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Vacaciones misioneras |
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Este escrito quiere ser un resumen apretado de lo que ha sido dos meses de servicio pastoral al Vicariato Apostólico de Requena (Perú). Su obispo, el hermano Juan Oliver, el año pasado lanzó la idea de que alguien pudiese ir a realizar una gira misional por los distintos poblados de alguna de las parroquias. Esa propuesta se fue concretando a lo largo del curso hasta llegar finales de junio, fecha en la que había que partir para Perú. Un servidor viajó con los voluntarios de Hesed-Perú y, tras unos días en Requena y Jenaro Herrera, llegaron los seminaristas de Valencia, Virgilio, Jose y Dani. Juntos iniciamos un recorrido en la lancha que tiene el Vicariato para estas ocasiones, por los poblados de la parte norte de la parroquia de Jenaro Herrera. Sabíamos que eran días de mucha convivencia entre nosotros y con Romel y Fernando, personas que nos acompañaban en la lancha, y sabíamos que íbamos un poco a la aventura, sin saber muy bien con qué nos encontraríamos y cómo se llevaría a cabo nuestra labor. Considerand o las indicaciones de Juan Oliver y de Antonio Soriano (párroco) y tirando de imaginación nos proporcionamos un esquema a través del cual desarrollar en cada uno de los poblados la misión de animar a las comunidades. Realizamos visitas a las familias, de manera especial a las más pobres y con enfermos, jugamos con los niños llevando a cabo diversas dinámicas, organizamos una asamblea con los miembros de la comunidad católica, y culminamos la visita con la celebración de la eucaristía.
Visita a una familia Lo que nos encontramos fue diverso según poblados: unos estaban más organizados, otros con más carencias. Se daba la circunstancia de que el río había crecido más de la cuenta para lo que eran esas fechas y la cosecha de plátano, yuca, etc. se les había perdido, quedando sin víveres. Además de esta situación preocupante, muchos de ellos expresaban su inquietud por formarse, necesitando para ello de materiales pastorales tales como biblias, catecismos…; y muchos de ellos agradecían la visita, ya que se sentían acompañados por el párroco y el vicariato en nuestras personas. Fueron en total dos semanas completas. Cada día visitábamos un pueblo a excepción de Sapuena y Bagazán donde estuvimos dos días. Fue un privilegio poder compartir con toda la gente del Ucayali aquellos días de fe, de problemas, de retos, de proyectos. Un problema serio, como muestra para el lector, es la propia desaparición del poblado debido a la erosión que produce el río sobre la ribera.
Grupo de niños a la salida de una reunión Creo que formamos un buen equipo misionero, nos coordinamos bien, y trabajamos con mucha ilusión. La experiencia de la lancha, lugar en el que comíamos y dormíamos fue también muy enriquecedora: nos pudimos conocer y compartir mucho de lo que somos. Esta gira concluía en un poblado llamado Mariscal Castilla, justo en la confluencia del río Marañón con el Ucayali, que da lugar a la formación del Amazonas. La vista de aquel lugar era realmente fascinante. De regreso a Jenaro y a Requena, y tras presentar al párroco y al obispo nuestras impresiones de la gira, nos preparamos para otra misión. En este caso había que dividirse en grupos de dos, de modo que Jose y Dani marcharon con Fr. Antonio a Jenaro Herrera a acompañarle y trabajar con él, y Virgilio y un servidor fuimos a Santa Elena, pueblo que se sitúa a siete horas en deslizador por el río Tapiche. Nuestra misión en Santa Elena era ponernos al servicio del hermano Héctor, misionero laico que anima la parroquia, para realizar diversos sacramentos. Comenzamos por la parte superior del Tapiche, visitando seis poblados. Esta vez viajamos en un deslizador, comíamos allí donde nos dejaban una cocina y dormíamos en los lugares que los habitantes del poblado nos facilitaban. Navegar por el río era fascinante, aunque el deslizador fuese algo incómodo por la gran cantidad de horas que había que permanecer sentando sin apenas poderse mover. En esta ocasión nuestra misión no fue tanto la animación cuanto bautizar los niños que desde hace cuatro años no se habían bautizado. El hermano Héctor convocaba a la gente y tomaba nota de los bautizandos, padres y padrinos; Virgilio enseñaba y ensayaba unos cantos para animar la celebración; y un servidor ejecutaba el sacramento.
Primera comunión La realidad de estos pueblos es diferente a los del Ucayali dada la carencia de comercio, de transporte y de contacto con otras gentes. Creo que a todos nos marcó mucho esa gira por las circunstancias en las que la realizamos. Nos encontramos con poblados donde nos acogieron muy bien y donde disfrutamos de la gente y de las celebraciones. Otra semana la dedicamos a Santa Elena, a compartir con la gente de aquella comunidad, y a acompañar con las catequesis a los niños y jóvenes de primera comunión y de confirmación. Con ellos se entabló una relación muy bonita e intensa. También pudimos dedicar tiempo a trabajar en el pintado de toda la iglesia con la colaboración de muchas personas del pueblo, algo que nos sirvió para conocerles más. La última semana la dedicamos a visitar las comunidades del bajo Tapiche: San Pedro, Puerto Miguel, Palmera, Morales y Canchalagua. El mismo modo de operar que en la parte superior, a diferencia de que en los tres últimos poblados fuimos a pie por sendas que había a través de la selva. Esta misión la concluimos en Santa Elena con la celebración el día 15 de agosto de los bautizos y el día 16 las primeras comuniones confirmaciones. La despedida de aquellas gentes fue muy emotiva y diría que difícil, ya que fue mucho lo compartido y sabíamos que quizá ya no nos volveríamos a ver nunca más. En cualquier caso, tenemos la certeza de que estas personas viajaban con nosotros: los buenos ratos vividos juntos nos ha permitido incorporar muchos rostros a nuestra lista de personas queridas. Tras seis horas de deslizador estábamos de nuevo en Requena, disponiéndonos para regresar a España, con la satisfacción de la misión cumplida. Sin duda ha sido un tiempo de gracia por lo aprendido de estas gentes con una cultura tan distinta a la nuestra, por haber participado de todas sus preocupaciones e ilusiones, y por haber disfrutado con intensidad en las celebraciones y encuentros.
Confirmación Dios lo quiera y podamos repetir en el futuro más giras en un Vicariato frágil y necesitado de personas que aporten su colaboración a todos los niveles, también el pastoral. Finalmente, expresar nuestro agradecimiento y admiración a los misioneros y misioneras que día a día desgastan sus vidas a favor de las gentes del Vicariato de Requena. Sólo Dios sabe de sus desvelos y preocupaciones, por eso, sólo su amor puede ser su gran recompensa. Junto con ellos, un agradecimiento muy especial para todas las personas que en Lima y en Iquitos nos han ayudado para que esta misión sea lo que ha sido. Y a Dios, infinitas gracias por habernos concedido estos dos meses de servicio entre los más pobres, entre los que hemos podido reconocer el rostro de su hijo crucificado y resucitado. Juan Carlos Moya, ofm Vea estas fotos y otras más.
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