13.- La misión franciscana y el anuncio de la Palabra
6. Predicar partiendo de la propia historia
Contar las parábolas de Jesús en una versión moderna y utilizar para esto la fantasía, no significa comenzar a fantasear a más no poder: "La predicación debe provenir de la palabra de Dios y no debe ser distorsionada por fábulas" (Antonio de Padua, Opera 8).
Predicar de la propia historia, significa que nos ponemos en contacto con nuestras experiencias personales y colectivas, estando conscientes de que Dios está presente en ellas. Esto es genuinamente franciscano, porque tenemos una herencia.
Nuestras fuentes tempranas no son un tratado sobre el movimiento franciscano y la experiencia de la gracia, son más bien historias pintorescas de la mano amorosa de Dios. El testamento de San Francisco es un buen ejemplo para esto. Uno se puede imaginar teóricamente -aunque con alguna dificultad-, que Francisco hubiera podido escribir un tratado filosófico o teológico acerca del significado de la gracia y de la presencia de Dios en su vida. En vista de la proximidad de su muerte, él en vez de esto pensó sobre los acontecimientos comunes de su vida y descubrió que siempre fue guiado por la inspiración del Espíritu Santo.
De esta manera él no nos presenta un tratado abstracto, sino una autobiografía íntima de la gracia, en la cual siempre nos dice: "Dios me reveló, él me mostró, él me guió".

Francisco sale al encuentro del lobo de Gubio
7. Predicar de la historia de otros
El que predica, debe hablar de tal manera de su propia historia y de la de los demás hombres, que sus oyentes puedan encontrar la presencia amorosa de Dios. Las historias de los santos, diarios modernos, reportajes de los periódicos, vivencias de la hora de consulta, todo esto debe ser incluido en la predicación (= "teología narrativa").
La utilización de estas historias no es sólo una técnica para ganar el interés de los oyentes, sino que se basa en el principio de que las historias unen pero las comparaciones alejan. Las historias también pueden ser un reto para dirigir la atención sobre las necesidades de las personas: ansia de la paz y la justicia, de comunidad y solidaridad, del hambre de sentido y de Dios.
Los relatos transmitidos de la historia del cristianismo nos unen. Nosotros contamos lo ocurrido en Belén y Getsemaní, de milagros y sanaciones, reconciliación y eucaristía. Pero cuando comenzamos a discutir sobre el significado de esos acontecimientos, comenzamos a sentir que existen divisiones entre nosotros.
Históricamente las diferentes interpretaciones llevaron a diferentes maneras de comprensión de la vida cristiana y franciscana y eso provocó - dentro de la familia franciscana - discusiones serias. Aun cuando hoy en día todavía existen tales divisiones cristianas y franciscanas, se puede, sin embargo, luchar por la unidad al compartir la palabra de Dios y las historias espirituales. De esta manera la predicación se puede poner al servicio de la paz (cf.. Lecc. 23). La manera franciscana de anuncio debe dar a la palabra de Dios cara, carne y sangre humanas:
- por medio de una manera de vivir que muestre el camino entre la inseguridad
y la desorientación de los hombres;
- por medio de una entrega al hombre, que da testimonio de Jesucristo en obras y palabras.