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En la Iglesia del Convento de Santo Espíritu del Monte, en Gilet (Valencia), a las siete de la tarde, se iniciaba la eucaristía en la que emitirían, por primera vez, la Profesión de la Regla y forma de vida de la Orden de los Hermanos menores, tres novicios: Carmelo Peraza Mesa, de la Provincia Bética; Ángel Calvo Portugal, de la Provincia de Santiago; y Juan Luis Machuca Socías, de la Provincia de Granada.
Presidía la eucaristía, Fr. Joaquín Domínguez Serna, Ministro provincial de la Bética, al que acompañaban los Provinciales de Valencia, Santiago, Granada y el Maestro del Postnoviciado común de los Franciscanos de España y Portugal.

Los tres hermanos que van a profesar
El Maestro de Novicios de la CONFRES, José Luis Coll, ejercía de maestro de ceremonia y, tras la proclamación del Evangelio, realizada por el Provincial de Valencia, Fr. Joaquín Domínguez dirigió a todos, especialmente a los novicios, estas palabras:
Paz y Bien en el Señor.
En plena celebración del VIII Centenario de nuestra forma de Vida, el Señor Dios nos sigue sorprendiendo con sus regalos y bienes. Nos ha regalado nuevos hermanos que por inspiración divina secundan las inspiraciones del Maestro, respondiendo con generosidad a su llamada, que se hace patente en su invitación: “Ven y sígueme”.

Profesión
Entre los muchos beneficios que el Señor nos ha dado a lo largo de estos ocho siglos, sin duda, de los más preciados es el de la propia vocación; y la confirmación de esta forma de vida y Regla puesta por el Espíritu en el corazón del joven Francisco. Inspiración que sirvió en aquel tiempo para recuperar la vuelta al manantial de la fe cristiana, o lo que es lo mismo: volver al Evangelio, y proponer de forma eminentemente novedosa, profética y espiritual el Evangelio como código de vida y libro magistral para extender, en medio del mundo, la semilla de Reino nuevo. Profecía y discipulado que encontramos en los más destacados personajes de la Escritura: primero Samuel en la primera lectura y luego el envío de los doce en el Evangelio, nos impulsan a revitalizar nuestra propia vocación y también la misión cuando se hace en nombre del que envía, en docilidad a su llamada y en generosidad ante su mandato.
Hoy, con vuestra profesión, reforzamos en la Iglesia el don de la llamada a una forma de vida inspirada por Dios y bendecida por Él desde sus orígenes hasta esta celebración, en la que os constituís los hermanos más menores de nuestra Familia y Orden.
Vuestra vidas, hermanos, vuestra profesión son, además, un regalo explícito, personal y ¿por qué no?, misterio de Dios para con vosotros. No busquéis méritos propios en vuestras personas ni en vuestro árbol genealógico. El Señor ha puesto la mirada en vosotros, os ha mirado con ternura y ha suscitado la fascinación de su atractivo: atracción por su Amor compasivo y misericordioso, por su palabra, por su camino, por su misión, por su apertura a lo inesperado y -aún así- por la confianza que nos ofrece en medio de nuestra sombras y fragilidades.

Entrega del hábito
Samuel es un ejemplo no de infancia espiritual, sino de esperanza en la madurez y en la vida adulta. Es un relato que nos revela la teología y la espiritualidad de la búsqueda y el encuentro. Es una secuencia que nos abre al misterio de la vocación personal, al misterio de la elección ¿qué tengo yo? y nos abre a la incertidumbre de la misión sin atisbar nunca el alcance de la llamada ni las consecuencias de nuestra respuesta. En la vocación, hermanos, hay más de acogida, de respuesta, de aceptación que de relevancia o de protagonismo. Es muy hermoso captar cómo Samuel en su inexperiencia necesita la guía del Profeta Elí para descifrar el mensaje del Señor. Hermosa lección también hoy si queremos discernir los llamados signos de los tiempos y el designio de Dios en medio de tanto individualismo y de protagonismos innecesarios que obstaculizan percibir con limpieza y nitidez la voluntad de lo Dios quiere y nos pide. La intervención de Elí nos ayuda a reforzar la importancia de las mediaciones y de los mediadores. Son muchas y muchos los que nos rodean y ayudan para que descubramos qué es lo que el Señor no pide en cada momento: padres, familia, amigos, catequistas, sacerdotes religiosos/religiosas, los formadores, los hermanos de fraternidad o de aquellas comunidades cristianas en las que vivimos y desarrollamos nuestra vida y misión... todos ellos en sus singularidad nos ayudan y a todos hemos de estar agradecidos por su labor y misión en el alimento de nuestra propia vocación.
Al mismo tiempo, la misión de Jesús el señor a los doce nos invitan a nuevamente a poner la confianza plena en el Reino y sus exigencias. Cuando el Señor los envía, no recae la fuerza sobre los talentos ni los títulos de los discípulos... la fuerza está en el mismo Reino, que es semilla, grano de trigo o de mostaza, o como un tesoro escondido; o como una moneda que se pierde; o como u n hijo que se separa de sus padres y vuelve al amor incondicional y primero del padre; o como una fiesta en donde hay que llevar el traje limpio de concordia, la reconciliación, la justicia y la paz. Siempre me causó gran admiración la invitación de Francisco a los hermanos que están en los eremitorios. Quienes “hacen de María” deben buscar, al levantarse cada mañana, el reino de Dios y su justicia. El reciente Capítulo general de la Orden nos ha pedido nuevamente que seamos portadores del Evangelio, de su Reino, del bien y de la paz.
Se nos ha hecho una llamada a restituir el don del Evangelio, y a través de esa llamada, a esbozar algunas formas concretas en que actualmente, en un mundo tan diferente del de san Francisco, los Hermanos Menores deseamos anunciar el Evangelio.

El nuevo profeso recibe la Regla y Constituciones de los Frailes Menores
La misión de los Hermanos Menores no puede estar alejada de la vida de los hombres y las mujeres de hoy, poniendo en el centro a los otros y no a nosotros mismos, en una actitud de simpatía por el mundo, tratando de comprender y hacernos comprensibles a cada pueblo y a cada cultura... Se trata también de habituarse a “habitar las fronteras”, en un mundo que, por una parte derriba y por el otro construye confines y barreras; los Hermanos Menores quieren hacer “porosas” las fronteras demasiado impermeables para hacer posible la comunicación y la comunión en el mundo de hoy.
Y para poder realizar todo lo que se ha dicho hasta aquí, se requiere de un proyecto fraterno de vida y misión, en donde la evangelización se armonice con las diversas dimensiones de la vida de los Hermanos Menores, desde el espíritu de oración hasta la minoridad, desde la vida fraterna hasta la formación. En esta perspectiva, la evangelización se presenta como el horizonte de todo el camino del Hermano Menor. La evangelización asume de esta manera, una espiritualidad vigilante a los valores de la justicia, paz, integridad de la creación, hace a los hermanos puentes de diálogo, de encuentro, de reconciliación, y guías para tomar decisiones concretas de reestructuración de las presencias que nos harán más sencillos y vulnerables, pero también más proféticos y, desde luego, más “menores”.
Finalizada la homilía, comenzó el rito de la Profesión, con el interrogatorio sobre lo que deseaban vivir y la oración sobre los novicios. Seguidamente, en manos del Ministro provincial correspondiente, hicieron la Profesión temporal (por un año) de vivir en obediencia, sin nada propio y en castidad según la Regla de la Orden de los Hermanos Menores. Una vez profesos, el que presidía les entregó el hábito dela Orden y el libro con la Regla y las Constituciones generales. El abrazo del Provincial significaba la acogida de toda la Orden y la pertenencia a una Fraternidad.
Con el canto a María, Reina de los Ángeles, concluyó la misa. Posteriormente, se ofreció un vino español aunque los presentes optaban, desesperadamente, por cualquier líquido que estuviese frío.
Crónica copiada de la web de la Provincia Bética.
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