristo en Jerusalén.
Un afectuoso saludo en Cristo y en la Virgen Madre

Fr. Artemio Vítores, ofm
Vicario de la Custodia de Tierra Santa