14. Hermanas y hermanos en un mundo secularizado
1. Cristo santifica todas las realidades humanas
Jesús es el primer mensajero de la Buena Nueva. El fue enviado por el Padre al mundo para renovar la humanidad. El se hizo hombre, semejante en todo a nosotros a excepción del pecado (cf. Heb 4,15). De esta manera él se unió con cada hombre (cf. GS 22). El compartió nuestras experiencias humanas: alegrías, preocupaciones, éxitos, comienzos, tentaciones, la presencia y la pérdida de amigos, traición, sufrimientos, abandono de Dios, muerte y sepultura. Así lo podemos encontrar en todas nuestras experiencias humanas. Cristo santificó todas las realidades que forman parte de la vida humana: "Trabajó con manos de hombre, actuó con voluntad humana y amó con corazón de hombre" (GS 22). Todas estas realidades: nacimiento, crecimiento, autonegación, amistad y amor, servicio a los pobres y moribundos, lo celebramos en nuestros sacramentos. La meta es hacer 'vivible' la vida humana en el sentido pleno. La Iglesia y sus sacramentos tienen a la larga el fin de capacitar a los cristianos para impulsar la renovación de la humanidad (cf. Mt 5,1-16; 25,31-46).
El Verbo se hizo carne
En Jesús, la palabra divina y eterna se hizo hombre, es decir que se volvió mundano y temporal (=secular). En Él, Dios y la salvación se manifestaron como presentes en la totalidad de la vida, no sólo en un área apartada y especial. Jesús desecha la concepción según la cual la religión y la vida son dos áreas completamente separadas la una de la otra. Para Él cualquier lugar es santo y cualquier sitio en sí es un lugar de oración (cf. Jn 4,21), no solamente el templo de Jerusalén. Para Él todo el tiempo es santo y es una oportunidad de servir a Dios, no sólo el sábado. Para Él no existen diferencias entre alimentos "puros" e "impuros", no existen rituales de purificación. Todo y todas las cosas se han convertido en cosas de Dios y en todas y cada una se puede experimentar la gracia de la salvación.

Éxtasis de Francisco y Clara durante una frugal comida
Lo santo y lo mundano no pueden ser separados:
La vida religiosa del hombre está estrechamente relacionada con su vida en el mundo. El amor redentor de Cristo está cerca de cada uno en relación con su situación histórica concreta (cf. RH 18). Por lo tanto, nosotros no anunciamos nada diferente a lo que por medio de Dios ocurre en el mundo. Nosotros aparentemente acercamos a Cristo a los hombres como si Él aún no estuviera con ellos (cf. GS 22; 38). En realidad solamente podemos ayudar con nuestra palabra, para que ellos se conciencien de la presencia de Cristo y su obrar en sus experiencias y en sus vidas concretas. Lo santo (Cristo) y lo mundano (la vida diaria) están entremezclados de una manera inseparable.
Lo santo y lo mundano no son lo mismo:
De otro lado no podemos reducir lo santo a lo mundano. Dios está en Jesucristo, presente en el corazón del mundo. Pero él no puede ser abarcado por el mundo. El también está en el pueblo y en sus esfuerzos por cambiar la vida humana, está presente mas no esta limitado sólo a esto.