Apunte 8. El discernimiento espiritual.
5.- PRESUPUESTOS DEL VERDADERO DISCERNIMIENTO
Hablar de presupuestos es tratar de requisitos previos, o de condiciones que posibilitan el verdadero discernimiento; aunque lógicamente, como sucede en general en la experiencia espiritual, son a un tiempo presupuestos y derivados.
Este es un tema al que dieron gran importancia los clásicos del discernimiento cristiano, que centraron su atención en los prepuestos espirituales cosa que hoy consideramos insuficiente desde una comprensión más completa del psiquismo humano, de sus dinamismos y mecanismos inconscientes que obliga a hacer un amplio espacio a lo que podríamos llamar los presupuestos antropológicos del discernimiento, directamente relacionados con los anteriores, sin por eso confundirse con ellos.
Una lectura atenta de los escritos de Francisco, y particularmente de si Carta a un Ministro, y la Carta al hermano León -ambas un ejercicio práctico de discernimiento-, permite individuar algunos de los presupuesto; básicos de su experiencia de discernimiento:
a) La sintonía con el Espíritu
Porque han de vivir en discernimiento y para vivir en discernimiento, la aspiración máxima de los hermanos ha de ser, como hemos reiterado "tener el Espíritu del Señor y su santa operación", ser "hermanos espirituales", lo cual entraña todo un proceso humano y espiritual de purificación, iluminación, un éxodo de la carne para vivir según el Espíritu.
San Ignacio habla de este presupuesto en términos de vida de la gracia como conditio sine qua non del verdadero discernimiento, que no es el fruto de la aplicación de unas técnicas, sino de afinidad de espíritu con Dios, con Cristo, desde el ir haciendo propios sus sentimientos y actitudes, como talante y modo habitual de situarse ante Dios y ante la realidad toda.
Un eco fiel de la experiencia de Francisco al respecto parecen ser las palabras con las que San Buenaventura da razón de las búsquedas del santo en su juventud: "Ignoraba todavía Francisco los designios de Dios sobre su persona ya que volcada su atención en las cosas exteriores y arrastrado además por el peso de la naturaleza caída hacia los goces de aquí abajo, no había aprendido aún a contemplar las realidades del cielo ni se había acostumbrado a gustar las cosas divinas" (LM 1,2).
b) La indiferencia espiritual
Es éste un presupuesto en el que incidieron especialmente los grandes maestros: que uno se sitúe en orden al discernimiento de la voluntad de Dios y su acción, sin posturas previamente tomadas, y habiendo hecho hasta tal punto la voluntad del Señor el sentido y el imperativo fundamental de la propia vida, que le sea indiferente hacer una cosa u otra con tal estar a lo que Dios quiera.
Los mismos maestros del discernimiento hacen notar cómo la indiferencia no es propiamente espiritual, si no se da en el marco de ciertas preferencias: Al final de la 2ª semana de los Ejercicios espirituales, san Ignacio, presenta una meditación sobre los "tres grados de humildad" en la que invita el ejercitante a seguir a Jesús haciendo propias sus preferencias: preferir debilidad a poder, pobreza a riqueza, ocultamiento a gloria.
Una experiencia similar sobre el protagonismo de la indiferencia espiritual en el discernimiento franciscano puede percibirse tras las palabras de Francisco al Ministro, con las que le invita a resituar su aparentemente noble deseo de retirarse a un eremitorio -proyecto suyo y meta que desea cumplir- para dar paso a la disponibilidad agradecida al querer y a la acción de Dios, desde la preferencias de Cristo el Siervo: prefiriendo persecución antes que abandonar a sus hermanos: "Y ama a los que esto te hacen. Y no quieras de ellos otra cosa, sino lo que el Señor te dé. Y ámalo precisamente en esto, y no quieras que sean mejores cristianos. Y sea esto para ti mejor que vivir en un eremitorio" (CtaM 5-8; cf. Adm 3,9).
c) La identificación vocacional
Ya hemos visto más arriba como Francisco, en su Carta al hermano León, acogiendo la necesidad de ayuda de éste, lo hace encarándolo con la necesidad de asumir su libertad y responsabilidad en el discernimiento. Al hacer así, Francisco no rehuye, en modo alguno su responsabilidad personal pero sabe que la dinámica de una vida fraterna como la franciscana reclama que el que obedece no abdica de su responsabilidad, ni lo hace desde la necesidad de seguridades; y el que manda no impone pretendiendo objetivar la voluntad de Dios y la conciencia del hermano.
Francisco, por otra parte, en ningún modo abandona a León a su propio capricho, o lo deja en su desamparo; muy al contrario, lo coloca ante las instancias supremas de la vida franciscana, con la que le sabía fuertemente identificado, y porque le sabía vocacionalmente identificado: "Esto es lo que te aconsejo. Que hagas, con la bendición de Dios y mi obediencia, como mejor te parezca que agradas al Señor Dios y sigues sus huellas y pobreza" (CtaL 3).
Aunque la respuesta de Francisco sea una respuesta personal a un caso concreto, parece que pueda generalizarse en la medida en que se presupone una experiencia fuerte de identificación vocacional.

El Papa aprueba la vida de Francisco y los suyos
d) Una mirada de gracia sobre la realidad
Francisco invita al hermano Ministro a transformar su mirada sobre la dura realidad que le toca vivir, para poder descubrir, más allá de los innegables dramas, la dimensión de gracia de todo cuanto acontece, percibiendo en ello las mediaciones de la voluntad de Dios y su acción: "Todas las cosas que te son obstáculo para amar al Señor Dios y quienquiera que te ponga obstáculo, sea de los hermanos o de cualesquiera otros, aunque te azotaran, debes tenerlo por gracia. Y quiérelo así y no otra cosa. Y sea esto para ti verdadera obediencia al Señor Dios y a mi" (CtaM 2-4).
e) Una actitud básica de incondicionalidad
En Francisco hay una actitud de reserva sistemática frente la mediocridad típica de quien se da a Dios calculadamente, de quien pone una vela a Dios y otra al diablo de su racionalidad desconfiada. Sorprende en efecto que sus referencias a la prudencia sean para poner en guardia frente a lo que él llama "la prudencia de la carne".
Ha entendido muy bien que el discernimiento es ante todo cuestión de vinculación del corazón, y por ello no se vive desde los mínimos sino desde la incondicionalidad que busca siempre los máximos posibles, desde la experiencia del amor apasionado y absoluto de Dios: "Y en esto quiero conocer si amas al Señor y me amas a mí, siervo tuyo y suyo, si procedes así: que no haya en el mundo ningún hermano que, habiendo pecado todo lo que se puede pecar, se aleje jamás de ti, después de haber visto tus ojos, sin tu misericordia" (CtaM 9).