Apunte 4. Formación inicial y permanente
2. Introducción a una forma de vida franciscana y misionera
Francisco y sus hermanos perfectamente pudieron contentarse en la primera década de su experiencia con el proceso de formación que acabamos de esbozar. Sólo cuando el número de hermanos fue creciendo de una manera, digamos, incontrolable, se vieron ellos mismos precisados por orden de la Iglesia, a institucionalizar y definir las formas de iniciación, las que anteriormente estaban previstas simplemente de una manera muy informal y genérica.
En tales condiciones, ya en el año 1220 fue instituido el noviciado de la Primera Orden en conformidad con las exigencias del Derecho Canónico vigente en aquella época. De la misma manera, Clara ofrecía en su Regla precisas orientaciones con respecto a la iniciación de las novicias: "Y la abadesa provea solícitamente, tanto a éstas (las más jóvenes) como a las demás novicias, de una maestra escogida entre las más discretas del monasterio. Dicha maestra las instruirá con diligencia sobre la santidad de la vida y las buenas costumbres, pero según la forma de nuestra profesión" (Regla de Clara II, 19-20).
2.1. Aproximación gradual (paso a paso)
La adopción e institucionalización de un método de formación hace consciente a una comunidad de que se requieren la máxima prudencia y la mayor comprensión en el acompañamiento que se debe ofrecer a la persona que aspira a un determinado estilo de vida; y que dicha iniciación debe darse por etapas sucesivas.
Tal dirección gradual, paso a paso, hacia la vida franciscana y misionera, obedece en todas las comunidades prácticamente a la misma secuencia:
En el Postulantado (o Pre-Noviciado):
En esta etapa de la formación, los candidatos o candidatas deben procurar descubrir si efectivamente son aptos para la convivencia con los hermanos y si se sienten realmente motivados a vivir y practicar las orientaciones básicas de una vida en comunidad. La comunidad, por su parte, debe abrirse a los candidatos, ofreciéndoles las condiciones mínimas para que cualquier persona, animada de una intención recta, pueda integrarse y crecer en ella.
En el Noviciado:
El novicio debe estar dispuesto a aprender las cosas esenciales para la vida franciscana, por cuanto debe madurar en ellas y ellos la decisión acerca de si van o no a asumir como suya esta forma de vida, elegida por su propia y espontánea voluntad.
En el Post-Noviciado:
El propósito de esta etapa es el conocimiento más práctico y profundo del género de vida elegido, a través de un perfeccionamiento teórico y práctico más amplio. En este momento deberá madurar efectivamente la opción por dicha forma de vida como decisión definitiva de realización personal.
Compromiso definitivo:
Los votos perpetuos deberán constituir la manifestación y expresión oficial y pública de la decisión maduramente reflexionada, por cuyo medio la persona y la comunidad se comprometen recíproca y definitivamente. Con los votos perpetuos o solemnes concluye proceso de iniciación, mas no de formación, dado que ésta tendrá que mirarse como un proceso ininterrumpido e inconcluso, hasta el fin de la vida.

Encuentro de Francisco con Domingo de Guzmán
2.2. Objetivos de la formación
De la concepción misionera de la forma de vida franciscana derivan algunas exigencias que deben ser particularmente tenidas en cuenta. En todas las etapas de la formación se ha de proporcionar un entrenamiento y aprender lo siguiente:
- La capacidad de encontrar y expresar al interior de la comunidad de los hermanos los pensamientos, sentimientos y pareceres de cada uno de sus miembros.
- La capacidad y prontitud alegre de disponer de tiempo para la comunidad, para la oración en común, para las comidas en comunidad, para el entretenimiento y el regocijo comunitario y para el compartir experiencias e intuiciones de carácter religioso. Dicha capacidad no puede reducirse únicamente a las formas obligatorias y ya previstas por la vida comunitaria, sino que debe extenderse igualmente a momentos y ocasiones no prescritos, casuales y espontáneos.
- La capacidad y el deseo de animar la convivencia comunitaria de una manera personal y creativa.
- La capacidad de entablar y mantener una conversación cordial y amistosa.
- La capacidad de identificar y asumir las necesidades y las dificultades de los demás, colaborando en su solución.
- La capacidad de aprovechar en el interior de la comunidad todas las oportunidades para fomentar la confianza mutua.
- La capacidad de transformar la vida en oración, presentando filialmente a Dios las experiencias personales; lo mismo que la capacidad de perseverar fielmente en la oración también en los momentos y circunstancias penosas y difíciles.
- La capacidad de entrar en contacto con los pobres, de saber asumir su realidad y relacionarse con ellos, de pensar como ellos y, en lo posible, de vivir como ellos.
- La capacidad de desarrollar una conciencia crítica que permita hacer frente a los conflictos y/o manifestarse proféticamente de viva voz, cuando fuere el caso.
- La capacidad de "discernir los espíritus" (1 Cor 12,10), es decir, la aptitud para cuestionar e interpretar, desde el Evangelio los acontecimientos y las estructuras, para posteriormente diseñar y elaborar los planes y acciones pastorales correspondientes, cuya validez y pertinencia tendrán que examinarse y evaluarse en el momento oportuno.