Apunte 6. El origen de la misión a la luz del misterio de la Trinidad

3. La misión en el Espíritu Santo

3.1. A través del Hijo con el Espíritu Santo

Regresemos de nuevo a la oración, en la cual Francisco le agradece al Padre por la creación, redención y culminación del mundo. El no solo ve al Hijo en esas obras, sino también al Espíritu Santo:

"Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, te damos gracia por ti mismo, pues por tu santa voluntad, y por medio de tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, nos colocaste en el paraíso... Y porque todos nosotros, míseros y pecadores, no somos dignos de nombrarte, imploramos suplicantes que nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo amado, te dé gracias de todo junto con el Espíritu Santo Paráclito". (1R 23,1-5).

Precisamente porque Francisco sabe de nuestra miseria y pecado, realza el papel representativo del amado Hijo del Padre, y del Espíritu Santo. Ellos deben, en lugar del hombre, darle gracias por todo (pro omnibus) al Padre. Es el amor entre el Padre y el Hijo, el amor hecho persona, el Espíritu Santo, que le pueden responder cara a cara.

Por esto podemos decir, únicamente en el Espíritu Santo: "Abba! o sea: ¡Papá!" (Rom 8,15).

3.2. El Espíritu Santo como principio de vida

Francisco está convencido de que su vida está impregnada en el Espíritu y todo aquel que se le une lo hace por "inspiración divina". Ella es el impulso para el ingreso a la comunidad como también para los que van entre sarracenos:

"Si alguno, queriendo, por divina inspiración, abrazar esta vida, viene a nuestros hermanos..." (1R 2,1). "Así, pues, cualquier hermano que quiera ir entre sarracenos y otros infieles, vaya con la licencia de su ministro" (1R 16,3). De la misma manera se fundamenta, como un seguimiento estricto de Cristo, el paso que dieron Clara y sus hermanas, las damas pobres: "Ya que, por divina inspiración, os habéis hijas y siervas del ... Rey y Padre celestial y os habéis desposado con el Espíritu Santo" (FVCl 1).

Sobre todos los hermanos y hermanas se posará el Espíritu del Señor, cuando hagan penitencia, es decir, "amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma... y a sus prójimos como a sí mismos." (1CtaF 1,1.6). Estas palabras de Francisco, con las cuales comienzan, tanto la Orden regular como también la Tercera Orden Seglar, hacen claro, que la vida en penitencia es una vida carismática, impregnada del Espíritu.

Es esa vida espiritual, la que une a todas las Ordenes franciscanas. También la misión entre creyentes de otra fe, debe conducir a un "renacimiento", a una vida nueva. Aunque los religiosos deben al principio vivir sencillamente entre aquellos creyentes y dar testimonio de su fraternidad, sí deben después "cuando le agrade al Señor", anunciar la fe cristiana en la Santísima Trinidad entre los nos creyentes, para que se bauticen, "porque, a menos que uno renazca del agua y el Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios". (1 R 16,7).

Francisco se refiere a unas palabras de Jesús de Jn 3,5. Tal como en el Evangelio de Juan, Francisco relaciona al Espíritu Santo con una fuerza revitalizadora, como principio vital sin el cual no existe vida. Esas convicciones, lo guían también en sus Admoniciones, en las cuales utiliza las siguientes palabras de San Pablo: "La ley escrita da muerte, mientras que el Espíritu da vida" (2 Co 1,6). "y nadie puede decir; "Jesús es el Señor" sino guiado por el Espíritu Santo" (1 Co 12,3). Con las primeras palabras él advierte: "Al saber siga el bien obrar" (Adm 7).

La investigación y el conocimiento matan, cuando sólo tienen como fin satisfacer la curiosidad o el orgullo; deben llevar a la práctica y a la acción. El motivo y la meta del conocimiento de Dios, es el amor (cf. Lecc. 4). En otras palabras: él fundamenta, por que se debe "evitar el pecado de envidia" (Adm 8). La envidia es una ofensa a Dios, porque todo lo bueno es dado por el Espíritu Santo y le pertenece a Dios. Francisco está tan convencido de que el Espíritu Santo mora en los cristianos, que se atreve a decir: "Así, pues, es el Espíritu del Señor, que habita en sus fieles, el que recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor. Todos los otros, que no participan de ese mismo espíritu y presumen recibirlo, se comen y se beben su sentencia" (Adm 1, 12 s.; cf. 1 Co 11,29). Es el Espíritu vivificante, el que decide sobre el ser o no-ser de los cristianos.

3.3. Somos enviados, misioneros, por el parentesco espiritual con Dios

Para Francisco de Asís, la creencia en la Santísima Trinidad no es una fórmula vacía o métodos de enseñanza, sino una forma de vida, una participación activa en la vida misma del "Dios vivo y verdadero" (OfP 15,1).

Así por lo menos describe en la Forma de Vida para Clara, la vida de la hermanas pobres; como hijas del Padre y esposas del Espíritu Santo, ellas están emparentadas con Dios y esto también vale para "los que hacen penitencia y perseveran en ella: Así serán hijos de su Padre que esta en los cielos; ese es mi hermano, mi hermana y mi madre" (cf. Mt 5,45; 12,50). "somos esposos cuando el alma fiel se une, por el Espíritu Santo, a nuestro Señor Jesucristo. Le somos hermanos cuando cumplimos la voluntad del Padre, que está en los cielos. Madres, cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo; lo damos a luz por la obras santas, que deben ser luz para el ejemplo de otros." (1 CtaF 1,1-10).

Programan su nueva vida

Aquí Francisco aplica a los cristianos en general, lo que dijo específicamente de María:

Ella es la hija elegida y sierva del Padre, madre de nuestro Señor Jesucristo y esposa del Espíritu Santo (Adm: antífona). Lo que sucedió a María, puede ocurrir de nuevo en cualquier momento, cuando el Espíritu Santo actúa en los hombres. El es el que convierte a los infieles en fieles y por esto Francisco no solamente saluda a María, sino a "todas vosotras, santas virtudes, que, por la gracia e iluminación del Espíritu Santo, sois infundidas en los corazones de los fieles, para hacerlos, de infieles, fieles a Dios" (SalVM 6).

Es muy explicable, que el texto citado en la carta a todos los fieles, se encuentre hoy en día en todos los documentos básicos de las Ordenes franciscanas, por que en ninguna otra parte, Francisco expresa nuestro parentesco con Dios y entre nosotros, en forma tan mística y dinámica como allí: somos una familia de Dios, unidos no por los lazos de sangre, sino por lazos espirituales; es la inspiración, el Espíritu, lo que nos empuja a ser unidos y a actuar. En ese texto místico, de ninguna manera se deja de lado el aspecto misionero, más bien tiene allí su origen.

Antes que cualquier acción, debe estar primero la comunión con Cristo. Únicamente la unión con él, genera vida. Lo interior empuja hacia el exterior. Por el amor (=Espíritu Santo), estamos por decirlo así, embarazados de Cristo, lo damos a luz, lo traemos al mundo "por un acto divino", por un obrar que corresponde al Espíritu de Dios. Nos convertimos en portadores de Dios, cuando nuestras vidas y actos hacen aparecer a Cristo.

Por eso, entonces, debemos dejarnos "contagiar" del Espíritu de Dios y debemos seguir los pasos de Jesucristo, no sólo en países lejanos o en un futuro lejano, sino aquí y ahora. Esto se observa claramente en la carta que Francisco escribió a los hermanos hacia el final de su vida, donde al terminar, hay una oración, que destaca el papel del Espíritu Santo y que nos muestra de nuevo la razón de la misión a la luz de la Santísima Trinidad:

"Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos por ti mismo a nosotros, miserables, hacer lo que sabemos que quieres y querer siempre lo que te agrada, a fin de que, interiormente purificados, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y llegar, por sola tu gracia, a ti, Altísimo, que en perfecta Trinidad y en simple Unidad vives y reinas y estas revestido de gloria, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amen" (CtaO 50ss.).