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Termina el Capítulo General |
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Asís, 20 de junio de 2009 Mover los corazones y los pies para ir hasta los confines de la tierra Esta mañana, sábado día 20 de junio, en la Basílica de la Porciúncula, en S. María de los Ángeles – Asís (PG), con la Solemne Celebración Eucarística de las 11 h. de la mañana, se ha concluido el 187º Capítulo General de los Frailes Menores. En la homilía, Fr. José Rodríguez Carballo, reelegido Ministro general de la Orden, ha hecho memoria, una vez más, de los 800 años del movimiento franciscano. Ha subrayado cómo la diversidad de lengua y cultura, que desde siempre lo caracteriza, ha representado, también en esta experiencia capitular, una riqueza para comprender en profundidad la voluntad de Dios. Como en el primer Pentecostés cristiano y en los primeros Capítulos de la Orden (en particular en el gran Capítulo de las Esteras del 1221) el Espíritu ha animado la reflexión sobre todo aquello que afecta la vida y la misión de los Hermanos. Un elemento esencial para actualizar hoy las iniciativas pastorales y misioneras de los frailes será la atención, para “conocer bien el corazón de los hombres a los cuales nos dirigimos, de su modo de pensar y de situarse”, solo así se podrá continuar siendo “los frailes del pueblo”. Junto a esto “También es necesario estar bien preparados intelectualmente, para una lectura atenta de los signos de los tiempos y de los lugares, y poder, de este modo, dar una respuesta evangélica a todos ellos”.
Eucaristía final del capítulo El mundo tiene derecho a esperar que los frailes sean instrumentos de reconciliación y de paz, solidarios con los más pobres, atentos a la salvaguarda de la creación, “que fomentan el diálogo entre las culturas, las generaciones, las religiones, las corrientes de pensamiento, a fin de propiciar el conocimiento y el reconocimiento mutuos y la búsqueda de caminos comunes para instaurar un mundo hermanado en las ricas y sanas diferencias”. En las cuatro semanas de trabajo (iniciado el pasado 24 de mayo), los 152 delegados, representantes de cerca de 15.000 frailes presentes en el mundo, han examinado el estado de la Orden y han trazado juntos el camino de los próximos seis años. El documento final, titulado “Portadores del don del Evangelio”, ilustra algunas formas con las que en nuestro mundo, tan diverso de aquel de la época de san Francisco, los Frailes Menores quieren anunciar el Evangelio. La misión – se afirma en él – adviene entre los hombres de hoy, poniendo en en el centro a los otros y no a sí mismos, con una actitud de simpatía por el mundo, buscando comprender y hacerse comprensibles a cada pueblo y cultura. Tal compromiso asume frecuentemente la forma de salir a otros países, vivir entre los hombres de otras lenguas y culturas y hacer presente a todos el don del Evangelio. La evangelización asume de esta forma una espiritualidad atenta a los valores de la justicia, la paz, la integridad de la creación y hace de los hermanos puentes de diálogo, de encuentro, de reconciliación. De las más de 100 propuestas aprobadas, alrededor de la mitad, ha tenido que ver con la revisión de las leyes internas de la Orden (los Estatutos generales). La otra parte ha orientado el camino a recorrer por una renovada formación personal y comunitaria de los frailes, que tenga presente los tiempo actuales, de cara a un compromiso misionero y social capaz de comprender las problemáticas del hombre de hoy. Se han añadido o reforzado algunos proyectos misioneros en diversas áreas del Planeta, a realizarse entre el 2009 y el 2015. Muy fuerte ha sido el compromiso por los temas de la justicia, la paz y la ecología (cf. Mensaje al G8 del 12 de junio). Portadores del don del EvangelioSÍNTESIS DEL DOCUMENTO FINAL23 jun 09. El documento final retoma y propone a todos los hermanos de la Orden los temas principales debatidos por este Capítulo general, dedicado a la evangelización. Se trata de un texto breve – ¡Francisco exhortaba a usar brevedad de sermón! – que inserta el tema de la evangelización en la lógica del don: un don recibido del Señor (el Evangelio) que Francisco y los suyos quieren restituir al mundo, como el don más importante. Por ello, la primera parte del texto, titulado El don del Evangelio, ilustra la manera en que Francisco descubrió y acogió el don del Evangelio, que se encuentra en el origen del nacimiento de la Fraternidad. Cuando los primeros dos compañeros de Francisco le preguntaron qué cosa debían de hacer para vivir con él, Francisco les respondió: “Pidámosle consejo a Cristo” y junto con ellos entró en la iglesia para abrir por tres veces el libro del Evangelio. De esta escucha de la voz del Señor nace el nuevo vínculo en el Espíritu que es la Fraternidad. Aquél grupo de creyentes inmediatamente dan testimonio y anuncian a aquel que vive: y como viven el Evangelio, se convirtieron en anunciadores y heraldos del Evangelio, con gran creatividad y fantasía, encontrando formas nuevas para llevar la buena noticia a todo hombre. La segunda parte del documento, titulada Restituyamos el don del Evangelio, se esbozan algunas formas en que hoy, en un mundo tan diferente del de san Francisco, los Hermanos Menores desean anunciar el Evangelio. Es la buena noticia de un Dios que es Padre y que nos ama, y nos ama tanto que nos ha dado a su propio Hijo Jesús y permite un encuentro viviente con él mediante la fuerza del Espíritu: una presencia que para nosotros es fuerza de vida y de salvación. La misión de los Hermanos Menores acontece entre los hombres y las mujeres de hoy, poniendo al centro a los otros y no a sí mismos, en una actitud de simpatía por el mundo, tratando de comprender y hacerse comprensibles a cada pueblo y a cada cultura. Tal misión asume frecuentemente la forma partir para otros países, para vivir entre hombres de otras lenguas y culturas y hacerles presentes a todos, el don del Evangelio. Se trata, por tanto, de habituarse a “habitar las fronteras”, en un mundo que por una parte derriba y por el otro construye confines y barreras; los Hermanos Menores quieren hacer “porosas” las fronteras demasiado impermeables para hacer posible la comunicación y la comunión en el mundo de hoy. En esta tarea, es necesario asumir una actitud de compartir nuestra misión con los laicos, con los hombres y las mujeres cristianas de nuestro tiempo, que tienen el derecho y el deber de anunciar el Evangelio, porque esta tarea pertenece a toda la Iglesia, y no sólo a algunos. Esto implica el alejarse de un cierto clericalismo, que piensa que la evangelización está reservada a los sacerdotes. La Orden franciscana, que está formada por hermanos sacerdotes y hermanos laicos, que pertenecen de la misma manera a la Fraternidad, puede ayudar en este camino de toda la Iglesia; los mismos Hermanos Menores deben hacer progresos en este sentido. Para poder realizar todo lo que se ha dicho hasta aquí, se requiere de un proyecto fraterno de vida y misión, en donde la evangelización se armonice con las diversas dimensiones de la vida de los Hermanos Menores, desde el espíritu de oración hasta la minoridad, desde la vida fraterna hasta la formación. En esta perspectiva, la evangelización se presenta como el horizonte de todo el camino del Hermano Menor. La evangelización asume de esta manera, una espiritualidad vigilante a los valores de la justicia, paz, integridad de la creación, hace a los hermanos puentes de diálogo, de encuentro, de reconciliación, y guías para tomar decisiones concretas de reestructuración de las presencias que nos harán más sencillos y vulnerables, pero también más proféticos y, desde luego, más “menores” La conclusión, después de un amplio agradecimiento a Dios por el testimonio de numerosos hermanos y hermanas, propone una sugestiva imagen que narra la Vigilia de Pentecostés vivenciada esta año por los Capitulares. En la plaza frente a la Porciúncula se encendió una gran hoguera, con una flama tomada del cirio pascual, símbolo del Resucitado. La imagen del fuego, símbolo del Espíritu, es ofrecida a los frailes como una invitación a liberar las propias potencialidades, a dejarse incendiar por el fuego de la Pascua en la cotidianidad de la vida, en la fidelidad a la intuición de Francisco que quería que el Capítulo fuera celebrado en Pentecostés. Así como se hizo.
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