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EXPERIENCIA TAU 2010.
EXPÁNDETE.-
LA APUJARRA
2 de agosto 2010
Era el día, por fin llegó. Después de preparativos, avisos y alguna que otra reunión, amaneció el día 2 de agosto, y con ello el inicio de la Experiencia TAU a La Alpujarra granadina. Punto de reunión: el colegio de Carcaixent. Éramos trece las personas que viajábamos en tres coches. Tras las despedidas de los familiares, salimos rumbo a Lanjarón. Eran las 11,20 horas.
Por el camino teníamos que encontrarnos con Laura Caballero, una joven de Bullas (Murcia) que se unía a nuestro grupo. En un área de servicio coincidimos y allí aprovechamos para comer. Aunque al camarero nos identificó con americanos, por aquello de sacarnos el bocata y consumir la bebida, al final repusimos un poco de fuerzas. La coca de verduras preparada por la madre de un alumno halló su fin en una parada anterior, en la que, a petición popular, visitamos el lugar en el que se ha rodado la serie L’Alqueria Blanca.
Otra parada técnica y a las 18,30 horas llegábamos a Lanjarón, puerta de La Alpujarra. Allí estaban los jóvenes de la Provincia Franciscana de Granada para acogernos. Con ello vinieron los primeros saludos y las primeras personas que fuimos conociendo. Nos instalamos en el polideportivo del pueblo, donde dormimos las noches que estuvimos en esta localidad bonita y llena de fuentes por todos lados. En total, nos reunimos unas 120 personas.

Tras la cena vino la celebración del perdón de Asís. No podía ser de otra manera, pues era el día de Santa María de los Ángeles. Quien quiso recibió el sacramento de la reconciliación. Tras la celebración fuimos a la casa de las Hijas de la Caridad, donde se desarrollaron las actividades. A la entrada de esta casa nos estaba esperando “Satanito”, el hijo de Satanás, que quería ponernos zancadillas para que esta experiencia fuese un fracaso. Tras dejarnos conducir por él, formamos diversos grupos que sirvieron para conocernos y para realizar una serie de dinámicas que lograron todo lo contrario de lo que este personaje en apariencia malvado pretendía con todos nosotros.
Se hizo algo tarde y el día había sido pesado por el viaje. El sueño se apoderó pronto de nosotros.
3 de agosto 2010
Amaneció el día, y con ello pudimos comprobar la buena climatología de Lanjarón en este tiempo de verano, además de disfrutar sin medida de las fuentes. Tras la oración preparada por Valencia y el desayuno, vino la realización de diversos talleres. La idea era realizar durante este día una serie de talleres que sirviera después para ir a los pueblos de La Alpujarra y ponerlos en práctica de sus gentes. Cada cual hizo tres talleres a lo largo del día y se pudo elegir entre los siguientes:
Dinámicas de grupo,
taller de ocio,
Alégrate y comparte,
Música en la evangelización,
Atención a ancianos y visitas a domicilio.
Por la mañana se hizo un taller, y por la tarde dos. Después de comer, quien quiso, pudo ir a dar una vuelta por el pueblo, guiados por la hermana y el cuñado de José Ricardo, franciscano de Granada e hijo del pueblo de Lanjarón. Llegamos al museo del agua que tiene el pueblo, pero la hora impuso su ley y tuvimos que regresar rápidamente para poder llegar a los talleres. En la visita pudimos disfrutar de los “tinaos”, una construcción peculiar de la zona, especie de callejón sin salida en la que pueden llegar a vivir seis u ocho familias. Realmente sorprendente.
Los talleres sirvieron para conocer a más gente, pues todos éramos conscientes de que al día siguiente no nos veríamos en tres días y había que aprovechar para saludar a unos y a otros. Además, adquirimos un poco más de bagaje para manejarnos en los pueblos con la gente.

Tras la cena marchamos en peregrinación a la Ermita del Tajo de la Cruz, situada a una media hora del pueblo, ubicada en lo alto de un monte, al que se accede a pie por una senda bastante empinada y sinuosa. A pesar de subirla de noche, no hubo que lamentar ningún incidente.
Allí el grupo de Albacete nos ayudó a orar con una celebración en la que la exposición del Santísimo lo llenó todo. Monte, estrellas, oscuridad, Santísimo, grupo de personas orando. ¡Qué fuerza! ¡qué maravilla!
Primer día completo en Lanjarón. La gente estaba realmente contenta y cómoda.
4 de agosto 2010
Día de la diáspora. Se realizaron los grupos y se organizó el tras lado de la gente a los diversos pueblos en los que se tenía que realizar la misión. Tras la oración de la mañana, a cargar con las mochillas y todo el equipaje. Los hermanos de Granada, que trabajaron incansablemente y con mucha alegría, nos tenían preparada comida, una por pueblo. Salimos a media mañana, la mayor parte del grupo en autobuses, otros en coches de modo que en cada pueblo hubiese uno. Los pueblos de misión fueron: Mecina Fondales, Cáñar, Pórtugos, Pitres, Busquístar, Trevélez y el propio Lanjarón. Muchos de nosotros no habíamos oído jamás los nombres de estos pueblos. Al llegar a Órgiva, pueblo importante de la zona, tomábamos una carretera que era toda ella una sucesión sin tregua de curvas y que nos conduciría a los pueblos antes citados. El grupo de Valencia nos distribuimos entre
Cáñar (Noel, Cata, José Andrés y Ana),
Pitres (Joan, Pablo y Angel),
Busquístar (Charli, Laura, Robert, David y Juan Carlos) y
Mecina Fondales (Jose).
Era el momento de la toma de contacto. Cómo era la gente, cómo nos recibirían, cómo encajaríamos en el pueblo, era un misterio para todos. Había un sentimiento de expectación ante lo que acontecería, pues nos habían dicho que en algunos pueblos la cosa iría bien pero en otros nos encontraríamos con dificultades.
Todos llevábamos grabado en la cabeza y el corazón las palabras de Jesús: “mirad que os envío como corderos en medio de lobos” y “para el camino no llevéis…”. La expectación principal radicaba ahí precisamente, en si el lobo era de lo feroces o si el espíritu de San Francisco aplacaría su sed de sangre. Cada cual, según inspiraba el Espíritu Santo, se introdujo en el pueblo. Otro elemento a superar era la cohesión del grupo, pues todavía no nos conocíamos bien.

Por lo compartido a posteriori, los miedos se fueron disipando poco a poco, a medida que íbamos haciéndonos cercanos a la gente y nos iban conociendo.
Los curas de los pueblos nos facilitaron las casas parroquiales, donde nos instalamos. En general estuvimos bastante cómodos. El plan general para esos días era compartir con las gentes la vida, la fe, celebrar la eucaristía y realizar con ellos alguna oración, visitar a los ancianos y enfermos y trabajar en la mejora de la casa parroquial. Algunos pintaron una ermita; limpiaron la casa, el cementerio, el campanario…
En el caso de Busquístar que es el pueblo en el que residió el que escribe, hemos de decir que nos pusimos a la búsqueda de la señora que tenía la llave de la iglesia y de la casa. Se llamaba Margarita. Ella fue quien nos acompañó y nos facilitó las cosas en ese primer momento. Entramos y nos encontramos con una casa llena de humedad, pues hacía tiempo que no habían entrado en ella. Por la tarde la invitamos a que nos explicase la realidad del pueblo y lo que podíamos hacer. Aquel encuentro se convirtió en un testimonio de fe de Margarita que será difícil de olvidar. También nos visitó Enrique, párroco de esta localidad. Nos dio una serie de instrucciones para el trabajo de esos días.
Tras escucharla preparamos la eucaristía y celebramos junto a un grupo de personas. Tuvimos el problema de que la gente no sabía que veníamos ese día. Con todo, nos hicimos de notar en seguida.
También hubo que gestionar el tema de la comida. Se crearon una serie de turnos de tareas, en los que los chavales se involucraron de una manera extraordinaria. Esa noche no sabíamos qué cenar, así que fuimos a preguntar a una señora por un bar. Ni bar ni nada: nos abrió su casa, su frigorífico, y comenzó a sacar comida y más comida, hasta el punto de tenerla que frenar en su afán de vaciar a su despensa a favor nuestro. Muchas gracias, Lourdes, por tanta generosidad sin apenas conocernos.
5 de agosto 2010
Seguimos narrando lo vivido en Busquístar. Fuimos a realizar la oración de la mañana a “La Fuente Vieja”, lugar de un frescor y belleza envidiable. Tras alabar al Señor de la Vida, y compartir este rato con algunas mujeres del pueblo, nos relataron que en aquella fuente que disponía de un pilón, se remojaba a todo aquel que llegaba nuevo al pueblo. Hubo varios intentos por dar un baño a algunos miembros del grupo, pero al final la cosa quedó en nada.
Al volver a la casa nos distribuimos en las diversas tareas que había que realizar en la casa: unos preparaban la comida, otros la celebración de la tarde, otros limpiaban la casa, otros quitaban las humedades… un trabajo en equipo muy bueno.
La comida dio paso al descanso y con ello, a la visita a las gentes del pueblo. El grupo de adolescentes decidió visitar al grupo de Pórtugos, pueblo que estaba a dos kilómetros de distancia. Charli, Laura y Juan Carlos se lanzaron a las calles. Pasamos por casa de Lourdes a darle gracias por la cena de la noche anterior y a devolverle algunas que nos había dejado. A ella preguntamos a quién podíamos visitar. Nos acompañó a ver a Pura, una mujer anciana que tenía grandes dificultades para caminar. Fue algo impresionante lo experimentado junto a esa mujer. Nos colocó en la realidad de lo que aquella tierra había sido hasta no hace tanto, y que ella misma junto con su hermano y tantas otras gentes mayores del pueblo habían vivido. Habló y habló y luego nos pedía perdón por si se había excedido en el tiempo. Nosotros estábamos entre encantados e impresionados. Testimonios como el de esta mujer son los que hacen a uno despertar de la vida en la que se halla envuelto y darse cuenta de que el dolor ha estado siempre presente en la vida de las personas de una manera extraordinaria, y junto a ello, los momentos de alegría, que también los tenían.

Se hicieron las 19,00 horas y era tiempo de ir a la iglesia para celebrar la eucaristía. Allí nos encontramos todos y en esta ocasión los presentes eran unos cuantos más que el día anterior.
Los cantos, las introducciones, la participación de la gente, hizo de la celebración un momento muy hermoso de vivencia de la fe. Sin aparatosidad ni complicaciones, partiendo desde la realidad de aquel pueblo bello en su estructura y en su ubicación. Los cantos llamaban la atención a otras gentes que, curiosas se asomaban para ver qué era lo que estaba pasando dentro. A la conclusión de la celebración, la preparación de la cena mientras otros iban tejiendo relaciones y amistad con niños y jóvenes del pueblo, muchos de ellos veraneantes de Barcelona.
Cena, una vuelta por la plaza y por el pueblo y a dormir.
6 de agosto 2010
El día seis de agosto era nuestra última jornada de experiencia misionera. De nuevo nos dirigimos a La Fuente Vieja donde rezamos laudes. Esta vez estábamos muy acompañados. Tras la oración, un rato largo de conversación amable y fácil. Como la mañana se nos acortó considerablemente, repartimos una serie de tareas que debíamos realizar. Estábamos programando la comida cuando un grupo de mujeres nos sorprendió diciendo que nos invitaban a comer “migas”. Nosotros nos quedamos admirados de la generosidad y cercanía de esta gente. Por supuesto que aceptamos la invitación. Quedamos en comer en el local que tiene la parroquia. Otra mujer, al saber que dicho local no tenía muy buenas condiciones, habló con la alcaldesa, quien ofreció el local de los pensionistas. Allí dirigimos nuestros pasos, y allí pasamos un momento muy bonito de fraternidad. Seríamos unas treinta personas las que compartimos la mesa, entre ellos el párroco y la alcaldesa. Las migas las cocinaron varias mujeres, y todas querían que probásemos las suyas para que emitiésemos un veredicto. A todas decíamos que estaban muy buenas, y no era por cumplir.
Además de esta comida, habíamos programado una cena con la gente del pueblo en la plaza del pueblo tras la eucaristía. Pero por no romper el orden cronológico, nos fuimos a tomar un café tras la comida, acompañados por Lourdes, Carmela y una mujer que se unió a nosotros y que, según nos contó, era de Pamplona y se había venido a vivir a este pueblo.
De 17,00 a 19,00 horas nos dividimos en tres grupos y salimos a visitar familias de personas que nos habían acompañado en las eucaristías de los días anteriores. Fue un momento muy intenso y bonito de compartir con las gentes de Busquístar. Nuevamente nos encontramos con la realidad pura y dura, con el dolor de una gente que ha sufrido y que amado a lo suyo y a los suyos con fuerza. Será inolvidable el testimonio de vida de todas esas personas que son parte de nuestra historia con lo poco que se compartió.
Tras la visita la eucaristía. Esta vez la iglesia mostró un aspecto muy diferente al del primer día. Había mucha gente. La celebración con el estilo de días pasados. Destacar la acción de gracias de Ana, una adolescente de Galicia que con catorce años dijo unas palabras que nos dejó a todos impresionados por su profundidad y acierto.
A partir de ese momento, a montar las mesas y a llevar la comida. La plaza es el centro neurálgico del pueblo, por ello, todo el que pasaba por allí terminaba por tomar algo. Las mujeres del pueblo se volcaron trayendo comida. Hasta tuvimos chocolate. A esta fiesta se unió el grupo de Pórtugos que compartió con nosotros la cena y una velada al estilo “Alpujarra”. Así fue, tras la cena, se hizo un corro y algunas mujeres comenzaron a cantar. Sus cantos terminaron por ahogar otros cantos y ruidos. Y como el ambiente se fue caldeando, se acabó con el baile de unas sevillanas. La fiesta duró hasta pasadas las dos de la madrugada.
7 de agosto 2010
Este día era la partida de Busquístar y del resto de pueblos. A las 10,30 pasaba el autobús y había que estar preparados. Recoger la casa, hacer las maletas, últimas despedidas y agradecimientos, y rumbo a Capileira, pueblo de La Alpujarra más proyectado al turismo. El encuentro con el resto de gente fue muy bonito y emotivo: cuánta alegría era la que se respiraba en aquella plaza. Tras estar un buen rato compartiendo lo vivido, subimos a una zona boscosa a comer. Con la comida y el café, acudimos a la iglesia del pueblo para asistir al encuentro con unas monjas budistas: Paloma y Madga, ambas españolas, además de una pareja budista. Ellas explicaron el sentido del budismo y el proceso de búsqueda que les había llevado a esta religión.
Tiempo para la escucha, para la reflexión, para compartir, para valorar, para discernir, para afirmarse en el don de la fe cristiana y para valorar lo bueno de otras tradiciones religiosas. Tras más de una hora de encuentro, tomamos el transporte y de regreso hacia Lanjarón.
Cayó enseguida la hora de la cena. Tras la cena nos reunimos por grupos, los que habíamos estado en los pueblos. Hicimos una valoración sobre las celebraciones, sobre la relación del grupo y sobre las relaciones con las gentes de los pueblos. En general, todos los grupos estaban encantados con la experiencia. Se notaba la gran complicidad de los miembros del grupo. Parece mentira que tres días de convivencia puedan dar tanto de sí a este nivel. ¡Cuánta alegría! ¡cuánto trabajo hecho!, ¡cuánta vida dada y recibida!...
Y tras este compartir el inicio de algo que fue “la bomba”, que dirían los adolescentes. Luis, u joven de quince años de Chipiona ensayó un baile que debíamos realizar al día siguiente por las calles de Lanjarón. No fue difícil aprenderlo. Hasta aquellos que somos bastante patosos para estas cosas lo aprendimos sin demasiada dificultad. Ver a este adolescente bailar con la naturalidad, gracia y alegría que lo hacía era todo un espectáculo. Daba ganas de retirarse de la fila y ponerse delante de él para verle. Sin demasiado esfuerzo nos organizó a todos y en cuestión de diez minutos las más de cien personas que estábamos allí íbamos cogiendo el ritmo. Con este ritmo metido en el cuerpo nos fuimos a la cama, bueno, a la esterilla.
8 de agosto 2010
Día de fiesta, de clausura, de rematar todo lo iniciado. Recogimos todo lo que había en el pabellón y lo llevamos a la casa de las Hijas de la Caridad. Rezamos, desayunamos y nos preparamos para la eucaristía. Cuando se hicieron las 11,30 horas salimos a la calle y formamos dos filas. Luis, delante, con la música a todo volumen, comenzó a bailar y con él el resto del grupo. Era un espectáculo sin igual. Las gentes del pueblo se quedaban mirando con una sonrisa en la cara: banderas hondeando, hábitos y camisetas del encuentro moviéndose al mismo ritmo, impregnados todos de una gran alegría.
De este modo nos dirigimos al “Parque del Salao”. Allí nos congregamos nosotros junto con un buen número de personas de Lanjarón, representadas por su alcaldesa y una concejal. La eucaristía la presidió Severino Calderón, provincial de Granada. Hermosa celebración en la que la palabra de Dios iluminó nuestras vidas con la apelación a la responsabilidad. En ella no faltaron símbolos, la entrega de pulseras conmemorativas del encuentro, así como una placa conmemorativa entregada a personas que habían trabajado con encomio y a cada uno de los delegados de pastoral de las diversas provincias franciscanas que allí se encontraban.
El regreso a la casa fue muy festivo. Todos íbamos llenos de alegría. Qué fáciles se hacían las relaciones, qué sencillo era compartir. Regresamos y comimos.

Con esa comida tranquila abandonábamos La Alpujarra y dirigíamos nuestros pasos hacia Granada para visitar la Alhambra. Impresionante ciudad, pues no se puede considerar un edificio. Allí estuvimos prácticamente toda la tarde. Algunos pudimos encontrarnos con el lugar donde fueron martirizados por confesar su fe en Cristo Jesús los hermanos y beatos mártires de Chelva Juan de Cetina y Pedro de Dueñas. Una columna y una placa guardan la memoria de estos dos verdaderos hermanos de Francisco y amantes de Cristo hasta el punto de saber que su morada definitiva estaba en la eternidad de un Padre amoroso. Fue un momento intenso de oración y de emoción para un pequeño grupo de hermanos.
El regreso a la casa se hizo a pie, disfrutando de un paseo muy bonito junto al río y bordeando el barrio del Albaicín. Esa noche la pasamos en la iglesia de San Francisco. Era la última noche, por lo que se dio la opción de salir hasta las dos de la madrugada. Muchos aprovecharon para pasar las últimas horas juntos.
9 de agosto 2010
Levantarse a las ocho de la mañana, preparar las cosas, colocarlas en el coche, desayunar, despedir a un gran número de hermanos con los que se habían compartido esos días, y salir esa mañana para aprovechar y disfrutar Granada. Después de una breve deliberación, el grupo de Galicia se unió al nuestro. Marchamos raudos a la Cartuja. Nos acompañaba de guía Luz (qué detalle tan bonito y fraterno, y eso que iba medio lesionada).
Algunos iban tan rendidos que cuando llegaron al atrio de la cartuja se tiraron en el suelo y se quedaron dormidos. Otros entramos para contemplar ese lugar santo en el que desde el siglo XV hasta el XIX los cartujos habían alabado a Dios. Lástima que no se conserva el claustro con las celdas. Iglesia barroca, recargada, que contrasta con la austeridad y sobriedad de su espiritualidad.
Tras la Cartuja, nos dirigimos a la Catedral. Tiempo libre para todo el mundo. Algunos fuimos a visitar la Capilla Real donde están enterrados los reyes católicos y la Catedral. Allí nos volvimos a encontrar con una vidriera-rosetón en la fachada que hacía memoria de los mártires de Chelva.
Tras estas visitas de rigor (algunos nos quedamos con ganas de visitar la tumba de San Juan de Dios), a darle un poco al consumismo. Algunas compras, la comida y, lo más durillo: la despedida. Valencia y Galicia habían trabado unas relaciones muy bonitas e intensas, y entre ellas hay que incluir a Luz. Los adolescentes no querían que volviésemos, pero la realidad se imponía. A las 16,00 horas salíamos después de haber derramado unas cuantas lágrimas de afecto y cariño.
Y otra vez la carretera, esta vez deshaciendo el camino. Despedimos a Laura a la altura de Murcia. También dejamos a Charli en Sax donde lo recogió Eva, su mujer. Y a eso de las 21,45 llegábamos cansados y felices al colegio de Carcaixent.
Experiencia bonita donde las haya. Ha merecido mucho el esfuerzo. Ahora a esperar frutos de esta convivencia. Finalmente, la última palabra, de gratitud al buen Dios que ha cuidado de todos nosotros y a nuestros hermanos de Granada que se han desvivido por nosotros: Rafa Villoslada y Salva, franciscanos responsables de la PJV de Granada que han sido los diseñadores y realizadores de esta Experiencia, a los voluntarios de los diversos grupos de jóvenes de la provincia franciscana de Granada, y a todas las gentes que nos han facilitado tanto las cosas. Dios os bendiga a todos.


