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ASÍS: ALGO TREMENDO Y FASCINANTEMe resulta difícil poder narrar sobre unas pocas líneas la experiencia acaecida en los días en que hemos convivido un grupo de personas en la ciudad de Asís. Es más, no se trata de una simple experiencia sino más bien de una vivencia, pues ha sido una gracia, un don, un regalo de Dios el hecho de que allí se ha “vivido” realmente un acontecimiento único. Por tanto las palabras se me hacen escasas y pobres a la hora de expresar esta maravillosa experiencia de fe, de encuentro con Dios de la mano de Francisco y Clara de Asís: esto es necesario “vivirlo”. No obstante voy a intentar plasmar en este trozo de papel, a grandes rasgos, cual ha sido el poso que ha dejado en mí el paso por los lugares franciscanos más significativos. Cabe tener en cuenta que ha sido la primera vez que realizo un viaje de este calibre y a un lugar tan alejado de nuestro país. Es verdad que hacía ya tiempo que deseaba poder tener la posibilidad de visitar la tierra que vio nacer a Francisco y, por consiguiente el nacimiento también de la Orden por él fundada de Hermanos Menores. Es por ello por lo que tal vez la actitud que llevaba no es la misma que pueda llevar consigo un turista que su primera intención es conocer mundo. Sin lugar a dudas Asís se trata de un lugar hermoso y atractivo para aquellos que gustan de contemplar piedras y construcción típica del medioevo, pero se ha de tener en consideración que esta ciudad posee una gran riqueza espiritual dado que fue aquí donde aconteció la conversión de un hombrecillo y que supuso un cambio radical para la Iglesia y sociedad de su tiempo hasta nuestros días. En efecto el hecho de presentarte aquí con esta actitud de dejarte seducir por la fuerza del Espíritu, de que sea la voz de Dios la única que resuene en ti, guiado siempre por el testimonio de Francisco, Clara y sus primeros compañeros y compañeras te hace caer en la cuenta de la pobreza humana y de la inmensidad del amor del Creador que sale al encuentro del alma que va tras Él.
¿Ha sido Greccio, el eremitorio construido en una montaña
escarpada y en donde Francisco escenificó el nacimiento de Jesús
en una navidad lo que más me ha gustado? ¿Tal vez halla
sido la belleza del espeso manto verde de los árboles que cubren
las montes y valles en Fonte colombo? ¿Habrá sido el eremitorio
de las Cárceles que, tras subir a pie en clave de silencio y reflexión
desde Asís lo que ha podido cautivar todo mi ser? ¿Y qué
decir del mismo Asís donde se veneran con gran devoción
y respeto al “poverello” Francisco y a la noble y bella dama
Clara? Por citar una de las experiencias que más me han hecho estremecer, quiero señalar la visita a la Porciúncula y a San Damián, lugares de referencia para todo franciscano y franciscana. La capillita de Santa María de los Ángeles guarda en su interior algo grandioso a pesar de su reducido espacio. Además de ser el lugar en el cual comenzó toda la movida de aquellos primeros hermanos menores, posee una capacidad de atracción que te coloca ante el misterio del amor de Dios, ante tu misma realidad humana, ante tu débil pequeñez, y te recuerda que estás llamado a llevar al mundo el gozo del amor de Dios sobre los hombres y todas sus criaturas. Ello es motivo por el cual ansías volver una y otra vez a este lugarcito. La iglesita de San Damián es sin duda una perla preciosa. Fueron
largas las horas que pude pasar sentado allí, casi no podía
moverme tras aquella gran “sentada”, pero mereció la
pena. Ahora pienso que fui un poco egoísta pues también
buscaba el interés de conservar un lugar en la iglesita para poder
gozar de la liturgia con los hermanos. Cuando dio comienzo la celebración
y ves a tanta gente allí congregada junto a los hermanos para rezar
las Vísperas en torno a Jesús Sacramentado es algo que no
se puede explicar con palabras, es para vivirlo in situ. Otras muchas anécdotas y experiencias han sido las vividas en estos días de convivencia en Asís. Me gustaría poder resaltar aquí las que más me han hecho vibrar de emoción y alegría compartida con los demás participantes:
Por cierto, que no se me olvide señalar también que, como colofón final del último día, por la mañana, antes de partir hacia casa nos concedieron poder celebrar la Eucaristía junto a la tumba de san Francisco. Uffff, aquí si que no encuentro palabras, esto fue de lo mejor. El celebrar al Dios de Jesús allí todos reunidos, junto a Francisco y a cuatro de sus primeros compañeros en aquel lugar tan tremendo, era como estar compartiendo con ellos nuestra vocación, como decirle a Francisco: gracias por todo hermano.
Cabe por tanto señalar que una vez más se ha conseguido vivir en fraternidad cristiana, posiblemente como gusta al franciscano. Finalmente no soy capaz de reservarme lo que siento enormemente dentro de mí. Esta peregrinación afirmo que ha sido el mejor y más preciado regalo que el buen Padre Dios me ha podido hacer en este tiempo. Para un hermano franciscano que está a punto de comenzar una nueva etapa en su formación religiosa y humana como es el Noviciado, es algo “tremendo y fascinante”. Si eran muchas las ganas y grande la ilusión que tenía de seguir a Jesús como Francisco antes de la visita a Asís, puedo asegurar que se han visto incrementadas tras el regreso a casa. Estoy firmemente decidido a abrazar este género de vida, de ir descubriendo día a día en la persona de Francisco a aquél que por amor nos ha creado: el Padre; que por amor nos entregó su vida: el Hijo; y que por amor nos da la capacidad de amar y servir: el Espíritu. “Francisco nos ha enseñado el camino” leí alguna vez. Sí, nos ha indicado una forma única de seguir a Jesús: vivir el evangelio. Nuestro paso por Asís y los distintos lugares franciscanos además de invitar a la oración de alabanza y de sobrecogerse ante el Misterio nos recuerda la necesidad que tenemos los hombres de Dios y de la colaboración de unos para con los otros. Para mí se trata también de una advertencia de Francisco, es decir, de dejar a un lado muchas de las comodidades y placeres que nos creamos en la vida y de abrir los ojos (del alma y del cuerpo) para así poder sanar nuestras heridas y las de los hermanos. De esta forma contemplaremos que es posible un mundo mejor, una fraternidad universal donde se hace presente el amor, misericordia y bondad de Dios. Paz y bien. José Cuadros García.
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