10. Unidad de contemplación y misión

1. El significado de la palabra "Contemplación" para Francisco y Clara

Francisco y Clara son personas contemplativas. En los escritos de las fuentes de Francisco nos encontramos con la palabra de acción, el verbo "contemplari (= "mirar" , "observar") y en los de Clara, el sustantivo "contemplatio". Los dos significan, no tanto una acción, sino más bien un dejar pasar. Se trata de tener siempre entregado el corazón al Señor.

La contemplación nace de una conciencia alerta hacia la realidad del mundo y de la presencia de Dios en él. Tener el Espíritu del Señor y su santa operación (2 R 10,9) - esto es contemplación. También: Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma... con todas las energías, con todo el empeño, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y quereres (1 R 23,8).

2. Francisco: Ninguna otra cosa, pues, deseemos...

El que lee los escritos de San Francisco, de inmediato siente la profunda dimensión contemplativa. Cuando Francisco habla de "Dios" o de "Jesús", su lenguaje cambia: de escritor torpe, se convierte en poeta. Diestro con las palabras y poético, formula su devoción hacia Dios.

Muchas partes de sus escritos son oraciones puras, himnos expresivos, prefacios, letanías y cánticos. El Cántico del hermano Sol es el más conocido y elaborado de los textos. Sin embargo, aparte de éste, existen muchos otros más, que muestran su fuego interior. Por sí solo, esto ya es un indicio de compenetración mutua entre la contemplación y la misión, porque Francisco escribió todos estos textos para que otros pudieran participar en ella.

El quería, sin ser indiscreto, que otros participaran de su pasión interior. El Cántico del hermano Sol nació luego de una difícil crisis en su vida, causada por la enfermedad y la depresión. Francisco experimenta el estar en manos de Dios. Todas las dudas se despejan, las depresiones se convierten en júbilo, el sufrimiento y la cercanía de la muerte, se vuelven vida.

Esta experiencia la traduce Francisco en música y palabras, para que los hermanos vayan por el mundo exhortando a alabar a Dios, para que los hombres se entusiasmen con estas alabanzas. También las letanías que Francisco entrega a su hermano León, son un "texto pastoral". Francisco puede ver cómo el hermano León está agobiado por dudas y con sentimientos de inferioridad. Por esto le dice: También tú, hermano León, estás marcado con el misterio de Dios, con ese misterio al cual puedes dirigirte con un "Tú", una y otra vez con un "Tú", unido a diferentes palabras: amor, belleza, sabiduría, humildad, silencio, seguridad... (cf. AlD).

Es como si Francisco hubiera conocido el método de oración asiático, que consiste en concentrarse en una sola palabra y expresarse completamente en esa palabra (=mantra). Lo que diferencia a Francisco de ese método, es que dirige esas palabras a un grande e incomprensible "Tú".

Es comprensible que Tomás de Celano vea en Francisco el ideal de toda oración: Y, en efecto, para convertir en formas múltiples de holocausto las intimidades todas más ricas de su corazón, reducía a suma simplicidad la que a los ojos se presentaba múltiple. Rumiaba muchas veces en su interior sin mover los labios, e, interiorizando todo lo externo, elevaba su espíritu a los cielos.

Así, hecho todo él ya no sólo orante, sino oración, enderezaba todo en él - mirada interior y afectos - hacia lo único que buscaba en el Señor. (2C 95). Claro está que para lograr esto, también Francisco tuvo que recorrer un largo camino.

Según Francisco, Dios debe tener la máxima importancia: ninguna otra cosa debe competir con El. Ninguna otra cosa, pues, deseemos, ninguna otra queramos, ninguna otra nos agrade y deleite, sino nuestro Creador, y Redentor, y Salvador, solo verdadero Dios, que es bien pleno, todo bien, bien total, verdadero y sumo bien... (1 R 23,9). Este texto muestra sin duda alguna: lo que Francisco quería con su grupo, era una comunidad que se determinase completa y totalmente por la contemplación, la oración y el servicio a Dios. Con esto no se dice nada acerca de la manera como Francisco quería poner en práctica la dimensión contemplativa de su vida.

3. Clara: A quien totalmente se entregó...

La manera como se puede vivir la contemplación de una forma concreta, se puede ver sobre todo en Clara de Asís. Ella quería vivir como Francisco, pero tuvo que retirarse - más por razones de la época que por decisión propia - a un "lugar sagrado", en la clausura de San Damián. Allí vivió más de 40 años junto con 50 hermanas. En el proceso de canonización, siempre se relata que su vida estaba marcada por largos tiempos de oración silenciosa y solitaria y por las experiencias de iluminación interior.

Las palabras que ella leía en las sagradas escrituras o que oía en la liturgia, se le grababan como una imagen imborrable, se convertían en una visión en la cual ella se quedaba absorta durante horas. Ella se encargaba de que teólogos buenos interpretaran el Evangelio, y profundizaba en estas interpretaciones mediante una meditación extensa.

De la misma manera, ella estaba tan realmente consciente de la presencia eucarística de Cristo, que lo veía con ojos asombrados y se le entregaba con corazón ardiente. Cuando en 1220, vino el cardenal Hugolino a San Damián, ella lo introdujo en sus profundas experiencias místicas. Como lo relata él más tarde en una carta, aún después de meses sentía el dolor de haber tenido que suspender este encuentro.

Clara experimentaba la presencia de Dios de manera tan concreta e intensa, que sacaba de ella conclusiones que destacaban de manera extraordinaria la dignidad del hombre. Entrémonos un poco en esa atmósfera contemplativa: Para Clara la contemplación es esencialmente una relación amorosa.

De esa manera ella le escribe a su amiga Inés de Praga: Ama totalmente a quien totalmente se entregó por tu amor: a Aquel cuya hermosura admiran el sol y la luna, cuyos premios no tienen límite ni por su número ni por su preciosidad ni por su grandeza (3Cta 16). La contemplación, es el abrazo del amado, cuya belleza sobrepasa la de la creación divina. Esta relación entre "belleza" y "amor" íntimo', es parte de este tipo de contemplación, la así llamada "mística esponsal", que llenaba la vida de los místicos de ese entonces.

De este tema están impregnados todos los escritos de Santa Clara, comenzando por el "privilegio de pobreza", que ella logró en 1216 del papa Inocencio III y cuyo contenido ella misma ayudó a redactar, hasta su testamento, que ella escribe cuando presiente la cercanía de su muerte.

En la tercera carta a Inés de Praga ya citada, también sale a relucir el tema de la "clausura". Ella no utiliza este término tan importante en la vida contemplativa, refiriéndose a los muros del convento, que deben proteger la relación con Dios. La "clausura", es el cuerpo del hombre y más específicamente su "corazón".

Este lugar íntimo del hombre, se convierte en un "lugar sagrado", en la morada de Dios: por la gracia de Dios... el alma del hombre fiel es más grande que el cielo: los cielos... no pueden abarcar a su Creador; pero el alma fiel --y sólo ella-- viene a ser morada y asiento, y se hace tal sólo en virtud de la caridad, de la que carecen los impíos. (3Cta 21 s.). Clara seguramente no podría hablar de esa manera si la presencia divina no se le hubiera convertido una y otra vez en una experiencia dichosa.

La perfecta alegrķa

"Belleza", "amor íntimo", "relación con Cristo vivida", "mística esponsal", "presencia divina" - son las palabras claves, que impregnan la contemplación de Clara. También se debe mencionar que todas estas palabras claves están relacionadas con los temas de "pobreza" y "sufrimiento".

Baste una muestra: Míralo hecho despreciable por ti, y síguelo, hecha tú despreciable por El en este mundo. Oh reina nobilísima: observa, considera, contempla, con el anhelo de imitarle (2Cta 19s.).

Una de las partes más impresionantes en que Clara habla de contemplación, está de nuevo en una carta a Inés de Praga: Fija tu mente en el espejo de la eternidad, fija tu alma en el esplendor de la gloria, fija tu corazón en la figura de la divina sustancia y transfórmate toda entera por la contemplación, en imagen de su divinidad. (3Cta 12s.).

En síntesis, podemos decir que: la contemplación es la admiración que brota espontáneamente del corazón y se convierte en alabanzas y agradecimientos. También significa quedarse en silencio y sumergirse en Dios, con quien estamos reconciliados por Cristo. La contemplación es la obra de Dios en nosotros. Nos abrimos a Dios, para dejarnos transformar por él. La contemplación significa asombro, respeto, bondad, emoción. Nos permite reconocer nuestra "nada", experimentar el dolor de nuestro vacío, pero al mismo tiempo también nos da la conciencia de nuestra dignidad. La contemplación no es otra cosa que una total sinceridad y apertura de nuestro corazón con Dios.