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Apunte 4. Formación inicial y permanente |
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Un concepto de formación universal
Cuando oímos la palabra "formación" tendemos fácilmente a pensar al punto en escuela, en universidades y en libros. Sin embargo, este concepto parece demasiado limitado y pobre, por lo que tendremos que procurar una concepción mucho más amplia y profunda, más en consonancia con la espiritualidad franciscana. 1. "Mattli 1982"En el Congreso Interfranciscano de Mattli (Suiza) se propuso formalmente la reanimación del ideal de formación original de Francisco. Por este motivo, nos parece oportuno transcribir aquí el texto de esta importante proposición:
1.1. La insuficiencia de la formación tradicionalEl documento denuncia con toda claridad la insuficiencia de la formación tradicional ordinaria, la que partía del supuesto de que en la infancia y en la juventud era posible adquirir y acumular todos los conocimientos indispensables para las exigencias que la vida presentara en el futuro, sin necesidad mayor de un ulterior reciclaje o renovación. Aún se oye con alguna frecuencia que en el noviciado y en la "etapa de formación" (estudios de teología, especialización...), se podría adquirir un "paquete" de fórmulas y de contenidos del aprendizaje, en el que estaría comprendido todo lo necesario para el posterior desarrollo práctico de la vida, la acción y el servicio apostólico. Cada día somos más conscientes de que tanto el mundo como la Iglesia se transforman continua y aceleradamente. Las necesidades de los tiempos actuales tienden a salírsenos de las manos o a tornarse incompatibles con la formación anterior. Percibimos nuestra incapacidad e incompetencia para enfrentar las realidades y exigencias de una nueva situación. El talante actual del ser humano se define esencialmente por la apertura, la clarividencia, la disposición para lo nuevo, y la conciencia de que toda persona reclama constantemente aprendizaje y readaptación. Es esta conciencia la que nos obliga a cambiar el antiguo concepto de formación por la convicción de que la totalidad de la vida se ha de mirar como un proceso ininterrumpido de aprendizaje, al que deberemos entonces dedicarnos con nuestro ser y con nuestro corazón siempre atentos. Lo dicho no significa en manera alguna que la etapa tradicional de la formación inicial sea superflua, ni que se pueda minimizar o menospreciar su importancia. Ella sigue siendo necesaria, pero tiene que mirarse tan sólo como una orientación general preliminar. La formación inicial tendrá que entenderse, por consiguiente, como una parte integrante dentro del conjunto de la formación permanente. 1.2. La comunidad como sujeto de formaciónEn principio, habrá que concebir la comunidad misma como un permanente aprendizaje. Ella debe desistir de la pretensión de transmitir, como por arte de magia, la forma en que debe vivir hoy en día la persona que aspira a orientar franciscanamente su vida. Desde luego, la comunidad tiene que saber mostrar y presentar al joven con la mayor claridad nuestra forma de vida: "Explíquese diligentemente en qué consiste nuestro género de vida" (1 Rg 2,3). No obstante, resulta ingenuo pretender que dicho cometido pueda lograrse hoy por hoy en el marco de la escuela tradicional. Los candidatos han de ser encaminados en su formación, atendidos diligentemente en su proceso personal de búsqueda. La propia comunidad como tal deberá abrirse entonces a su formación permanente y a su misión formadora franciscana. Aprender los unos de los otros:Se insiste en una concepción horizontal de la formación. Es decir, no se pretende que algunas personas lo sepan todo y otras no sepan nada, sino que cada uno es al mismo tiempo maestro y discípulo. Intercambio de experiencias:Aprender significa encontrarse y abrirse a experiencias diversas y a vivencias de otras personas. "La experiencia es maestra de la vida" reza el dicho popular. El conocimiento contenido en los libros no es ni suficiente ni prudente. Cuanto más se sumen las experiencias vivas en una comunidad, tanto mayor será la posibilidad de lograr aprendizajes, a condición, naturalmente, de que cada uno no se reserve para sí lo que ha vivido, sino que todos pongan en común lo que han experimentado y vivenciado. Lectura comunitaria de la Biblia:El libro más indicado e idóneo en el proceso de formación de quien aspira a hacer suyo el espíritu franciscano es el Evangelio, por cuanto Francisco no deseaba otra cosa sino "vivir conforme al santo Evangelio". Sin embargo, el evangelio no debe leerse sólo en forma individualista o aislada, puesto que es el libro de la Iglesia, de la comunidad de fe. Por tal razón, tan sólo a través de la lectura común de las Sagradas Escrituras es posible captar la Buena Noticia y descubrir los fundamentos de la vida cristiana. También aquí resulta importante que las experiencias individuales se sumen al esfuerzo común para poder comprender la Sagrada Biblia. Las diversas experiencias de fe constituyen precisamente una clave de comprensión del mensaje bíblico. La oración en común:La oración comunitaria constituye asimismo un importante factor de formación. En la oración hecha en común, la persona afianza su fe y enriquece su noción de valores, aprende las actitudes fundamentales del orante, así como la forma más conveniente de expresar sus emociones. La Fracción comunitaria del Pan:La Eucaristía significa igualmente un decisivo elemento de formación. Esto lo debemos afirmar con particular énfasis si partimos de una concepción franciscana del misterio eucarístico. Francisco se tenía a sí mismo como responsable de una misión eucarística universal. Sus cartas están marcadas y penetradas por pensamientos eucarísticos. Lo que se busca es, en una palabra, descubrir, siempre de nuevo, las razones primeras y únicas de nuestra misión, que se resumen en la proclamación: Jesucristo ha muerto para la salvación de la humanidad, su sangre "se ha derramado por vosotros y por todos". En este mismo sentido, en todo aquello que se sitúa en el nivel de las relaciones interpersonales es mucho lo que tiene que cambiar a partir de la Eucaristía. Hemos de formar una comunidad de hermanos que ofrezca a todos un testimonio vigoroso y vivo del amor fraterno. La mutua corrección fraterna:Un importante instrumento de formación, al que acabamos de aludir es la corrección fraterna. Esta se torna necesaria y posible a condición de que se acepte el presupuesto de que cristiano es aquel que está dispuesto a la permanente conversión propuesta por el Evangelio. Actitudes simuladas, juicios erróneos, comportamientos perjudiciales, todo ello puede darse en cualquier comunidad de hermano. Pero cuando procederes negativos como estos se confrontan a través de la corrección fraterna, pueden convertirse en excelentes factores de formación. Mas, tal cosa sólo será posible en una atmósfera de confianza recíproca estimulante y constructiva. Los pobres como maestros:En este aspecto, el documento de Mattli alcanza dimensiones realmente proféticas. Nuestros auténticos maestros son los pobres: son ellos quienes nos plantean un desafío y nos revelan el genuino rostro de la humanidad y sus posibilidades reales de transformación. Ningún profesor universitario, ningún libro erudito, ningún saber humano --ni siquiera los más profundos-- es capaz de conducir a aquellas profundidades en donde el individuo comienza efectivamente a ser "persona" humana. Únicamente los pobres revelan tales profundidades. Esta convicción constituye algo fundamental precisamente para los franciscanos, ya que dicha experiencia fue algo absolutamente determinante para Francisco y para Clara. Ninguna formación franciscana puede pretender ser auténtica si no tiene muy vivamente presente el contexto de los pobres. En otras palabras, los hermanos necesitan indispensablemente estar en contacto con el mundo de los pobres. Análisis comunitario de las situaciones:Toda situación debería ser abordada y evaluada, caso por caso, en forma singular: la situación que debemos enfrentar, las estructuras dentro de las cuales vivimos, el contexto, siempre nuevo, de nuestras actuaciones. En caso contrario, nos quedaremos a la orilla del camino y fuera del tiempo de la vida, sin poder escuchar la voz de Dios que nos habla, precisamente, en y a través de las realidades de cada día. Por ello, se debe tomar cada situación como un factor efectivo y concreto de formación. El análisis concreto y riguroso de cada evento constituye también un compromiso de cada comunidad, recurriendo, por ejemplo, al método: "ver-juzgar-actuar".
Francisco se aparece a un religioso mientras san Antonio predica 1.3. Francisco y Clara, modelos de formaciónA la luz de los escritos de Francisco y Clara fácilmente podríamos encontrar y presentar textos que ilustran cada uno de los referidos factores o elementos de formación. La Tomás de Celano entendía el movimiento franciscano a partir de la persona de Francisco. No, desde luego, en el sentido de que cada uno deba imitar, hacer y decir exactamente lo que hacía y decía Francisco. La observación del ser y el comportamiento de los primeros hermanos prueba que cada uno de ellos era un "original" y no una "copia". El movimiento franciscano puede definirse más bien, como un grupo de personas que han hallado en Francisco el conocimiento de su propia realidad.
En otras palabras, es franciscano aquel que se forma en el encuentro con Francisco, en la medida en que se esculpe en sí mismo una imagen perfectamente personal, aunque vivamente delineada por el modelo. Ya en los comienzos del movimiento franciscano se acuñó la expresión "forma minorum", la que resulta bien difícil de traducir. De acuerdo con esta máxima, Francisco mismo constituye un elemento de formación, es decir, Francisco es una persona que influye como modelo y paradigma en la formación y configuración de la persona. Parecidas afirmaciones pueden hacerse también en relación con la influencia ejercida por Clara. Es esta la razón por la cual existen tantas leyendas e historias en torno a ambos, destinadas siempre a conseguir que los hermanos y las hermanas puedan crecer en conformidad con el modelo que aquellos representan. Lo mismo para Francisco que para Clara, los evangelios supusieron un mandato determinante. Toda educación y formación franciscana encuentra en ellos su sentido profundo, o sea: la unión y conformidad con Cristo. En consecuencia, el ejemplo viviente de Clara posee para sus hermanas un significativo carácter de modelo. Desde los comienzos, Francisco representó la "forma minorum", es decir, la figura-paradigma para todos los hermanos que quisieran seguir a Cristo en su escuela. Siempre abiertos a los signos de los tiemposUn rasgo particular y bien definido del carácter de Francisco reside justamente en su disposición y apertura a todo y a todos aquellos con quienes tenía la oportunidad de encontrarse. Su biografía pone de presente cómo la formación de Francisco no era producto de una escuela, sino el fruto de las circunstancias e incidencias de la vida cotidiana, de los encuentros y experiencias concretas, tanto dentro como fuera de la ciudad de Asís. La Regla no bulada (1ª. Regla) manifiesta claramente cómo Francisco se dejaba formar por los sucesos concretos y espontáneos de la vida, por los encuentros y acontecimientos ordinarios, por las orientaciones históricas de su época y por los decretos de la Iglesia. En la medida en que tales hechos le permitían sacar conclusiones y adoptar decisiones, él las iba formulando e insertando en su Regla, la que con el correr de los años se iba haciendo cada vez más extensa. Francisco designó al Espíritu Santo como Ministro General de la Orden (2 Cel 193) con el propósito de dejar bien claro que su comunidad debería estar siempre dispuesta a aprender, no únicamente de los indefinidos "lugares y tiempos y frías regiones" (2 Rg 4,2), sino también de los diversos acontecimientos y desafíos del tiempo presente. Aprender del más joven de los noviciosAcaso un buen sinónimo de "aprender" sea obedecer (téngase en cuenta el latín "ob-audire"). Francisco estuvo siempre bien atento a oírlo todo y a escucharlos a todos. Por sus propios medios, él no podía saber lo que tenía que hacer. Eran las circunstancias las que lo iban instruyendo. Se sentía dirigido y las cosas se le iban revelando. A lo largo de toda su vida se sintió y se mantuvo en la actitud de aprendiz, de discípulo, atento a escuchar a la comunidad, a hacer eco a la palabra personal de cada hermano, teniendo bien en cuenta, principalmente, al menor de ellos (cf. Testamento; 2 Cel 151). Encontramos esta misma mentalidad y disposición en la Regla de Clara en aquel pasaje en que pide que en los Capítulos de la comunidad, la abadesa "delibere con todas sus hermanas sobre los asuntos a tratar para la utilidad y bien del monasterio, pues muchas veces lo mejor es revelado por el Señor a la que es menor" (Regla de Clara IV, 13). Por consiguiente, también la abadesa tiene que ser, ante todo alguien que escucha atentamente a las demás. Formación en contacto con los leprososTodos sabemos que Francisco había proyectado todo en su vida y disponía de todos los medios necesarios para ser un próspero comerciante. Sin embargo, él mismo se tenía por un "hombre ignorante y poco ilustrado" (7 Cta 39), por su decisión de querer formar parte de los no-formados, buscando así sentirse y mostrarse como uno de ellos. Su decisiva formación la bebió y recibió en otra parte. La manera y la medida en que él se formó y se "educó" en el contacto con los leprosos, él personalmente las refiere en su Testamento. Se liberó del asco y la repugnancia y del miedo del contacto con la crueldad del mundo de Asís. Francisco fue existencialmente tocado por los leprosos hasta lo más hondo de sus entrañas, con lo que logró pasar desde entonces a vivir una cultura de la misericordia (Test 1,3). Y lo que resulta todavía más importante, comenzó desde entonces a sentirlo todo de una manera diferente, nueva, leyendo las realidades y los objetos de la fe con ojos nuevos, entrenados y aguzados en el contacto y el trato con los leprosos: El Cristo de San Damián ya no es más para él el Señor que se eleva por encima de los dolores y miserias del mundo, sino el Señor clavado en la cruz, cuya mirada doliente se pierde en la distancia, en donde comparte solidariamente los sufrimientos de la humanidad. Y en esta forma, Francisco comienza a compadecerse de Él y con Él de las miserias humanas. La Iglesia, a pesar de sus ministros tantas veces indignos y repulsivos, no es ya para él motivo alguno de escándalo. Francisco sabe bien hacer la diferencia entre el pecado dentro de la Iglesia y el Hijo de Dios, al reconocer la presencia de Cristo en los sacerdotes a pesar de sus pecados: "Y no quiero advertir en ellos pecado, porque miro en ellos al Hijo de Dios y son mis señores" (Test 3,9). La "pequeñez (insignificancia) del Pan" en la época de Francisco tan poco tenida en consideración, recobra para él un inmenso valor: la humilde presencia de Dios, puesta en manos de los hombres (cf. 7 Cta 27-28; 2 Cta 8). Para Francisco son infinitamente valiosas las palabras, muchas veces dichas por decir, los textos que muchos arrojarían al cesto de la basura, lo mismo que las expresiones de personas sin fe. El Verbo, la Palabra, realmente "se hizo carne" . Con las letras de cualquier texto es factible escribir el Evangelio o el Nombre de Jesús. De repente, el Evangelio dejó de ser para Francisco un texto monótono y repetitivo, para convertirse en "Espíritu y Vida" (4 Cta II, 32). Las palabras le revelan el Evangelio de los pobres (Test 12ss; 2 Cta 12; 7 Cta 36; 1 Cel 82). Desde su encuentro con el leproso, todo cobró un nuevo sentido. El despreciable y repugnante revela, como en una imagen, la presencia de Dios. Francisco se dejó moldear por esta intuición. El encuentro con el leproso y con la pobreza vinieron a determinar su forma de vida. ¿Cómo, entonces, podremos sorprendernos del hecho de que los novicios tuvieran que realizar su noviciado en el interior de una leprosería? (cf. Leyenda de Perusa 9; 1 Cel 39). También en nuestros días sería sumamente importante que la formación franciscana estuviera determinada por este mismo espíritu: en el servicio a los pacientes de SIDA, a los sin-techo, a los niños de la calle, a los drogadictos y a todas esas expresiones de excluidos y rechazados que viven al margen de nuestra sociedad moderna. Nada se comprende sin antes haberlo puesto en práctica.No cabe la menor duda de que tanto la vivencia como la experiencia práctica fueron altamente significativas en la formación del Santo. San Buenaventura glosaba esta verdad al declarar: "¿De qué sirve el saber muchas cosas, sin saborearlas?". San Ignacio de Loyola afirmaba asimismo: "No es la cantidad de saberes lo que sacia el alma, sino la capacidad que se tiene de degustarlos" . En suma, la experiencia práctica y la capacidad de disfrutarla resultan a la postre más importantes que la pura ciencia teórica. Gil de Asís, cuya vida interior era muy afín a la de Francisco, expresaba la misma idea de la siguiente forma: "El ser humano posee sabiduría en la medida del bien que pone por obra y nada más. Sabio es quien se parece al Sabio por antonomasia, Jesucristo". Gil estableció una estrecha relación entre el saber y la forma de vida de Francisco, que pone su centro en la humildad: "Si quieres saber muchas cosas y llevar a cabo muchas obras, inclina entonces a menudo la cabeza". Por este motivo, la acción reviste una importancia inigualable en la formación del Santo, así como en el concepto de formación que dejó como herencia al movimiento franciscano. Nos parece interesante observar que la palabra "hacer" constituye el verbo que más frecuentemente se encuentra en los escritos de San Francisco. Primero la conversión personal, luego la predicaciónLo que en la realidad importa es "no tener placer y alegría sino en las santísimas palabras y obras del Señor", a fin de poder así "incitar a los hombres al amor de Dios en gozo y alegría" (Admoniciones 20,2). En definitiva, Francisco no entendía la exhortación dirigida a los demás como una predicación de palabras, sino como un anuncio que se realizaba a través del ejemplo de la vida personal. Si quisiéramos parafrasear la palabra de San Francisco para definir su concepto de formación, bien pudiéramos decir: dejarse moldear, esculpir y construir por la Buena Noticia. Entre una formación así definida y la predicación no existe una relación intencional directa. Francisco no se sumerge en la imagen modeladora de Nuestro Señor con el propósito de salvar a los demás, sino que se dirige animosamente al encuentro del Señor sin segundas intenciones. La predicación constituye tan sólo una consecuencia, no una finalidad de la formación. Por lo demás, esto queda suficientemente demostrado en la hermosa carta del Santo a San Antonio de Padua. A Francisco incluso le complace que Antonio instruya a los hermanos en teología, no en el sentido de una instrucción orientada a la predicación, sino como un propósito de hacer crecer "el espíritu de oración y devoción". En alguna circunstancia decía Hubertino de Casale: "No pretendemos hacer ningún juicio en torno al santo y riguroso estudio de la Sagrada Escritura. La idea de San Francisco y de la Regla fue que los hermanos que quisieran estudiarla lo hicieran simplemente por ella misma, persiguiendo su finalidad esencial: con la mira de anclarse ellos mismos en la genuina humildad y en la práctica de la oración. Ellos estudiaban la Sagrada Escritura poniendo la mira en su propia formación y realización personal. Antes que pretender ser útiles a los demás, lo que ellos buscaban era convertir en vivencia y experiencia aquello que iban aprendiendo" (Citado en la obra de Gratien de París). Clara estuvo animada de las mismas preocupaciones que Francisco, es decir, el temor de que el ansia de saber pudiera convertirse en un abuso por parte de quienes procuraran en esa forma la posibilidad de escalar posiciones elevadas, para sentirse por encima de sus semejantes. Por ello, Clara insertó en su Regla idénticas palabras a las de Francisco, al manifestar: "y no se preocupen de hacer estudios las que no los hayan hecho. Aplíquense, en cambio, a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el espíritu del Señor y su santa operación" (Regla de Santa Clara X, 8 = 1 Reg 10,8-9).
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