13.- La misión franciscana y el anuncio de la Palabra

2. Predicación y estilo de vida

Para entender la manera especial franciscana de anuncio, es bueno recordar que el anuncio de la fe era tarea del obispo. Este sin embargo delegaba esa función a sacerdotes y diáconos especialmente elegidos. De esa manera por ejemplo, Santo Domingo y sus hermanos asumieron desde un principio la tarea de los obispos: El anuncio de la doctrina de la Iglesia.

Esta forma de anuncio se llamaba entonces "praedicatio" (=predicación) (Orden dominica = Ordo praedicatorum = Orden de predicadores). El anuncio de San Francisco y de su fraternidad era otra cosa. Por lo menos en el principio, la "praedicatio" era ejercida sólo por algunos pocos hermanos.

Por lo general se practicaba en la fraternidad franciscana la "exhortatio", una especie de llamamiento a la penitencia, que se parecía más a un cántico que a la predicación. No era necesaria una preparación especial, sino que se podía, siempre y cuando se creyera útil y necesario, dar testimonio de Cristo de esa manera (cf. 1 R 21). El derecho y el poder para la exhortación a la penitencia no provenía de un ministerio de la Iglesia, sino que se deducía del estilo de vida.

El anuncio y la vida se pertenecen una a la otra. ¿Cómo se puede exigir una conversión, si uno mismo no está convertido? Quien está comprometido con la Sagrada Escritura, no se puede limitar únicamente a las meras palabras. Para entender el significado de la exigencia de concordancia entre anuncio y estilo de vida en el movimiento franciscano, es importante tener en cuenta el contexto histórico y sobre todo la vida eclesiástica del siglo XIII.

El hombre sencillo de la calle, que se paraba en frente del palacio del obispo y no desconocía el estilo de vida de algunos prelados y personas revestidas de autoridad, debía sorprenderse del contraste tan extraño entre esa forma de vida y el mensaje evangélico. Una predicación acerca de la pobreza y humildad evangélica expresada en un ambiente cómodo o también acompañada de exigencias de poder sin límites, no era precisamente muy convincente.

No se puede culpar a todos los ministros del medioevo del lujo y de la obsesión de poder, sin embargo, los movimientos pauperistas del siglo XIy XII (valdenses y otros predicadores de la pobreza), son una expresión del anhelo de muchas personas de vivir el estilo de vida sencillo impregnado de pobreza de Jesús de Nazaret y una fuerte critica a la vida concreta. Era el deseo de muchos círculos, un mensaje evangélico proclamado desde una forma de vida sencilla y humilde.

Teniendo en cuenta esto, tal vez se nos hacen comprensibles las palabras un tanto extrañas de Francisco, que, ya cercano a la muerte, le dice a un hermano que quería leerle de las Escrituras:

"Es bueno recurrir a los testimonios de la Escritura, es bueno buscar en ellas al Señor Dios nuestro; pero estoy ya tan penetrado de las Escrituras, que me basta, y con mucho, para meditar y contemplar. No necesito de muchas cosas, hijo; sé a Cristo pobre y crucificado" (2 C 105).

Solamente puede anunciar aquel que lleva la Buena Nueva en el corazón. Es más: Sólo se puede ser convincente si uno mismo se ha convertido a la Buena Nueva. Obviamente esto vale tanto para hermanos y hermanas como también para sus comunidades.

"La Buena Nueva debe ser proclamada, en primer lugar, mediante el testimonio. Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar. A través de ese testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles." (EN 21).

Aquí se hace clara la importancia de un anuncio sin palabras. La manera de como se relacionan el testimonio vivido y la proclamación de la palabra, está plasmada en las palabras de Francisco:

"Id y anunciad la paz a los hombres y predicad la penitencia para la remisión de los pecados. Sed sufridos en la tribulación, modestos en las palabras, graves en vuestro comportamiento y agradecidos en los beneficios; y sabed que por todo esto os está reservado el reino eterno." (LM III, 7).

Del anuncio por medio del testimonio de la vida, habla Santa Clara en su testamento:

"Pues el mismo Señor nos puso a nosotras como modelo para ejemplo y espejo no sólo ante los extraños, sino también ante nuestras hermanas que fueron llamadas por el Señor a nuestra vocación, con el fin de que ellas a su vez sean espejo y ejemplo para los que viven en el mundo. Así, pues, ya que el Señor nos ha llamado a cosas tan grandes que en nosotras se puedan mirar aquellas que son ejemplo y espejo para los demás, estamos muy obligadas a bendecirle y alabarle y a confortarnos más en El para obrar el bien" (TestCl 19-22).

Clara sabe que su vida y la vida de sus hermanas son una expresión de la bondad y gracia de Dios y que por eso deben ser un espejo para los demás. ¿Qué se puede ver en ese "espejo"?

"¿Qué mensaje envió Clara por el camino empinado de la ciudad y a través de los muros de la comuna cuando ella fundó una nueva comunidad de religiosas en los alrededores de Asís? El mensaje consistía en una igualdad radical de todos los miembros de la comunidad, que están fundamentados en el mismo bautismo y vocación a la misma vida evangélica... Libres de los lazos sociales y de las formas de vida mundana y monástica tradicionales de su tiempo, esas hermanas pobres se identificaban de manera insistente e impactante con los grupos de mujeres que buscaban su lugar en una realidad social y eclesiástica." (Margaret Carney, OFS).

Inspirada por las palabras de San Francisco, la regla de la Tercera Orden regular muestra la manera contemplativa del "ir por el mundo":

"Las hermanas y hermanos han de ser bondadosos, pacíficos, moderados, mansos y humildes. Dondequiera que se encuentren o por dondequiera que vayan por el mundo, nunca deben discutir con nadie, ni deben juzgar a los demás. Antes bien han de mostrarse alegres, de buen animo y felices en el Señor, como les corresponde ser. Y, al saludar a otros, ellos deben decir 'El Señor te dé la paz'" (Art. 20).

"Y cuando anuncian la paz con sus labios, deben tener cuidado de albergarla aun más en su corazón. Nadie debe ser conducido por culpa de ellos, a la ira o a palabras ofensivas; todos deben ser más bien llevados por su humildad, a la paz, la benevolencia y a la bondad. Las hermanas y hermanos están llamados a sanar a los enfermos, a curar a los heridos y volver al camino a los extraviados" (Art. 30)

Para las clarisas toda la forma de vida es una contemplación. Su manera de "ir por el mundo" es una transmisión sin palabras de una vida impregnada de Dios que abarca a todo el mundo y sus necesidades.

Francisco sorprendido en un éxtasis

3. El fondo contemplativo del anuncio

La contemplación juega un papel importante en el anuncio.

"El futuro de la misión depende en gran parte de la contemplación. El misionero, si no es contemplativo, no puede anunciar a Cristo de modo creíble." (RM 91).

"La comunidad religiosa como tal es una realidad teológica, un objeto de contemplación. Como familia unida por el Señor ella es por esencia, un lugar donde se debería cumplir de manera especial la presencia de Dios y desde donde debería ser compartida con otros" (Congregación de religiosos e Institutos de vida consagrada).

La importancia del papel contemplativo en el anuncio, sale a relucir claramente en la historia franciscana. En las florecillas (16) la lucha de San Francisco está entre dedicarse a la oración o a la predicación. Sin embargo él reconoció en las consultas con Clara y Silvestre, que la contemplación y el anuncio no se contraponen, sino que éste florece de aquélla.

Francisco y predicadores extraordinarios como Bernardino de Siena y Leonardo de Porto Mauricio, estaban convencidos de que la predicación requería de un estilo de vida contemplativo. Por eso ellos fundaron eremitorios y otros sitios solitarios donde los predicadores pudieran vivir con sus hermanos en una atmósfera de meditación. De esa manera ellos siguieron la exhortación de San Francisco:

"El predicador debe primero sacar de la oración hecha en secreto lo que vaya a difundir después por los discursos sagrados; debe antes enardecerse interiormente, no sea que transmita palabras que no llevan vida." (2 C 163).

Francisco de Osuna, un místico franciscano español del siglo 16 que ejercía gran influencia en Santa Teresa de Ávila, afirmaba con algo de ironía:

"Meditación y oración ejercen una gran atracción sobre los predicadores. Sin embargo no las ponen en práctica. Están demasiado ocupados preparando sermones nuevos y apenas los terminan quedan desconcertados y asqueados. Cuando los demás están celebrando, entonces su corazón (el del predicador) está más afligido que nunca, porque su única preocupación es acerca de qué va a predicar" (Tercer Abecedario espiritual 317).

La mejor preparación para la predicación es la meditación y la conversación espiritual dentro de una comunidad viva. Para que el anuncio aún hoy sea convincente, debemos esforzarnos por entender nuestras comunidades como comunidades contemplativas.